martes, octubre 26, 2010
Ficcionar la Historia
Estas dos fuentes que cito hablan de cosas que, de una forma u otra, orbitan alrededor de la siguiente cuestión primigenia: ¿tiene sentido hacer espectáculo de la Historia, y con qué reglas de precisión?
Yo tengo algunas ideas bastante claras al respecto, y es por ello que me he decidido a exponerlas.
Voy a la primera pregunta del guionista hastiado: ¿se pueden hacer series históricas con los presupuestos que se manejan hoy? Y cuando menos mi respuesta es: la cortedad de un presupuesto no puede ser nunca disculpa para hacer las cosas mal, o hacerlas a medias.
El año que yo hice el examen de Selectividad, allá por el Jurásico Gallego (o sea, el Xurásico), los dos temas de desarrollo a escoger en Historia fueron la vida del zar Alejandro y la Europa de la preguerra mundial (primera). Quizá sólo por casualidad, los diseñadores del examen de Selectividad escogieron dos temas que estaban siendo desarrollados, en aquel momento, por otras tantas series de televisión. Siempre he pensado que nuestros examinadores, que aunque nosotros estábamos mejor formados ya empezaban a gestionar un sistema educativo putomiérdico, se debieron decir: «al menos, pillando de lo que recuerden de los episodios, algo podrán escribir; cosa que no les pasará si les preguntamos por la Comuna o los Cien Mil Hijos de San Luis».
La Historia filmada, por lo tanto, no es asunto baladí. Vale que es una gilipollez pretender que, puesto que los curricula escolares sólo valen para ser procesados en Valdemingómez, tienen que ser los guionistas y productores de series de televisión los que resuelvan el problema. El problema, desde luego, lo tienen que resolver los que descojonaron nuestro sistema educativo. Pero los productos de entretenimiento no pueden ser ajenos a ese proceso y mucho menos, como a mí me parece que insinúan un poco las preguntas del guionista, sentirse beneficiarios de una patente de corso que les permite tratar la realidad histórica a través de la licencia poética.
La pregunta de si es más importante el rigor histórico, por una parte, o la credibilidad y el entretenimiento, me parece una pregunta de un insondable cinismo. Es la misma pregunta que se hace un político cuando se cuestiona si lo que debe hacer con los ciudadanos es dejar que sigan felices o contarles la verdad. En realidad, no existe tan dicotomía. El rigor histórico, en el relato de algo pasado, no es algo que sea negociable. El creador tiene herramientas que son perfectamente lícitas; por ejemplo, puede ocupar cuatro horas de acción en hechos que apenas ocupan un mes de tiempo histórico, y luego resumir 30 años en apenas media hora, en aras de la intensidad dramática. De hecho, que un narrador, lo sea escrito, fílmico o de cualquier tipo, cuente siempre con herramientas para hacer que su relato tenga tensión e interés (si es que sabe hacerlo, claro), es el mayor abono de que no tiene ninguna necesidad de hacer trampas con la trama histórica, cambiándola a su gusto o necesidad.
¿Y por qué? Pues, en primer lugar, porque como insinuaba algunos párrafos más arriba, el cine y la televisión tienen una misión educativa, les guste o no. I, Claudius es, probablemente, el único contacto que miríadas de personas de mi generación tuvieron, tienen y tendrán con ese periodo tan interesante de la Historia de Roma en el que la República se abrocha con el Imperio. En realidad, Robert Graves tiró en exceso en sus libros de las historietas contadas por Suetonio, muchas de ellas bastante cuestionables, pero estos matices quedan ya para los latinofrikis. Lo que no hubiese tenido sentido es que el guionista de la serie, por ser por ejemplo vegetariano o un furioso opositor de la libre venta de armas, fuese a convertir a Claudio en un comedor compulsivo de berros o en un emperador cuyo máximo deseo fuese colocar bolitas de cera en la puta de los pepla para que no hiciesen daño.
Estas conversiones extrañas son bastante habituales en las series históricas o seudohistóricas españolas. Demasiados personajes de las series históricas españolas no son lo que fueron, lo poco o mucho que sabemos que fueron, sino lo que los guionistas, los productores o el director hubiesen deseado que fuesen, en aras de una idea, o de lo que se piensa que puede dar audiencia. Este efecto es palmario en todas las series españolas que abarcan la Historia del siglo XX, cuyos personajes no son los personajes que vivieron los tiempos descritos, sino sus nietos, que lo están escribiendo.
Los guionistas de malas series históricas no parecen entender, a mi modo de ver, que lo que en ellos quizá es falta de capacidad de ser más meticulosos, otros lo pueden convertir en manipulación. Cuando nos acostumbramos a que contar la Historia es en realidad recrearla, la hemos cagado, con perdón. En una historia fílmica se pueden cometer errores cuya única consecuencia es delimitar la torpeza de quien perpetra la escena. En el inicio de El capitán Alatriste, por ejemplo, los españoles avanzan por un lago cenagoso, en plena noche nebulosa, para pillar al enemigo por sorpresa. Van, como digo, en mangas de camisa, caminando por unas aguas que con suerte estarán a cinco o seis grados, y no tiritan. Éste es el tipo de error que uno calificaría de error friki, porque sólo afecta a los muy meticulosos. Pero cuando un guionista escribe una escena de los años sesenta en la que la esposa de un bedel pluriempleado se va a cenar sola con otros hombres mientras el marido la espera en casa (Cuéntame), ya la cosa cambia. Aquí pasan una de dos cosas, o las dos: o bien es que el guionista quiere hacer de ese script una reivindicación de la igualdad de la mujer, o bien no tiene ni puta idea de en qué dirección corría el viento en la España de los años sesenta.
Algunos años antes de la acción de aquella escena, en una ciudad de España hubo un alcalde que prohibió a las mujeres sacar la basura por la noche sin medias. España era así, nos guste o no. Y, a mi modo de ver, los guionistas tienen dos opciones: o contar la Historia de España, en cuyo caso habrán de sujetarse a ciertas normas; o contar la Historia del País de Ajofrín, en cuyo caso ya pueden montar las tramas que les salga del pingo.
Esto requiere, con perdón, de cierto conocimiento. No es de recibo que el coordinador de guiones de una serie ambientada en los tiempos de la invasión de la península ibérica por los romanos se plantee la pregunta de si en esa época había gays. Con que se hubiese leído en la escuela el Fedón, ya le habría quedado claro.
El argumento de la audiencia es otra chorrada. Al narrador siempre le cabe la posibilidad de construir una trama interesante que no tenga nada que ver con la Historia, no tenga vínculos con hechos históricos reconocibles o apenas los use como telón de fondo. Incluso puede combinar ambas cosas: la acción histórica y la trama inventada con personajes ignotos, como ocurre, por ejemplo, en Roma. Las herramientas del narrador, pues, son interminables. Precisamente por eso, ¿por qué tiene que forzar los hechos? Nunca existió un paladín cristiano llamado El Capitán Trueno, que se ligase al pibón Sigrid de Thule. ¿Qué habría ganado su guionista diciendo que aquel tipo era Rodrigo Díaz de Vivar o Fernando Álvarez de Toledo en su juventud?
Ficción histórica quiere decir rellenar los huecos, que en Historia los hay a puñaos, y realizar una interminable labor de ambientación en la que siempre, eso sí, habrá errores, porque es materialmente imposible reproducir todos los detalles. El obispo malo de Los pilares de la Tierra aparece en muchos minutos de la serie blandiendo un libro, que se supone es una Biblia, que tiene una encuadernación que, para mí, tardó aún bastante tiempo en realizarse. Pues qué le vamos a hacer. Ahora bien, hacerle decir ¡Por las barbas del Profeta! al mercader árabe que se sorprende de la habilidad de Ben-Hur a la hora de llevar una cuádriga, con todos los respetos, no tiene pase.
Ciertamente, la Historia es interpretación. Dos guionistas cultos y profesionales escribirán dos guiones completamente distintos de una serie cuyo protagonista sea Felipe II. Pero eso es así porque las visiones de Felipe II son variadas; porque, dentro del mundo del conocimiento histórico, hay quien concibe al Rey Prudente de una manera, y quien lo concibe de otra muy diferente. Pero si los dos guionistas son, como digo, cultos y profesionales, ninguno de ellos hará su labor traicionando la verdad histórica.
No, no da igual precisión que entretenimiento. Nadie entendería que mañana una televisión realizase una serie sobre la vida de Fernando Alonso y metiese cosas en el guión como que se hiciese que su etapa en McLaren la pasara en Red Bull (por ejemplo, por razones publicitarias); o que, por razón de que los guionistas están muy concienciados contra el racismo y la xenofobia, el personaje de Louis Hamilton fuese convertido en un ser angélico que dona sus ganancias a Intermon y se dirige a Alonso apelándolo siempre de «mi muy querido amigo».
Los personajes históricos, desde Viriato hasta Zapatero, merecen el mismo nivel de respeto.
domingo, octubre 24, 2010
El Jarabo
jueves, octubre 21, 2010
Pensar Madrid
Madrid nace en la Edad Media, y por eso mismo no es nada más que una ciudad medieval. Para su emplazamiento se aprovecha la amplia cornisa que el terreno dibuja cerca del río Manzanares, y que permite una vista a gran distancia, como sabe cualquiera que haya estado alguna vez en Las Vistillas. Así pues, el Madrid inicial es apenas un conjunto de arrabales que acompañan al alcázar, de tamaño tan pequeño que la ciudad, en su cara Este, apenas llegaba a unos cientos de metros de la plaza de la Villa, antes, desde luego, de lo que hoy es la Puerta del Sol. Este esquema permanece hasta nuestros días a causa de la decisión de Felipe V, tras el incendio del viejo alcázar en 1734, de encargar a Juan Batista Sachetti la erección de su palacio real en el lugar donde había estado dicho alcázar. Por lo tanto, y pese a que en el siglo XVIII las cosas ya han cambiado mucho y el concepto de ciudad ha mutado, Madrid no dejó de tener, en su formulación básica, la idea medieval que lo fundó.
Desde el momento en que Felipe II piensa en Madrid para ser la capital de España, la historia de la ciudad se escribe, prácticamente, a partir de los proyectos de planeamiento de la misma y cómo se ven desbordados por la realidad. Ya en los tiempos del Rey Prudente, los límites de la muralla de la ciudad han sido sobradamente sobrepasados, y hay mucha gente viviendo extramuros, sobre todo por el Este. En 1566 se construye una nueva cerca, que abraza todo lo que hasta entonces se ha construido, y se decreta la prohibición absoluta de construir fuera de la misma. Buena seña de lo eficiente que fue la orden es que en 1590 la superficie de la ciudad era el doble que la de la cerca.
Felipe IV retomó el proyecto anterior, es decir una nueva cerca, en 1625. Las razones de tanta obsesión por delimitar Madrid eran, sobre todo, fiscales, pues con una estructura de impuestos como la de la época, fuertemente vinculada al concepto de villa y de ayuntamiento, estar fuera era un chollo aunque, en realidad, se trabajase y se vendiese en el mismo Madrid. La cerca de 1625 fue más efectiva que la anterior y, de hecho, convirtió a Madrid en una de las ciudades del mundo de su época con mayor densidad de población.
El Madrid de Felipe IV experimenta el primer crecimiento a lo bestia. En El Tribunal de los majaderos, Salas Barbadillo hace decir a uno de sus personajes: «Suspéndeme infinito el ver en Madrid tanto edificio nuevo y luego ocupado. Nácenle nuevas casas, y las que ayer fueron arrabales hoy son principales».
Aquel Madrid que cartografió, en famoso plano, Pedro Teixeira, finaba al Este en la Puerta de Alcalá (situada entonces más o menos a la altura de Casa Gallardón) y de traza mucho más modesta de la que se levantaría Rege Carolus III, arriba de la cuesta.
La cerca de Felipe IV arrancaba en aquella puerta de Alcalá, colina arriba, hasta doblar hacia el norte más o menos por lo que hoy es la calle Serrano, entonces conocida como Ronda de la Veterinaria. Seguía hasta la calle Goya y al llegar a la cafetería que hace esquina doblaba hacia el oeste, bordeando las huertas de los Agustinos Recoletos, que daban nombre a la puerta situada más o menos donde hoy está Colón señalando con el dedo a La Meca. Zizagueaba la cerca real por la calle Génova, llegando al portillo de Santa Bárbara, en la plaza hoy de Alonso Martínez. La calle Sagasta se llamaba los Campos de Santa Bárbara, y era lugar habitual para que allí acampasen los gitanos nómadas. Terminaban estos campos en una plaza, llamada de los Pozos de la Nieve porque allí estaban algunos de los que se usaban para conservar ese fruto del invierno. Esta plaza hoy se llama de Bilbao.
Seguimos bordeando la verja por lo que hoy es la calle de Carranza, donde estaba, quizá en la calle San Andrés, la puerta de las Maravillas, que tomaba el nombre de un monasterio cercano. Bordeando la huerta de los condes de Monteleón, la cerca llegaba hasta la actual glorieta de San Bernardo, bajando hasta San Hermenegildo, donde se situaba la llamada puerta de Fuencarral. Seguía la cerca por Alberto Aguilera hasta la calle Princesa, entonces San Bernardino, donde estaba el portillo de tal nombre. A partir de ahí, la cerca hacía para tomar el cauce del Manzanares, dejando fuera la montaña del Príncipe Pío; o sea, el templo de Debod. Y seguía hasta unirse con la Puerta de la Vega, más o menos en la entrada de la catedral; y la Puerta del Puente, en el de Segovia. Seguía por las Vistillas hasta San Francisco The Great, Puerta de Toledo (que estaba algo más cerca de la Plaza Mayor que hoy en día), portillo de Embajadores (al final de la calle de ídem), portillo de Lavapiés (final de la calle de Valencia), serpenteaba hacia la puerta de Atocha, y de ahí bordeaba el Buen Retiro, de nuevo hacia la Puerta de Alcalá. En total: 400 calles, 16 plazas, 13 parroquias, 30 conventos de religiosos, 26 de monjas y 24 hospitales.
De 1811 data el proyecto de Silvestre Pérez, consistente en comunicar el Palacio Real con la iglesia de San Francisco el Grande. En mi opinión, estamos ante la primera ambición expansiva moderna de Madrid, que sólo será posible salvando la enorme quebrada formada por la calle Segovia mediante la construcción de lo que todo Madrid conoce como El Viaducto, obra de Eugenio Barón que se estrenó en 1874, aunque en 1934 fue reconstruido por Aracil, Ferrero y Aldaz. Surge, además, este eje como complemento o alternativa a la otra gran dirección de crecimiento de la ciudad, por el Este, en el eje Palacio Real-Puerta de Alcalá. En 1767, sin embargo, ha comenzado a concebirse el que, al fin y a la postre, será el gran eje ganador del Madrid moderno, con el proyecto del Salón del Prado de José de Hermosilla. Dicho proyecto es el primer creador del eje Prado-Castellana, concebido en su momento como un resultado directo de la Ilustración, razón por la cual en él se situarán los dos museos de Ciencias Naturales (el que lo es, y el que alberga el Museo del Prado) y el Jardín Botánico, todos ellos monumentos al conocimiento y al arte.
El concepto de Madrid como ciudad no cerrada, es decir superando el concepto del amurallamiento, tiene que esperar hasta el revolucionario año de 1868. Aunque, a mi modo de ver, no es la idea revolucionaria la que impulsa el crecimiento de Madrid, sino el gran avance de la Historia de la ciudad, que no es otro que el desarrollo del canal de Isabel II. Este desarrollo, que en realidad designa la construcción de una red de agua moderna en la ciudad, es el que permite que Madrid pueda, de verdad, ambicionar ser una ciudad grande en la que todos tengan un acceso sencillo a algo tan necesario como el agua.
En todo caso, 1868 es la primera vez que se proyecta, no la delimitación de la ciudad, sino su crecimiento, mediante un proyecto que les sonará a los barceloneses: el Ensanche. Porque sí, los madrileños también tenemos nuestro Eixample. Lo que pasa es que Eixample, en castellano, se dice Paseo de Ronda.
El proyecto del Ensanche, en Madrid como en Barcelona, se quedó corto. Era un proyecto que pensaba, en ese momento, en la burguesía. Sin embargo, en los veinte o treinta años que siguen a su concepción, en Madrid aparece una nueva realidad, que es la clase obrera. Y sus necesidades, claro. La industrialización de Madrid fue tan rápida, y la insensibilidad de los rectores hacia ello tan insondable, que en 1907 había más viviendas construidas fuera del Ensanche que dentro; y no pocas de ellas eran auténticas Cañadas Reales en las que el personal vívía, no sólo como ratas, sino con las ratas. Eran barrios netamente obreros, entonces, los de Cuatro Caminos, Tetuán, El Carmen, la Guindalera, La Prosperidad, Ventas, doña Carlota, Puente de Vallecas, los dos carabancheles...
Ya desde principios del siglo XX, urbanistas y políticos tenían claro que había que abordar el crecimiento de Madrid hasta los límites de su término municipal. Sin embargo, el planeamiento tuvo escasos avances hasta la llegada de la II República. Así como la República fue dubitativa o ineficaz para muchas cosas, en el caso de Madrid no fue tan así. Indalecio Prieto, político sin demasiada formación técnica pero con cierta inspiración para eso que hoy se llama la ordenación del territorio, tuvo muy claro que Madrid tenía que crecer y que dotarse de una buena red de transportes. Quizá su principal obra fuese el área de los Nuevos Ministerios.
La apuesta de Prieto por los transportes tenía mucho que ver con el nuevo planeamiento estratégico que la República hizo sobre Madrid. La Comisión de planeamiento fundada al efecto, y que presidió el también socialista Julián Besteiro, es la primera que se plantea seriamente que el crecimiento de Madrid ciudad, en realidad, debe concebirse en relación con todas las poblaciones que la rodean. Besteiro y su gente, por lo tanto, conciben, de alguna manera, la idea de área metropolitana, cuyos crecimientos deben estar, de alguna manera, coordinados. Estos planteamientos, sin embargo, apenas prosperaron, por razones que conocemos bien.
Terminada la guerra civil, la administración franquista tomó derroteros diferentes. Madrid se fusionó 28 municipios de sus alrededores, en una decisión que acabarían sintiendo los gestores de la democracia, pues es el origen del hecho de que en la región madrileña apenas hubiese municipios de escaso desarrollo, acreedores por lo tanto de los fondos estructurales europeos. El Plan de Urbanización de Madrid da, más o menos, por terminado el desarrollo de la almendra central, y prevé el desarrollo de los poblamientos periféricos que acaban de ser anexionados. La intención del franquismo era la de encerrar el centro de la capital el un anillo verde, más allá del cual los nuevos núcleos poblacionales crecerían de acuerdo con las previsiones demográficas.
Muchos teóricos han querido ver en esta forma de planeamiento una intención política. Verdaderamente, este planeamiento «reservaba» la ciudad para las clases más pudientes, estableciendo el crecimiento de las viviendas modestas en núcleos distintos y separados por el famoso anillo verde. Suponía, por lo tanto, una intención de colocar, por decirlo en términos marxistas, a burgueses y proletarios en ámbitos distintos. Esta interpretación tiene probablemente visos de certitud, aunque también es cierto que en el mundo no eran pocas las ciudades que se planeaban con esquemas muy parecidos, sin necesidad de que los gobiernos que tales cosas impulsaron fuesen muy fachas.
Los urbanistas del franquismo, sin embargo, erraron como conejas a la hora de planificar el crecimiento de la ciudad. El Plan de Urbanización soñaba con un Madrid que tendría dos millones y medio de habitantes en 1980 y tres millones a fines de siglo. Lo que se dice un fallo del 100%. En los años subsiguientes, sobre todo a partir de 1960, no será ya sólo el crecimiento indiscriminado el que desborde los límites de la planificación. Lo hará el propio Estado mediante sus planes de vivienda, creando poblados de absorción, poblados dirigidos, y otras figuras, donde se supone que tenía que estar el famoso anillo verde; y, sobre todo, mutando las pequeñas unidades poblacionales que rodeaban el centro de la ciudad en las conocidas en los años setenta como «ciudades dormitorio», núcleos urbanos dotados con cantidades interminables de viviendas, y apenas servicios.
A partir de los sesenta, además, la entrada en juego de la iniciativa privada, que aupada en el desarrollismo comienza a sentar las bases del futuro boom inmobiliario, hace que los escrúpulos del crecimiento se hagan aún menores.
Prueba de que el franquismo no se dio mucha prisa en el planeamiento de la ciudad es que el Plan de Urbanización de 1946 no es sustituido hasta casi 20 años después, 1964, cuando la ciudad es ya claramente otra. El Plan de 1964 recupera, de alguna manera, las viejas ideas de Besteiro y de Prieto, se plantea planificar el crecimiento de todo el área metropolitana y, consecuentemente, crea una institución que hoy no sonará a nada pero que en su tiempo fue la pera limonera: la Coplaco (Comisión de Planeamiento y Coordinación).
En realidad, el plan del 64 no se apartó de la filosofía de su antecesor. A pesar de que el centro de la ciudad había desbordado su crecimiento, la planificación de Madrid sigue creyendo que puede detenerlo y crecer sólo en los núcleos periféricos. Los años sesenta caen sobre esas ideas como un yunque de toneladas. Aquel Plan, que por ejemplo esperaba el crecimiento de Leganés hasta unos 50.000 habitantes en la década, vio cómo la población real del pueblo se iba a los 150.000. Lo que se dice un fallo del 200%.
Entre 1964 y 1971, el Plan se enmendó 105 veces. Aún así, a principios de los setenta en torno al 50% del suelo ocupado en el Área Metropolitana lo era en contra de las previsiones del Plan. En 1971, el gobierno decide extender el planeamiento urbanístico a todo el ámbito de la región de Madrid, y renuncia, por primera vez, a limitar el crecimiento de la ciudad.
Muchos pensaron que la llegada de la democracia terminaría con la mala planificación de Madrid. Pero se equivocaron. En primer lugar, la democracia trajo fenómenos insospechados hasta entonces, como son la competencia entre ayuntamientos y, sobre todo, con el tiempo, la competencia entre Ayuntamiento y gobierno regional. Por otro lado, en los primeros años de la democracia, los ayuntamientos de las ciudades-dormitorio se encontraron gestionando grandes monstruos urbanos con gravísimas carencias de servicios, presionados ahora además por demandas nuevas como la conservación del medio ambiente, lo cual les dificultó centrar la vista en la cuestión del crecimiento.
Para colmo, la llegada de la democracia a España vino a coincidir con un periodo en el que en muchas grandes ciudades del mundo, Madrid entre ellas, se constaba el lento estancamiento, o aún regresión, de la población del centro de la ciudad. No pocos observadores cometieron el error de aplicar a este hecho un enfoque determinista (lo que ocurre hoy seguirá pasando) para desarrollar, de nuevo, la teoría de que las grandes ciudades iban a dejar de crecer, así pues no había que planear en ellas crecimientos. Esta idea es el germen del boom inmobiliario de 1980, que será de tal magnitud que, en realidad, y hasta la llegada de la crisis en el 2008, nadie ha podido ya con él.
La Historia de Madrid como ciudad es, pues, la Historia de cómo quienes han pensado la ciudad, una vez y otra, han sido incapaces de imaginar algo parecido al futuro real.
La pregunta, obviamente, es si algún día alguien encontrará la piedra filosofal.
martes, octubre 19, 2010
Pues claro
Como magistralmente refiere José Alba en su divertidísima Historia sintética de Madrid. Madrid, Estades, 1949, si la estatua de Felipe IV está en pie, es en parte gracias a Galileo Galilei.
Pero esperemos un poco antes de erigir la estatua. Echemos hacia atrás la máquina del tiempo, a los momentos en que el palacio real de Madrid era un alcázar. Entonces, lo que hoy es la plaza de Oriente era un simple y puro erial. Sin embargo, la cercanía con el castillo fue provocando que al sitio fuesen realizándole trabajos de roturación que acabaron convirtiendo el erial en un huerto. El Huerto de la Priora, perteneciente al monasterio de Santo Domingo el Real. Allí hubo instalado, entre otras cosas, un juego de pelota, amén de varios conventos. Todo aquello, salvo los Caños del Peral, se los llevaría por delante José Bonaparte cuando alumbró la idea de crear un eje entre el Palacio de Oriente y la Cibeles, al modo de los campos Elíseos de París.
La verdadera renovación de la plaza, acercándola al aspecto que tiene hoy, se produce en 1841, gracias a la labor de dos personajes bien conocidos por quienes pasean por Madrid: Agustín Argüelles, tutor de la reina Isabel; y Martín de los Heros, intendente de Palacio. Son ellos los que colocan los jardines de la plaza, así como las 44 estatuas de monarcas que adornan el lugar, y que fueron esculpidas para colocar en la balaustrada del Palacio; labor que no se realizó porque pesan un huevo y se temió que no se sostuviesen.
¿Alguien se sabe de memoria los nombres de los retratados? Lo dudo. Yo copio: Ataúlfo, Eurico, Teodorico, Leovigildo, Suintila y Wamba, todos ellos godos; Pelayo, Alfonso I el Católico, Ídem II el Casto, e Ídem III el Magno. Ramiro I y Ordoño I, reyes que fueron de Asturias. Fernán González, conde de Castilla, Alfonxo VIII y doña Berenguela; Íñigo Arista, fundador del reino pirenaico; Wilfredo el Belloso y Ramón Berenguer, condes de Barcelona. Ramiro I, Ramiro II, Sancho Ramírez, Alfonso V, Doña Petronila, Jaime I y Sancho IV, reyes de Aragón. Ordoño II, Ramiro II, Alfonso V, Alfonso IX, reyes de León. Fernando I, Fernando V, Isabel la Católica, Alfonso VI, Alfonso X, Alfonso XI, doña Urraca, Sancho IV, Juan I y Felipe II, reyes de Castilla y de León.
Petrus Tacca F. Florenciae anno salutis MDCXXXX. Ésta es la expresión que, si no habéis sido atacados por la presbicia o el estrabismo, podréis leer en la cincha del caballo que gobierna Felipe IV, y que declara la autoría de Pedro Tacca, el soberbio artesano italiano que también participó en la estatua de Felipe III de Gianbologna (que es, dicho sea de paso, mi escultor renacentista preferido). Felipe IV, queriendo tener la estatua, le pidió a la gran duquesa de Toscana, Cristina de Lorena, que hiciese el encargo. Ella, o tal vez el rey, quería que en la estatua apareciese el caballo cabalgando, hecho éste que le presentó notables dificultades técnicas a Tacca, pues la estatua ya no podría apoyarse tan sólidamente como otras.
Dado que Tacca consideraba la obra imposible, Diego Velázquez le envió un boceto del rey con lo que se le pedía. Fue Galileo, según Tacca, quien arregló la cosa, recomendando al escultor que aligerase la carga de la obra fundiéndola en dos fascículos: el culo y la mitad posterior, macizo (para que aguante); y la mitad de delante, hueca (para que no pese).
La estatua así concebida pesa unas 18.000 libras, dice Alba, que deben de ser como 9 toneladas. Mucho me parece; puede que sea otra libra que la que yo conozco. En el pedestal, y como homenaje a la actuación del pintor sevillano, hay un bajorrelieve con la imposición por el rey del hábito de Santiago a Velázquez, y otro que loa a las ciencias y a las artes.
Durante la guerra civil, el peso de la estatua fue un problema. En la zona las bombas caían con profusión, así pues el orgulloso Felipe corría peligro de recibir un obusazo que lo convirtiese en un recuerdo. Aquí le vemos en la protección que se le dispensó.
lunes, octubre 18, 2010
Matar a Hitler
Formato pdf, al menos de momento.
Eppur si mouve, tronco
Para endulzar la espera, como sabéis los lectores habituales, suelo dejar por ahí alguna adivinanza que, una vez resuelta, pienso os pueda servir (a los que no sepais la respuesta, porque hasta hoy casi siempre ha habido quien se la sabía) para epatar en las comidas familiares y dejar sentado al típico sabelotodo que pretende tener la respuesta para cualquier cuestión.
Esta adivinanza va tal que así:
En Madrid hay muchos monumentos, y de todos ellos merecería la pena hablar. Pero hay uno, concretamente, que es el único monumento, al menos según mi información, que si está en pie y a la vista de todos es gracias al famoso científico italiano Galileo Galilei, quien tuvo una intervención directa para hacerlo posible.
A ver si sabéis cuál es.
La solución se puede encontrar en internet, por cierto. Pero hay que buscarla...
viernes, octubre 15, 2010
Matar a Hitler (Epílogo)
Inmediatamente después del mensaje radiado de Goebbels, los teléfonos de la Bedlerstrasse se volvieron locos. La mayoría de las llamadas se correspondían con distintos jefes de unidad cuyo nivel de compromiso con la conspiración comenzaba a flaquear claramente. En realidad, el mensaje radiado había sido un mazazo, pero no tanto por afirmar que Hitler estaba vivo (cosa que, al fin y al cabo, podía seguir siendo una mentira, ya que el anuncio no lo había hecho el propio Hitler) como por la demostración palpable de que los jerarcas nazis mantenían un nivel de control de la situación lo suficientemente elevado como para seguir controlando la radio. Stauffenberg seguía repitiendo y repitiendo que no podía ser verdad, que él tenía la certeza de haber matado a Hitler. Sin embargo, a eso de las siete y algo de la tarde, Hoepner parecía estar a punto de derrumbarse, y Olbricht comenzaba a creer que Beck podría tener razón al aseverar que tal vez Hitler estaba vivo.
Cuando, a esa hora, Witzleben por fin se acercó por la Bendlestrasse, con su bastón de mariscal de campo, no estaba de muy buen humor. No quería recibir información de nadie que no fuese Beck (ciertamente, la aristocracia militar alemana siempre ha sido muy rígida) y, además, sabía, porque llegaba de la calle, que las unidades de reserva movilizadas empezaban a dispersarse. Quirnheim y Olbricht convocaron una reunión urgente de oficiales para levantar la moral, pero el remedio fue peor que la enfermedad: Franz Herber y Bode von der Heyde, dos jóvenes coroneles pronazis, espoleados por la noticia de la supervivencia, dieron por culo durante la asamblea todo lo que pudieron, y más.
Más o menos a esa misma hora, el mayor Remer llegaba a la casa de Goebbels. El ministro de Propaganda le preguntó sobre su lealtad, que Remer dijo no se había movido. Campanudamente, el ministro nazi le anunció que el destino del Reich, ahora, estaba en sus manos. En las manos de un oficial intermedio. Según Speer, tomó teatralmente las manos de Remer, las estrechó largamente y, luego, dio su gran golpe de efecto: fue al teléfono, lo descolgó, activó la línea directa con Rastenburg, pidió hablar con el Führer y, cuando le dijeron que Hitler estaba al habla, le ofreció el auricular a Remer.
El mayor del cuerpo de guardias se cagó por la pata abajo mientras aplicaba el auricular a su oreja derecha y dejaba que en su tímpano del mismo lado vibrase la inconfundible tonalidad de la voz de Hitler. El Führer también era un experto manipulador de almas, como Goebbels. Indicó a Remer que a partir de ese momento quedaba bajo su mando personal. Aquello era todo lo que necesitaba aquel modesto mayor para sentirse el salvador de la Patria.
El fundador de Salomon Brothers, en su época una famosa firma de inversiones de Wall Street, solía decir que quería que sus ejecutivos llegasen cada mañana a trabajar con el deseo de morderle el culo a un oso kodiak. Ése, exactamente, fue el espíritu con que el mayor Remer salió a la calle aquella noche. Probablemente, aunque los conspiradores hubiesen contado con diez divisiones acorazadas, lo mismo se los habría llevado por delante.
En Francia, también a eso de las siete, el mariscal Kluge estaba en la duda. Nadie sabía nada con certeza. El mariscal recibía llamadas de compañeros, como el general Von Falkenhausen, a los que no sabía a ciencia cierta qué decir. A esa hora, sin embargo, Blumentritt llegó, por fin, a La Roche-Guyon, portando una presunta orden del general Von Witzleben (presunta, porque Olbricht y Beck la habían remitido horas antes de que el general se presentase en la Bendlestrasse) ordenando el arresto de todos los oficiales importantes de la SS y los miembros del NSDAP. Aquella comunicación estuvo a punto de decidirle de que Hitler estaba muerto, pero para entonces recibió una comunicación telefónica de Keitel desde Rastenburg, informándole de que estaba vivo, así como de que Himmler era ahora el jefe del ejército de reserva, lo que significaba que ninguna orden firmada por Fromm, Hoepner o Witzleben debía ser atendida.
Kluge se sintió relajado: al fin y al cabo, si ciertamente el golpe había fracasado, él se enteraba antes de haber hecho nada a su favor. Ordenó a Blumentritt que llamase a Rastenburg, pero nadie se puso porque estaban todos reunidos. Finalmente, recordando que allí estaría Stieff, a quien conocía levemente, preguntó por él. Stieff, como sabemos, era parte de la conspiración. Pero a esas horas, viviendo en primera persona todo lo que estaba pasando en Rastenburg, tenía tan claro que el golpe había fracasado que desistió de intoxicar al jefe del frente Oeste.
Quien, sin embargo, no se resignaba, era Stuepnagel. En el momento en que Blumentritt lograba el contacto con Stieff, el general viajaba hacia La Roche-Guyon, acompañado del coronel Hofacker (primo de Stauffenberg) y del doctor Max Horst, éste último cuñado del general Speidel, también partidarios del golpe.
Kluge recibió a esta delegación deshaciéndose en deferencias, e inició una reunión con ellos a la que se unió Blumentritt. Hofacker realizó un largo discurso de un cuarto de hora sobre la necesidad de que Alemania se deshiciese de Hitler. Kluge lo escuchó con total educación y, cuando el coronel hubo terminado, zanjó la cuestión con un lacónico:
-Caballeros, el tiro ha fallado.
Seguidamente, les preguntó si cenarían con él.
En ese momento, Stuepnagel supo que estaba más muerto que vivo. En París, tropas a sus órdenes estaban deteniendo oficiales de la SS y de la Gestapo. Él había ido a La Roche-Guyon para obtener de Kluge el OK a esa orden. Y ahora sabía que el mariscal no lo daría. Estaba perdido.
Espoleado por su sentido del honor, Stuepnagel preguntó a Kluge durante la cena si podían hacer un aparte. Allí, a solas, le confesó lo de las detenciones en París. Cuando Kluge supo que su idea de que no había hecho nada a favor del golpe no era verdad, le pasó lo que Fromm unas dos o tres horas antes: tuvo un gran ataque de ira, seguido de una extraña tranquilidad que, en realidad, quería decir que no sabía qué hacer. Acabó por decirle a Stuepnagel que le quitaba el mando, y aconsejándole que desapareciese. Acto seguido, musitó para sí:
-Si por lo menos ese cerdo estuviese muerto...
Ya de noche, el oficial de la SS que en su día había rescatado a Mussolini, Otto Skorzeny, llegó a Berlín para coordinar el contraataque de la SS. Había sido intereceptado en un coche camino de Viena para poder colaborar en la obra. Algo más tarde de la medianoche, aterrizaría en Berlín Himmler, y se dirigiría inmediatamente a casa de Goebbels
A las diez y media, Herber, Von der Heyde y otros pronazis asaltaron la Bendlestrasse. Entraron en una sala de reuniones donde Olbricht estaba reunido con civiles: Eugen Gerstenmeier, Peter Yorck y Berthold Stauffenberg. Había un cuarto, Otto John, pero se había ido a las nueve. La secretaria Delia Ziegler salió por patas por el pasillo para avisar a Beck y a Hoepner, que estaban con Fromm. Por el camino, encontró a Stauffenberg y Haeften, que se dirigieron inmediatamente a la sala. Hubo un tiroteo. Stauffenberg fue herido en su único brazo. Los pronazis terminaron por ganar, arrestaron a Stauffenberg, Beck, Hoepner, Olbricht y Haeften, y liberaron a Fromm. Éste se apresuró a montar un consejo de guerra a las once de la noche. Sabedor de que las órdenes de los conspiradores, realizadas bajo tu teórico mando, le implicaban en el golpe, estaba ansioso por hacer méritos. Beck solicitó el derecho que le asistía como alto mando de recibir una pistola para suicidarse. A Hoepner le ofrecieron la misma solución, pero la rechazó.
Beck estaba tan nervioso que falló su primer tiro en la sien. Cuando le fueron a quitar la pistola, rogó por una nueva oportunidad, que Fromm le concedió. Solicitó también ayuda si fallaba, por lo que Fromm designó a un sargento para hacer el trabajo. Todo parece indicar que, realmente, lo que mató a Beck fue el disparo en la nuca del sargento, por lo que siempre se ha especulado que también en la segunda intentona falló, cuando menos en parte.
Mientras tanto, Fromm había hecho formar en el patio un pelotón de fusilamiento y, con la vista puesta en el reloj (es de suponer que sabía o suponía que Himmler, el verdadero jefe del ejército de reserva, no tardaría mucho en presentarse, y quería tener el trabajo hecho para entonces) decretó la condena a muerte de Stauffenberg, Olbricht, Quirnheim y Haeften (Hoepner, de mayor graduación, fue enviado a prisión a la espera de juicio). En realidad, Stauffenberg estaba ya muy jodido, por la fea herida recibida en el brazo. De hecho, si bajó al patio fue porque Haeften lo llevó casi en volandas.
En el Hotel Raphael de París, a esas horas, los hombres que habían obedecido las órdenes de Stuepnagel estaban cogiéndose un moco histórico. Uno de los miembros de ese grupo, el coronel Linstow, consiguió hablar con Stauffenberg cuando los pronazis entraban ya en el ministerio y, al colgar, la cascó de un infarto. Stuepnagel llegó pasadas las doce. Se limitó a unirse al consumo inmoderado de alcohol y esperar, indolentemente, al último acto del golpe, que fue la retransmisión radiada del propio Hitler, que se produjo a eso de la una.
Para entonces, los principales conspiradores estaban ya muertos. Goerdeler había huido de la Bendlestrasse y estaba escondido. Otto John, el que se había marchado a las nueve, estaba en su casa con su hermano y el hermano de Bonhoeffer, temiendo que en cualquier momento la Gestapo aporrease la puerta. Gisevius estaba escondido en un sótano. Tresckow, en el frente del Este, estaba acostado sin dormir; cuando Schlabrendorff le informó del fracaso, se limitó a sentenciar: «Me dispararé en la cabeza». Por lo que respecta a Dohnanyi, Müller, Bonhoeffer, Hoepner, Gerstenmaier, Yorck y Berthold Stauffenberg, no pudieron oír el mensaje de Hitler; en la cárcel no dejaban escuchar la radio tan tarde.
Ernst Kaltenbrunner, responsable de seguridad del Reich, se presentó en la Bendlestrasse un poco antes de las doce. Aquello detuvo las ejecuciones sumarias de Fromm. La SS tomó el edificio y, en ese momento, Fromm, radiante con sus muertos bajo el brazo, pensó que era el momento de ir a casa de Goebbels, a hacer méritos. El taimado ministro nazi lo recibió con frialdad, le anunció que estaba arrestado, y le dejó helado al decirle: «Se ha dado usted jodida prisa para poner sus testigos bajo tierra».
En París, el general de la SS Karl Oberg fue encomendado de la misión de arrestar a Stuepnagel. Cuando llegó al Hotel Raphael, se lo encontró mamado, con su gente. Stuepnagel aceptó la misión sin problemas, y le invitó a unirse a la fiesta. Y así los encontró Blumentritt, cuando llegó de La Roche-Guyon, con órdenes de Kluge de tomar el mando de Stuepnagel.
Stuepnagel fue reclamado en Berlín por Keitel. En el coche en el que hizo el viaje solicitó una parada a la altura de Sedan, un lugar de gran significado para cualquier militar prusiano por la importante batalla que allí decidió la guerra franco-prusiana. Salió a mear, aunque en realidad salió para suicidarse. Se cascó un tiro en la sien que reventó su ojo derecho. Lo encontraron flotando inconsciente en el río. En el hospital de Verdún lo curaron lo suficiente como para estar presente en su consejo de guerra.
Kluge, por su parte, envió a Hitler un extenso informe acusando de todo a Stuepnagel. Pero cuando vio llegar a La Roche-Guyon al mariscal de campo Walther Model, con órdenes de sustituirle, supo que estaba condenado. Fue llamado a Berlín. En el viaje en coche, pararon para comer y Kluge se sentó al pie de un árbol para tomar su almuerzo. Su almuerzo, y una dosis de veneno con la que se mató.
En la mañana del 21 de julio, Tresckow se levantó, tomó un coche, condujo hasta el frente y penetró en tierra de nadie, justo entre las líneas alemanas y rusas. Luego hizo varios disparos al aire, quizá para que pareciese que se había visto envuelto en algún tipo de enfrentamiento. Luego cogió una granada, tiró de la anilla. Y la dejó en su mano. En realidad, su compañero Schlabrendorff, que sin éxito intentó convencerle de que no se matase, es el militar de mayor rango que, habiendo estado implicado en el golpe, salvó el pellejo. Aunque también llegó a estar detenido por la Gestapo y coqueteando con la idea de matarse, porque fue salvajemente torturado.
Fellgiebel y Stieff, los compañeros de Stauffenberg en Rastenburg, fueron arrestados, al igual de Hofacker y Finckh. Witzleben, quien había llegado tarde a la Bendlestrasse y se había marchado no más tarde de las diez, fue arrestado en la mañana del día siguiente. Por lo que se refiere a Goerdeler, dado que la Gestapo aprendió en la documentación incautada que tenía un importante papel previsto en la nueva Alemania surgida del golpe, puso precio a su cabeza (un millón de marcos). Huyó de Berlín y llegó hasta Marienburgo, donde durmió en la sala de espera de la estación de tren. Allí lo reconoció una mujer, que lo denunció y facilitó su arresto. Los nazis, por cierto, nunca le pagaron a la señora el millón de marcos.
Kleist y Delia Ziegler fueron arrestados. Gisevius, sin embargo, logró escabullirse, aunque no podía volver a su casa, así pues pasó todo el invierno berlinés cagado de frío porque sólo tenía ropa de verano, hasta que, en enero del año siguiente, consiguió pasar a Suiza. Por lo que respecta a Otto John, aprovechó que era asesor jurídico de la Lufthansa; se limitó a tomar, con toda normalidad, el vuelo de la compañía que, el 24 de julio, le llevó de Berlín a Madrid, y allí se multiplicó por cero. Otros conspiradores que se salvaron fueron Schlabrendorff, Müller, Pastor Niemöller, o los familiares de Stauffenberg, Goerdeler, Tresckow y Hofacker. Estaban todos en un campo de concentración liberado por los estadounidenses el 4 de mayo de 1945.
El 22 de septiembre, la Gestapo encontró y abrió el refugio de papeles de Donanhyi en Zossen. Fruto de la documentación encontrada pudo probar la implicación de personas como Canaris u Oster.
Se estima que no menos de 7.000 personas fueron arrestadas e interrogadas en relación con el golpe, de los cuales unos 200 fueron ejecutados. Antes, algunos fueron torturados, otros mantenidos encadenados, o sin comida. Los libros que he podido consultar dicen que no sólo se filmaron los juicios, sino también las ejecuciones. Lo que no sé es si esas películas siguen existiendo y, si es así, quién las custodia.
He citado en este conjunto de posts decenas de nombres. La inmensa mayoría de ellos, militares. Espero, pues, haberte convencido de que, si quieres hablar con propiedad, cuando te refieras a los alemanes que lucharon durante la segunda guerra mundial, no debes utilizar la expresión «los nazis».
La inmensa mayoría de los citados en esta serie dio su vida para convencerte de esto.
miércoles, octubre 13, 2010
Matar a Hitler (7: Goebbels into action)
Pues sí. El gordo general Fromm hubiera preferido que se lo tragase la tierra cuando Stauffenberg, su jefe de gabinete; y Olbritch, su jefe de intendencia, le comunicaron que, en realidad, las órdenes vinculadas al golpe de Estado ya habían sido distribuidas en todo el ejército de reserva bajo su mando teórico. En realidad, hubo un primer momento en que le contaron el cuento de que todo era cosa de un coronel suyo, Mertz von Quirheim; el cual, probablemente por estar en la conspiración y por mantener su honor, confesó unas culpas que no eran suyas. Stauffenberg, sin embargo, no pudo resistirlo cuando vio a Fromm dispuesto a arrestar a Von Quirheim y hacer caer sobre él todo el peso de su autoridad, y le confesó que él era el asesino del Führer. Para entonces, el despacho de Fromm estaba ya lleno de conspiradores. Así pues, cuando el alto mando se levantó para declarar bajo arresto a los golpistas, Von Kleist y Haeften, presentes, colocaron sendas pistolas en su prominente barriga, bajándole los humos.
Aquel día por la tarde, se dio el caso casi inusual en la Historia de que un mismo ejército, el de reserva alemán, tuvo al mismo tiempo tres jefes. Estaba Fromm, medio arrestado. Estaba, también Hoepner, quien sustituyó a Fromm tras que éste fuese confinado, cambiándose el uniforme allí mismo. Y estaba Himmler, el cual había sido nombrado por Hitler en cuanto el Führer se dio cuenta de que todo lo que estaba pasando tenía su centro en Berlín y en estas unidades.
Los conspiradores, en todo caso, se demostraron malos guardianes. Fromm y su adjunto, Heinz Ludwig Bartram, habían sido confinados en una sala de reuniones; pero los presos no tardaron mucho en darse cuenta de que dicha sala no tenía una, sino dos puertas. Casa con dos puertas, mala es de guardar, escribió creo que Tirso de Molina, y gran verdad es. Así pues Bartram, de cuya capacidad para el movimiento hábil todo lo que hay que decir es que sólo tenía una pierna, consiguió seguir en contacto con el resto del ministerio e incluso aprender las rutinas de comprobación de los guardias responsables de controlar que seguían dentro de la sala.
El trato dado a Fromm, inesperado para algunos conspiradores que esperaban su implicación, abrió las primeras fisuras en el movimiento. Von Helldorf, por ejemplo, abandonó exasperado el ministerio por dicha causa.
A causa de las órdenes de Valquiria, a las cinco menos cuarto se había declarado la ley marcial, y a partir de de las cinco y media comenzaron a llover las llamadas de unidades en demanda de instrucciones, que eran atendidas por Olbricht y Stauffenberg. Beck, por su parte, se encargó de hablar con Stuepnagel en Francia; el general, no muy convencido, le intimó que hablase con el mariscal de campo Hans Günther von Kluge, jefe de toda la cosa francesa, en La Roche-Guyon, cosa que Beck haría demasiado tarde.
En medio de todo este follón, se presenta en el edificio del ministerio el coronel de la SS Piffraeder, junto con otros dos miembros del cuerpo. Llegó, se plantó delante de los conspiradores, taconeó, levantó el brazo, dijo aquello de Heil Hitler y pidió permiso para hablar en privado con el coronel Von Stauffenberg. Gisevius, presente en la escena, conocía bien a este SS Oberführer Piffraeder, sabía que era un nazi vocacional y que, por lo tanto, no podía estar ahí para nada bueno. Advirtió a Stauffenberg, así pues éste se presentó a la entrevista con su pequeña guardia pretoriana (Hans Fritzsche, Von Kleist y Kurt von Hammerstein, todos ellos jóvenes oficiales de su cuerda). Estas cuatro personas colocaron al coronel y sus acompañantes bajo arresto.
Era, no obstante, media tarde. Según Valquiria, para entonces el centro administrativo de Berlín debía estar en manos de las tropas leales; y en las radios debía haber proclamas de los golpistas. Y, lo que es peor, nadie había ejecutado todavía los tres asesinatos previstos: Josef Goebbels; el general Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Gestapo tras el asesinato de Reynald Heydrich; y Heinrich Müller, más conocido como «Gestapo Müller», jefe de la sección cuarta de este cuerpo (y, de paso, considerado el jerarca nazi de mayor graduación del que nada se ha sabido tras la caída de Berlín). A causa de esta inoperancia, en el ministerio había grandes discusiones. Algunos de los conspirados querían hacer uso de los policías al mando de Von Hellforf; pero otros conspiradores, que acabaron por ser mayoritarios, preferían mantener el golpe como un movimiento meramente militar. Las discusiones eran tan fuertes que incluso hubo un momento en que Keitel llamó desde Rastenburg y nadie lo atendió (confieso que les entiendo; algo parecido me pasó a mí en la mili. Doy fe que, cuando estás en medio de una discusión, ni cuenta te das cuando comienza a sonar el himno nacional).
Más o menos a media tarde se presentó en el ministerio el general Von Kotzleisch, comandante del distrito de Berlín, en demanda de noticias. Se negó a tratar con Hoepner porque no aceptó su nuevo mando sobre el ejército de reserva, y también rechazó los términos conciliadores de Beck. Tuvo que ser puesto bajo arresto. Los arrestados comenzaban a ser multitud.
A eso de las seis, por fin, las primeras unidades movilizadas por los mensajes de Valquiria se dejan ver por la Bendlestrasse. Estas unidades eran un batallón de guardias, unidades del servicio de formación de tiro, así como unidades de la academia de Infantería de Doeberitz. Lo más granado de esas tropas eran los guardias, al mando del mayor Otto Ernst Remer, quien, paradójicamente, era un furibundo creyente nazi; aunque su jefe directo, general Kurt von Haase, simpatizaba con el golpe.
Este mayor Remer fue el encargado, dentro de las órdenes repartidas a la llegada de las unidades, de arrestar a Goebbels. Arrestarlo, y tal vez matarlo.
Hay, ciertamente, muchas cosas jodidamente malas que se pueden decir de Josef Goebbels y de su esposa, entre capulla y mística. Pero que era un cobarde o un imbécil no están en la lista. De hecho, el golpe de Estado contra Hitler estaba a punto de chocar contra él.
A las cinco de la tarde, Goebbels había hablado personalmente por teléfono con Hitler, así pues a él no le podían hacer lo que a Remer, es decir contarle que estaba muerto y esperar que lo creyese. Hitler le había ordenado que saliese en la radio asegurando que el Führer estaba vivo, aunque le dejó carta blanca para organizarlo como creyese que convenía. Goebbels llamó a su lado a Albert Speer, el arquitecto ojito derecho de Hitler y ministro de Armamento, teóricamente para pedirle consejo, aunque si hemos de creer a Speer, éste sacó más bien la conclusión de que lo que quería Goebbels era asegurarse de que no estaba implicado en el golpe. Asimismo, Goebbels movilizó por teléfono al Leinstandarte Adolf Hitler, que viene a ser algo así como la guardia mora de Hitler pero en plan SS, y que estaba estacionada en Lichterfelde, entonces a unos cinco kilómetros de Berlín.
Goebbels vivía a un paso de la puerta de Brandenburgo. Cuando Speer llegó, se lo encontró hablando en tres o cuatro teléfonos a la vez. Al poco, el ministro de Armamento cayó en la cuenta , asomándose por la ventana, de que había tropas formando cerca de la casa. En ese mismo momento, Hans Hagen, también devoto nacionalsocialista y adjunto al mayor Remer, consiguió que le cogiesen el teléfono en el ocupadísimo domicilio de Goebbels. Hagen avisó al ministro de Propaganda del envío de tropas contra él, y le recomendó que hablase con Remer, cuya lealtad al Führer, le aseguró, seguía incólume. En realidad, el propio Remer era quien había enviado dicho mensaje.
Siempre he considerado más que posible que tanto Remer como Hagen estuviesen en ese punto jugando a dos barajas. Algo pasadas las seis de la tarde, ambos habían cumplido a rajatabla las órdenes de Valquiria, así pues si los golpistas vencían no serían ellos represaliados. Sin embargo, querían seguridades de que las cosas eran como los conspiradores decían, y por eso Hagen hizo de explorador. Se vio con Goebbels a la vista de la puerta de Brandenburgo, recibió del ministro seguridades de que Hitler estaba vivo y, al salir de la casa, se las arregló para pillar una moto y se largó a toda pastilla, a distribuir la noticia de que el Führer estaba vivo. En ese momento el general Von Haase, probablemente por recibir información sobre los movimientos orquestales en la oscuridad de Remer, deshizo la orden de que fuese el mayor el encargado de arrestar a Goebbels. Este detalle, y una nueva conversación con Hitler en la que el Führer debió dejar muy claro que sus órdenes debían ser cumplidas unmittelbar, decidieron a Goebbels a proceder a la radiodifusión del mensaje, que se produjo a las 18,45 horas.
Repasando, pues: Goebbels sabía desde las cinco de la tarde que Hitler estaba vivo, a menos que creyese que los zombies saben marcar el teléfono (ésta parece más bien una creencia propia de Himmler). Pero no radió la noticia hasta casi dos horas después. A mi modo de ver, hay dos posibilidades aquí. Una, que Goebbels esperase a ver si el golpe había triunfado, para jugar sus cartas. Otra, que fuese así de cauteloso porque, en realidad, si receló hasta de Speer, no sabía en quién podía contar. Mi opción personal, sin dudarlo, es la segunda. Goebbels tenía que saber que los conspiradores, en todo caso, lo considerarían un alter ego de Hitler, así pues en una Alemania sin el Führer no habría sitio para él respirando. El ministro de Propaganda no era tan idiota como para creer, como creyó Himmler al final de la guerra, que negociando hábilmente con el conde Bernardotte se podría ir de rositas. La diferencia de intelectos de Goebbels y Himmler es similar a la que existe entre un Porsche y un Warburg-Trabant.
En La Roche-Guyon, hacia las siete, Von Kluge atendía la llamada del general Beck, quien le intimaba a unirse a la conspiración. Mientras le escuchaba, alguien le pasó una transcripción del mensaje de Goebbels. Algunos en el ministerio, de todos modos, la habían escuchado en directo.
En la Bendlerstrasse, el personal se fue por los pantys.
lunes, octubre 11, 2010
La vieja máxima del barón de Rotschild
miércoles, octubre 06, 2010
Madrid
Madrid es la capital del Reino, y poco más. También podría decirse poco menos, cierto es, pero el «poco más» tiene mucho sentido en un país, como España, que se ha instalado en un continuado debate regional. Hasta cierto punto, Madrid no existe o ha tardado mucho en existir. De hecho, sin la famosa reforma provincial de 1830, realizada por el ministro Francisco Javier de Burgos y vigente hasta hoy en día (con permiso de las veguerías catalanas), es posible que Madrid, como provincia, siguiera siendo la realidad móvil y blandi-blub que fue durante siglos.
Madrid fue ganada para la corona cristiana por el rey Alfonso VI en el año 1083, en el curso de una campaña contra las poblaciones de la entonces denominada Transierra, integradas en el reino dinúnida toledano, que, por lo tanto, incluía el alfoz (especie de trasunto medieval del distrito) madrileño. ¿Qué dimensiones tenía dicho alfoz, dicha Comunidad de Madrid primigenia? No es fácil saberlo porque juzgamos tiempos que no habían inventado aún ni la videoconsola ni la costumbre de ponerlo todo por escrito, orígenes ambos de la felicidad y desgracia humanas; pero los historiadores vienen a señalar que aquel alfoz era un territorio relativamente concentrado, con algunos señoríos dispersos, que abarcaba el propio Madrid, Torrelodones y sus excelentes rimas, La Zarzuela aún sin inquilino, El Pardo donde aún era mal rollo nacer ciervo, Alcobendas que de aquella ya esperaba el metro, Villanueva, Barajas que aún era un pueblo de bajos vuelos, Viveros, Vaciamadrid, Perales del Río, Torrejón de Velasco, Húmera y los terrenos del arroyo Butarque, de los Meaques y de Antequina.
Dos años después cae la propia Toledo y los cristianos clonan el reino musulmán, de modo y forma que las tierras toledanas abarcan desde la sierra del Guadarrama hasta Sierra Morena, y tienen por gran puerto comercial el de Valencia.
A Madrid ciudad le cuesta tomar identidad propia, aunque con la reforma de Alfonso XI, que crea la figura de los corregidores, especie de delegados del Gobierno cuya función es sentar sus reales, nunca mejor dicho, allí donde residen, para así contrarrestar el elevado poder de los nobles; con la llegada de los corregidores y del de Madrid, digo, la ciudad comienza a tener su personalidad política. En las Cortes castellanas de 1425 no asiste ningún representante de Madrid; pero entre las 16 villas que están representadas en las de 1437 ya está la futura capital de España. Este hecho supone la creación de algo parecido a una provincia, es decir los territorios de los cuales lleva el voto el diputado.
Es cierto que aún en 1474, cuando se repartan las aljamas o mezquitas de Castilla, y dado que el reparto se hace por obispados, todavía se habla del obispado de Toledo como, por así decirlo, cabeza de partido. Pero en algún momento entre dicho año y 1490, cuando hubo un nuevo repartimiento, se pasa a la filosofía provincial, así pues en este último año Madrid es citada como provincia propia junto con las otras que conforman Castilla y que son: Ávila, Burgos, Córdoba, Cuenca, Guadalajara, Jaén, Murcia, Salamanca, Sevilla, Soria, Toledo, Valladolid y Zamora.
A finales del siglo XVI, más concretamente en el censo de 1594, la provincia de Madrid está dividida en cinco partijas o distritos, que son: la Villa de Madrid, el condado de Puño en Rostro, el Sexmo de Casarrubios, la Alcarria (Zorita de los Canes), y Maqueda. La partija de la Villa de Madrid incluye poblamientos como Getafe, Villaverde, Fuencarral, Chamartín, Aravaca, los carabancheles, Las Rozas, Majadahonda, Vallecas, Pozuelo, Leganés, Vicálvaro, Coslada, Alcorcón, San Sebastián de los Reyes o Fuenlabrada. El condado de Puño en Rostro ocupa sitios como Alcobendas, San Agustín (sin apellido), El Álamo, Barajas o Griñón. El Sexmo de Casarrubios incluye las moralejas (de Enmedio y La Mayor), Brunete, Quijorna o La Zarzuela. Zorita y Maqueda están formadas por las poblaciones de su área. Por lo tanto, la provincia no tenía unidad territorial, pues toda el área de Zorita estaba separada de las otras partijas. Además, en términos actuales, diversas poblaciones eran de Madrid y hoy no lo son: Borox, Casarrubios del Monte y Valmojado son hoy de Toledo. Asimismo, todo el partido de Zorita de los Canes, menos Brea, está hoy en Guadalajara. Por lo que se refiere a Maqueda, Parla y Mejorada del Campo están en Madrid, pero el resto de las poblaciones están en Guadalajara, Toledo o Cuenca.
Todavía el censo de 1717, un siglo después, establece una composición de la provincia de Madrid en la que hay un montón de poblaciones que hoy forman parte, sobre todo, de Guadalajara y Toledo, que son en realidad las dos provincias con las que Madrid se ha batido tradicionalmente el cobre territorial.
Felipe V, un rey francés al fin y al cabo, cuando logra gobernar a sus anchas en España y en Castilla, se da cuenta de que la distribución territorial del país es un sudoku de la leche y por lo tanto promueve su reforma. Crea los corregimientos y las alcaldías mayores; un poco más tarde, reinando ya Fernando VI, se crearán las intendencias o provincias. Carlos III remata la faena publicando, en 1785, una distribución provincial completa de España. En esta descripción, como no puede ser de otra manera, figuran muchos pueblos que hoy no existen por ser sardinitas que se han comido peces más grandes. Ambroz, por ejemplo, hoy forma parte de Vicálvaro (que, asimismo, forma parte de Madrid); Fuente el Fresno estuvo un día, con su identidad propia y todo, en algún lugar de San Sebastián de los Reyes; Húmera, cuyo nombre no ha desaparecido, ha sido engullida por la muy muy pija Pozuelo, o sea, Pozuelo; a la ampulosamente llamada Moraleja La Mayor se la ha tragado, para entonces, la teóricamente más modesta Moraleja de Enmedio. Getafe se ha comido Perales del Manzanares, Leganés la Polvoranca… como se ve, hay poblaciones que ya entonces tienen vocación de ser importantes.
En total, la provincia de Madrid de Carlos III tenía unas 325.000 hectáreas, bastante menos que ahora. Y es que la reforma de Carlos III no logra lo buscado, que es conseguir la integridad territorial de las provincias. Sin ir más lejos, entre Madrid y Toledo se le queda al buen rey un tamponcillo llamado distrito de Chinchón, perteneciente nada menos que a Segovia.
En 1799, por real orden, se disuelve el partido guadalajareño de Colmenar Viejo, que es otorgado a la provincia de Madrid. En 1801, la provincia queda organizada en dos grandes partidos, que son Madrid y Alcalá de Henares. Madrid gana mucho este año, pues, con la incorporación del corredor del Henares. Además, es en este año de 1801 que dependerán de Madrid, por primera vez en su Historia, San Fernando de Henares, San Lorenzo de El Escorial y una buena parte de El Pardo, hasta entonces considerados Reales Sitios y, por lo tanto, con entidad específica. En la reforma de 1801 le apiolamos 38 ayuntamientos a Guadalajara y 49 a Toledo.
Aunque esta división no dura mucho. En 1810 José Bonaparte, el rey francés 2.0, copia en España la estructura francesa y aprueba una división por prefecturas. El afrancesado de amenazador nombre pero dulce apellido Armando Melón es quien realiza esa nueva división, que marca un antes y un después.
Los franceses de 1810 son revolucionarios. Amigos de las ideas nuevas. Racionalistas. Melón actúa, al diseñar sus cartografías, sobre una división de cosas que se basa en criterios históricos. Hasta 1810, los municipios o grupos de municipios lo son por razones históricas: éstas fueron tierras del conde de Tal; este pueblo ha dependido siempre del mercado mensual de Pascual; cosas así. Melón, como buen enciclopedista, entiende que esas cosas son farfolla. Que la mejor forma de dividir las tierras es seguir las pautas que la propia tierra da.
En otras palabras: en 1810, los terrenos de España dejan de dividirse por razones históricas, para pasar a organizarse según criterios geográficos. Ya otro afrancesado, el cura y erudito riojano José Antonio Llorente, se había basado en los ríos en un primer proyecto para la nueva administración napoleónica. Eso sí, los franchutes mantienen la calificación de dos subprefecturas en Madrid, una en la ciudad y otra en Alcalá, pues más que probablemente era ése el punto de vista más lógico en la época. La reforma bonapartista deja fuera de Madrid localidades como San Martín de Valdeiglesias , Cenicientos, Aranjuez o Cadalso de los Vidrios.
Con todo, será con la reforma de 1830, hasta hoy definitiva, con la que Madrid, al albur de ser la capital y de lograr la cohesión provincial buscada en el proyecto, gane más. Queda la provincia formada por 225 ayuntamientos y casi 8.000 kilómetros cuadrados, de los que gana, respecto al censo de finales del XVI, casi 6.000, siendo Guadalajara y Toledo los principales contribuyentes netos. A Guadalajara le gana, por ejemplo, todo el arco de la sierra norte, incluyendo poblaciones como Torrelaguna, Buitrago, el muy sabroso Patones o La Puebla de la Sierra, que cito aquí porque me gusta muchísimo más el nombre que tenía entonces: La Puebla Nueva de la Mujer Muerta; o las áreas de Collado-Villalba, Cercedilla y Colmenar Viejo; además de Galapagar, Guadarrama o Miraflores de la Sierra. Como puede verse, pues, la Sierra de Madrid, tal y como hoy la conocemos, era, en realidad, la Sierra de Guadalajara, hasta hace hoy algo menos de 200 años.
A Segovia le quitamos el valle del Lozoya, Rascafría, Chapinería, Chinchón, Navalagamella, Navalcarnero, Robledo de Chavela, San Martín de la Vega, Villaconejos, Villanueva de la Cañada… A Toledo Cenicientos, Aranjuez, Estremera, Fuentidueña, Humanes, Móstoles, Nuevo Baztán, Paracuellos, Perales de Tajuña, Pinto, Pozuelo, Talamanca, Torrejón, Villaviciosa… Eso sí: a Guadalajara le cedimos el área de Zorita, y a Toledo Maqueda, Seseña o Valmojado. No se pudo evitar acabar con todas las interpolaciones, pues, por ejemplo, el término de Majadahonda quedó dividido en dos, una parte en Madrid y otra en Segovia.
La reforma de 1830 fue una reforma económica. Buscó que todas las provincias de España tuviesen en su interior recursos suficientes como para conseguir su desarrollo económico. Madrid, hasta entonces, era económicamente poco relevante, aunque su condición de broche entre las dos Castillas le había labrado la capitalidad. El intento fue, por lo tanto, permitirle a la provincia vivir por sí misma; poder ser, algún día, entidad propia.
Madrid creció, con las décadas y los siglos, siendo tierra de nadie. Políticos, escritores y simples viandantes han destacado, en estos últimos doscientos años, que ser de Madrid era en realidad ser de cualquier otro sitio, concibiendo la ciudad (en este caso la ciudad, no la provincia) como un ente abierto a todo y a todos. En el siglo XX, en todo caso, Madrid se beneficia de dos grandes tendencias centralistas, ambas llevadas a cabo por dictadores. El general Primo de Rivera, inventor del circuito de firmes especiales como se llamaba entonces a la red de carreteras, concibió ésta con la forma radial que hoy tiene, en la que todo acaba por confluir en Madrid. Por su parte, el general Franco, cuando ganó la guerra civil, tenía claro cuáles eran sus tres grandes enemigos: los partidos políticos en general, el comunismo en particular, y los nacionalismos periféricos. Por ello, con la única, curiosa y explicable excepción de Navarra, hizo que el franquismo abominase de lo periférico y se convirtiese en un régimen rabiosamente centralista.
Cuarenta años así tiñeron al sentir madrileño (pues, a mi modo de ver, aún no se puede hablar de madrileñismo, cuando menos en el sentido político) de cierto complejo de culpabilidad.
Este complejo de culpabilidad explica que, al llegar la Transición democrática, la sociedad madrileña no se sintiese especialmente feliz con la idea de formar parte de ninguna autonomía. Parecía obvio que Madrid no podía unirse a ninguna de las dos autonomías a las que naturalmente podía pertenecer, es decir Castilla León o Castilla La Mancha (especialmente esta segunda, por ser Madrid provincia situada, como se decía en tiempos de Felipe II, aquende los puertos), entre otras cosas porque éstas habrían recelado de ello, ante el peligro de ser fagocitadas por la fuerte personalidad de la capital. Madrid, pues, había de ser comunidad uniprovincial, como oportunamente demandan los ayuntamientos provinciales el 25 de febrero de 1983, iniciando un rapidísimo proceso por el cual en junio ya están constituidas las instituciones madrileñas.
Madrid tiene una bandera que apenas se ve, salvo en el culo de los coches, un himno cuya música no son capaces de tararear ni mil madrileños, y que tiene una letra que es una estupidez, por mucho que se deba a la pluma sagrada, dicen, de Agustín García Calvo. Así pues, da la sensación de que Madrid es autónomo por la mera circunstancia del pacto alcanzado entre la UCD y el PSOE en el verano de 1981, al calor del buen rollito consensual creado por el golpe de Estado del 23-F, por el cual se acuerda entre las dos grandes fuerzas políticas la redacción de una monstruosa cláusula Camps que afecta a todo el Estado: lejos del sistema que habían inventado los nacionalistas, en el cual autonomías propiamente dichas sólo serían las históricas, ahora se acuerda que todas las autonomías, incluso las que no tienen casi demanda social, serán, con el tiempo, autonomías plenas, con su educación, su sanidad, y hasta su policía si les peta.
Es Madrid, pues, una autonomía al tran tran, como en el mus. Una autonomía eternamente puesta en solfa, sobre todo por el gran poder que compite con ella: el Ayuntamiento de Madrid. Todos los alcaldes de Madrid, de una forma o de otra, han pensado que, en realidad, la Comunidad de Madrid debería ser la antigua diputación provincial, esto es una institución con competencias únicamente más allá de la raya del oso y el madroño. Cada vez que la CAM mete las zarpas en algo que afecta a la villa, a su alcaldía se le rebotan las almorranas. Esto, como bien demuestra el ticket Aguirre/Gallardón, no tiene nada que ver con las ideologías políticas; de todas formas, Joaquín Leguina podría contar, supongo, que más o menos lo mismo le ocurría a él con don Enrique Tierno, el de los bandos.
Pero Madrid es una economía muy rica. Lo entendió a la primera Leguina, quien pensó que los madrileños bien podían soportar una pequeña sobrepresión fiscal que él quería utilizar, si no recuerdo mal, para hacer del viejo asentamiento de Polvoranca una especie de Silicon Valley castizo. Que la cosa no le saliese porque hubiese una rebelión ciudadana no desmiente el hecho central de que en Madrid, haber, haber, hay mucha pasta.
Curioso destino éste, pues. Hay en España autonomías cuyos ciudadanos se sienten muy autónomos pero que andan siempre sur la paille. Y la CAM, que es tan consciente de carecer de identidad excluyente que se define como La Suma de Todos, nada en pasta.
La pregunta es si esto está cambiando.
Desde la sociología e incluso la Historia podría sostenerse que Madrid está sometida desde hace unos treinta años a un lento pero constante proceso de mutación. En los años ochenta, la eclosión de eso que se dio en llamar la movida, y que fue un movimiento entre cultural e identitario, comienza a armar las cosas. Por lo demás, es en esos años cuando en el seno del PSOE la nomenklatura gobernante, deseosa de olvidar que una vez hubo una dictadura en España y que ellos no hacían gran cosa para derribarla, comienza a desplazar a quienes sí tenían un nutrido currículo opositor. El PSOE debela electoralmente al Partido Socialista Popular, fagocita a su líder Enrique Tierno y, para que se estrelle, lo encauza como candidato a la alcaldía de Madrid, que se tiene por feudo difícil de atacar por el flanco izquierdo. En las elecciones, sin embargo, socialistas y comunistas consiguen ganar la gobernación de la ciudad y Tierno es alcalde.
Ciertamente, Tierno le hizo muchas putadas a Madrid, la mayor de ellas, a mi modo de ver, ser uno de los impulsores del primer boom inmobiliario de la capital que comenzó a hacer impagable el sueño de tener una vivienda aquí. Pero con su estilo culto y a la vez socarrón y política de guiños a la galería, de la cual quizá el mayor exponente sea su famoso «todos a colocarse, y al loro», logró encandilar a los madrileños, hasta el punto de que su muerte provocó en Madrid la mayor manifestación de duelo colectivo desde la muerte de Franco.
A lo largo de los ochenta y los noventa, y al calor de esta evolución social de Madrid como lugar de aluvión pero con su personalidad, surgieron diversas voces que hablaban y se quejaban del maltrato histórico hacia Madrid o, si se prefiere, el mal negocio de ser la capital. En mi opinión, si ser capital es mal negocio yo soy Raphael vestido de lagarterana, y es quizá por esa incongruencia de base que dichos movimientos llegan a poco; los propios rebeldes que consiguieron que Leguina diese marcha atrás con su 4% intentaron luego crear un partido madrileñista, con escaso éxito.
Esperanza Aguirre cambia esto. A mi modo de ver, alguien hay en su equipo que se ha estudiado muy bien el discurso del nacionalismo y le ha recomendado clonarlo. La estrategia es, en el fondo, sencilla. El nacionalismo vive siempre, o casi siempre, de definir un enemigo opresor. España oprime a Cataluña o al País Vasco. Roma se gasta la pasta que gana Lombardía. Praga pone su bota sobre el cuello de los Sudetes. Europa impide que Alemania tenga su espacio vital. La Europa continental siempre está intentando engañar a las Islas Británicas.
Tras la rocambolesca pérdida de la gobernación de la Comunidad de Madrid por parte del PSOE, este partido inicia una estrategia notablemente equivocada con la CAM. Dice Vito Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. Los estrategas socialistas no han visto The Godfather, porque hacen exactamente lo contrario. Tratan de rendir a la Comunidad de Madrid por hambre presupuestaria. Lo cual es todo lo que necesitaban en la Puerta del Sol para sacar a pasear su estrategia clonada.
El gobierno olvida Madrid. El gobierno no invierte en Madrid. Al gobierno no le interesa Madrid. Son éstos mensajes que hemos escuchado los residentes en Madrid machaconamente en los últimos años y, a juzgar por las encuestas, han cebado. He aquí el hecho histórico: el discurso nacionalista ha funcionado en una de las regiones menos nacionalistas de Europa. Tras los diferentes exabruptos nacidos al albur de la discusión sobre el nuevo Estatuto de Cataluña, el discurso social español avanza hacia un esquema inverso: un esquema en el que son los catalanes los que se llevan un dinero discutiblemente suyo, mientras los madrileños han de aportar lo que sin duda lo es. Cualquier persona que conserve textos y folletos de la época en la que la policía le daba de hostias a Jordi Pujol por cantar según qué cosas en público sabrá que ese discurso, hace medio siglo, circulaba en la dirección exactamente contraria.
Lo que para muchos será una mera anécdota, para mí tiene su importancia. Me refiero a la historia del político del PP que se permite criticar a Trinidad Jiménez por tener acento de Málaga. Como digo, muchos pensarán que es una fruslería o una idiotez. Y quizá lo sea. Pero, para mí, es un síntoma. Hace quince años, además de ser una idiotez, a nadie se le habría ocurrido cometerla. Pero hoy resulta que para un político existen expectativas claras de poder erosionar la imagen de una candidata (bueno, ex candidata) a presidir Madrid a base de decir que ni siquiera sabe hablar como hablamos aquí. En Cataluña, por cierto, no son pocos los catalanes que se ponen como el puma de Baracoa con el catalán de baja calidad que al parecer habla su president. Ojo.
Así interpreto yo los resultados del día 3. Hasta antes de ayer, puesto que no existía Madrid, puesto que Madrid era una entelequia, en su Federación Socialista se podía entrar desde Moncloa como Montgomery en Bruselas, poner a todo dios firmes, y decidir que a las elecciones se presentase Paco Porras o quien le saliese al jefe de los melendrillos. Pero, esta vez, la FSM le ha contestado al jefe: eso hazlo en Barcelona, si tienes huevos. Tomás Gómez ha trabajado su imagen como candidato de la militancia, que quiere decir de la militancia madrileña. A Madrid, han dicho los militantes el domingo, ni Dios le dicta la redacción del día.
Si son escaramuzas que empiezan y terminan en sí mismas o es signo de algo más permanente, más estructural; si son signos, en suma, del nacimiento de la identidad política madrileña, el tiempo lo dirá.
lunes, octubre 04, 2010
Matar a Hitler (6: La hora de la verdad)
Eran las 12.42 del 20 de julio de 1944. Stauffenberg, Haeften y Fellgiebel escucharon la deflagración y no tuvieron duda alguna de que habían matado a Hitler. Fellgiebel se separó para comunicar con Berlín, mientras que la prioridad para los otros dos era superar, cuando antes, los dos puntos de control de la SS que aún les quedaban para huir de la guarida del lobo.
El segundo perímetro de seguridad anotó la llegada de Stauffenberg a las 12,44. El conde se bajó del coche, exigió hablar por teléfono con el oficial de guardia y, una vez que lo consiguió, le conminó a dejarle pasar. Funcionó. En el tercer punto de control intentó lo mismo. Pero para entonces ya habían llegado a los puestos de control las órdenes de que nadie saliese de Rastenburg sin una autorización especial. No obstante, Stauffenberg telefoneó de nuevo, y consiguió que el oficial de guardia le transmitiese al sargento del puesto la orden de dejarle pasar. El coche partió a toda leche hacia el aeropuerto. Dentro de él, sus ocupantes iban desmantelando en piezas la segunda bomba, y tirándolas al bosque. A las 13,15 horas, apenas 33 minutos después de haber estallado la bomba, despegaron hacia Berlín.
Fellgiebel, mientras tanto, se dirigía a la escena de la explosión. Todo el mundo allí estaba convencido de que un avión ruso había pasado y tirado una bomba, con tanta precisión que le había dado al estado mayor alemán en todo su centro. Eso, lógicamente, convenía a la conspiración. Sin embargo, creyó quedarse sin aliento cuando vio salir de entre los escombros, trastabillando, la inconfundible figura un tanto retaca y el rostro no menos inconfundible tocado con un pequeño bigote. Adolf Hitler, ante sus ojos, salía del lugar del suceso por su propio pie.
¿Qué había pasado? Varias cosas. En primer lugar, tal y como Stauffenberg había temido, las ventanas abiertas habían operado como erosionadoras para la violencia de la explosión. Además, el tablón de la mesa, enorme y muy pesado, también se había llevado lo suyo. Y, además, estaba el coronel Brandt. Un hombre a quien no recordamos todo lo que deberíamos.
Este humilde coronel Brandt, del que al menos de momento ni siquiera he conseguido averiguar su nombre de pila, cambió muy probablemente la Historia. Él solito. No estaba llamado a ello, pues tan sólo era un oscuro oficial jefe del gabinete del general Heusinger. En su condición de tal, estaba en la reunión de Rastenburg, aunque en un segundo plano. Como persona no singular, iba brujuleando por aquí y por allá, según el sector del enorme mapa sobre la mesa que necesitase mirar. La casualidad quiso que, en su expedición, se colocase detrás de Hitler, muy cerca de él e, intentando acercarse a la mesa, con mucha probabilidad dio un pequeño puntapié a la cartera de Stauffenberg, metiéndola más adentro, totalmente debajo del tablero de la mesa, y debilitando con ello la capacidad dañina de la explosión.
Brandt le había salvado la vida a Hitler. Y lo hizo donando la suya, pues la explosión le mató a él, como mató al general Korten, jefe del staff de la Luftwaffe; al general Schmundt, jefe adjunto de las Fuerzas Armadas; y a un tal señor Berger, estenógrafo. También fueron gravemente heridos el general del Aire Bodenschatz y el coronel Bergmann, adjunto al propio Hitler.
En el momento de la explosión, Hitler estaba comprobando la información del mapa situada en el distrito de Kurland. Por ello, estaba totalmente inclinado sobre la mesa, porque dicho distrito estaba justo en el otro lado de donde se encontraba. Todas las partes vitales de Hitler, por lo tanto, estaban en la vertical del tablero de la mesa, lo que hizo que éste le sirviese de escudo. El Führer no estaba lo que se dice ileso: apenas movía el brazo derecho, la pierna derecha la tenía quemada (era la más cercana a la bomba); se le habían dañado los tímpanos y, finalmente, las nalgas se le habían quedado, según descripción que hizo el mismo, como las de un babuino. Su primera reacción, al parecer, fue encabronarse porque la bomba había destrozado sus pantalones. Eran nuevos.
Rápidamente superado el trauma de sus pantalones, sin embargo, Hitler se aclaró la cabeza y dio la orden de sellar Rastenburg desde aquel mismo momento. Nadie en el exterior, dijo, debería saber del estallido de la bomba. Fellgiebel sintió que la columna vertebral se le derretía. Él sabía que Von Stauffenberg volaba hacia Berlín convencido de haber matado a Hitler, así pues tenía que arreglárselas para hacerles algún tipo de señal a los de Berlín. Sin embargo, para cuando llegó a su mando de señales, se lo encontró ya totalmente controlado por la SS.
Hitler reclamó a Heinrich Himmler, que estaba apenas a 25 kilómetros de Rastenburg, para investigar el suceso. Antes de que llegase, conforme todo el mundo se fue dando cuenta de que aquella bomba no podía haber caído de un avión ruso, ya eran varios los que pensaban en Stauffenberg, su extraña y oportuna decisión de abandonar la sala, además del hecho evidente de que no estaba allí, como responsable de lo ocurrido.
A la una de la tarde, mientras Olbricht y Hoepner hacían una angustiosa sobremesa en la Bendlerstrasse, en todo Berlín sólo había una persona que sabía que en Rastenburg había habido una explosión: Josef Goebbels, ministro de Propaganda.
A eso de las dos de la tarde, Gisevius y Helldorf, angustiados por la falta de información, se arriesgaron a llamar a Arthur Nebe, jefe del departamento de Investigación Criminal, con quien habían convenido que trataría de obtener información por su cuenta. Nebe les contó que lo único que había transmitido Radio Macuto hasta aquel momento es que había habido algún tipo de explosión en la guarida del lobo, y que Himmler había ordenado una investigación.
En París, para aportar aún más misterio a la cosa, Finckh recibió otra llamada misteriosa desde Zossen. La misma voz de la llamada anterior deletreó: Abgelaufen. O sea: lanzado.
Aunque la voz colgó sin más, Finckh llegó a la conclusión de que debía activar el protocolo previsto para el golpe, según el cual debía desplazarse a las afueras de París, al Estado Mayor del frente occidental, e informar al jefe de gabinete de Kluge, general Blumentritt, que no era un conspirador, de que se había producido un golpe de Estado. A eso de las tres de la tarde, en efecto, Finckh le declaró oficialmente a Blumentritt que la Gestapo había dado un golpe de Estado en Berlín, que Hitler estaba muerto y que se había formado un gobierno con los generales Beck, Witzleben y el doctor Goerdeler.
Blumentritt, al parecer, nunca dudó de las palabras de Finckh. Se limitó a comentar que se alegraba de que el gobieno hubiera caído en manos de personas que con seguridad negociarían la paz. Luego se aplicó a llamar al mariscal de campo Kluge, su jefe, para comunicarle las noticias. Pero sólo encontró a otro miembro de su gabinete, Speidel, quien le informó de que Kluge estaba fuera. No volvería hasta la tarde-noche. Speidel comenzó a preguntar el porqué de tanta urgencia. Blumentritt tenía miedo de hablar, pues sabía que la Gestapo tenía oídos muy finos. Así pues, musitó en la línea: «Están pasando cosas en Berlín» ; y luego, casi sin fuerza, la palabra «muerto». Speidel no supo qué pensar.
En Berlín, a eso de las tres y media de la tarde, el general Fritz Thiele, oficial de comunicaciones de Olbricht, consigue encontrar una extensión en Rastenburg en la que le atienden a pesar del apagón informativo decretado por Hitler. En una conversación casi en clave, obtiene el dato de que ha habido una explosión contra Hitler, pero en modo alguno la confirmación de que esté muerto o de que no lo esté. El problema para Olbricht estriba en que Stauffenberg, por mucho que haya podido correr, no va a llegar a Berlín hasta las cinco de la tarde, más o menos. Por lo tanto, el militar se tiene que enfrentar al hecho de que ha de poner en marcha Valquiria sin tener total certeza de que puede hacerlo.
A las cuatro menos cuarto, Olbricht decide lanzar las señales convenidas enValquiria, y hacerlo, además, sin el concurso de su superior Fromm, que está a apenas unos pasillos de distancia. Los mandos del ejército de reserva las lanzan a las cuatro menos diez, y a la hora en punto la mayoría de sus destinatarios en Berlín ya las conocen. A otros lugares, aún tardarán en llegar.
A las cuatro de la tarde, una hora antes de lo esperado, el avión de Stauffenberg toca tierra en Rangsdorff. Es en dicho aeropuerto donde se entera que apenas las señales de Valquiria están empezando a lanzarse, porque Fellgiebel no ha telefoneado como se esperaba. Cuando llega al ministerio se encuentra a sus compañeros envueltos en dudas. Él, sin embargo, está bien seguro. Ha visto el estallido, así pues no tiene ni la más remota duda de que Hitler ha reventado. De hecho, es tan convincente que, tras hablar con él, Olbricht decide que es momento de ir a hablar con Fromm. Se presenta ante el mando del ejército de reserva, le cuenta la movida y le sugiere que las órdenes del golpe de Estado se extiendan a la totalidad de los mandos del ejército de reserva (cosa que Olbricht ya ha hecho). Fromm, sin embargo, reacciona con cautela. Quiere que Keitel le confirme la muerte de Hitler. Para gran sorpresa de Olbricht, cuando Fromm telefonea a Rastenburg, le ponen con Keitel casi inmediatamente. El interlocutor de Fromm en Rastenburg le cuenta la verdad (esto es, que ha habido un atentado contra Hitler, pero que el Führer está casi ileso), y le pregunta dónde coño está su oficial Stauffenberg.
Olbricht, probablemente porque ya no tiene otro remedio, asume, cuando Fromm le dice que no pasa nada, que Keitel ha mentido, y que Hitler está muerto.
En muy pocos minutos, en el despacho de Olbricht se junta el gotha de la conspiración contra Hitler. Beck, incapaz de esperar en su casa, ha ido a verle. Allí están, además, Stauffenberg y Hoepner. Y, al calor de esta llegada, los oficiales jóvenes más furibundamente antihitlerianos aparecen para escuchar noticias: Ewald von Kleist, Hans Fritzsche, Von Hammerstein, Von Oppen. Aunque Erwin von Witzleben, que tenía que asumir el mando de las tropas, no apareció hasta las seis y media, aproximadamente dos horas después. Stauffenberg llama a Stuepnagel a París. Le da personalmente la noticia de la muerte de Hitler, y le conmina a proceder a la detención de los oficiales de la SS y de la Gestapo. Sin embargo el general Beck, viejo zorro, duda. No le encajan las palabras de Keitel, quizá porque le conoce y le cuesta creer que haya mentido.
El golpe, en todo caso, necesita avanzar. Ya son las cinco de la tarde y, puesto que las órdenes de Valquiria han salido, los conspiradores suponen que las tropas están marchando hacia Berlín, pues no otra cosa se les ordena en los mensajes de Valquiria. Sin embargo, habían previsto haber tomado los ministerios y las emisoras para las cuatro y, de hecho, para entonces ya se tenía que haber producido un mensaje radiado de Beck. Por eso, Stauffenberg, Olbricht, Haeften y Kleist se dirigen al despacho de Fromm, a exigirle algún paso más.
A esa misma hora, las cinco de la tarde, Himmler tiene ya una idea bastante precisa de lo que ha pasado. Ya tiene claro que el atentado es cosa de Stauffenberg, aunque a esa hora de la tarde todavía piensa que el militar mutilado ha actuado solo. En todo caso, telefonea a Berlín ordenando la detención de Stauffenberg, esté donde esté.
Al final de la tarde, cuando las órdenes de Valquiria se conocen en Rastenburg, el panorama cambia. Es entonces cuando los jerarcas nazis se dan cuenta de que están ante un golpe de Estado y, para desgracia de Fromm, creen que el responsable del ejército de reserva está implicado; él, que ha sido tan cauteloso. Hitler nombra a Himmler comandante en jefe del ejército de reserva. Con ello, el pequeño Heinrich da el último paso que siempre ambicionó: tener un mando militar.
Pero dejemos a Hitler y los suyos durante la muy británica ceremonia del té de las cinco, con un invitado de honor llamado Mussolini. Es una pena que les abandonemos, porque fue una merienda la hostia de entretenida, porque todos los jerarcas nazis que se habían apresurado a presentarse en Rastenburg para aseverar su fe inquebrantable en el Führer, es decir Ribentropp, Göring, Donitz, etc., se embarcaron en una serie de discusiones cruzadas, acusándose todos a todos de ser los responsables de lo que había pasado; fue una discusión tan parecida a las de los programas del corazón de la tele española que Hitler tuvo que cortarla pegando un berrido. Así pues, como digo, es una lástima dejarlos. Pero tenemos otras cosas que hacer.
Es mejor que comencemos otra escena. La escena en la que un asombrado Fromm, blanco como la cera y, por qué no decirlo, cagado de mierdo, se está levantando de su sillón de burócrata militar y pensando: tierra, trágame.