miércoles, noviembre 07, 2007

La encuesta (2). Manuel Azaña, premio al Más Conocido

En esta segunda toma de la encuesta me voy a ocupar, tal y como reclamaba Tiburcio, del problema del conocimiento. Como espero convenceros, la cosa tiene su intríngulis.

Recordaréis que la encuesta se realizó en torno a 30 políticos de la República. Pues bien, prácticamente la mitad de ellas (14) registran niveles de conocimiento inferiores al 50%. Los datos parecen demostrar que, en realidad, nuestros conocimientos del pasado, del pasado de nuestros abuelos, se circunscriben, en la mayoría de los casos, a juicios generales sobre la situación (esto me gusta, esto no me gusta) y el conocimiento de bastantes pocas personas de las que protagonizaron esos procesos.

He clasificado a los 30 de la fama en cuatro categorías: izquierda (PSOE, comunistas y anarquistas); centro-izquierda (partidos burgueses, incluido el radical); derecha (Renovación Española, CEDA, Falange, Bloque Nacional, agrarios, el partido de Maura y Chapaprieta, que era independiente pero de derechas); y nacionalistas (ERC y PNV). Para esta clasificación he tenido que tomar alguna decisión un poco polémica, como clasificar a Niceto Alcalá-Zamora dentro del grupo de centro-izquierda vista la hostilidad que mostró hacia no pocos miembros de la derecha. Y los resultados son curiosos.

El promedio de conocimiento de los personajes de la izquierda es el más alto: el 62,7%; le siguen los nacionalistas con un 59,6%, luego la derecha con un 51,6% y, finalmente, los políticos de centro-izquierda con un 48,5%. O sea, entre el grupo menos conocido y el más conocido hay nada menos que 14 puntacos, que ya le vale.

¿Qué conclusión saco de esto? Hombre, conclusión ninguna; esto es un juego de amiguetes. Lo que sí puedo decir es que estos resultados coinciden bastante con cosas que yo me barrunto que ocurren hoy en día con la República, a saber:

* Gentes que viven pensando que la II República española empieza en Azaña y
termina en los anarcosindicalistas; o sea, que no hubo más política en aquellos
años que la que va, en términos de hoy en día, entre una especie de PSOE liberal
no de clase y los grupos de izquierda radical. A la mayoría de las personas, al
ponerle nombres y apellidos a la República, sólo le sale los de las
izquierdas, hasta el punto de que no es inhabitual encontrar personas que,
preguntadas sobre el partido en que militaba Manuel Azaña, contestan muy ufanas
que en el PSOE.

* Como consecuencia de lo anterior, se produce un segundo efecto, por el cual las derechas son juzgadas sin que sus nombres se conozcan. Para mucha gente, las derechas en la República se identifican con Franco; pero cuando las derechas gobernaron, cosa que hicieron durante el 41% de la duración de la República, a lo más que llegó Franco fue a jefe de Estado Mayor del Ministerio de Defensa; anda que no tuvo gente por encima y, además, entre otras cosas, jamás pisó las Cortes republicanas (estuvo a punto de presentarse a diputado por Cuenca, pero finalmente se echó atrás).

Además, el conocimiento no se corresponde, o no se corresponde estrictamente, con la importancia del personaje en aquellos tiempos. Veamos.

Azaña es el político con mejor tasa y, por lo tanto, ganador del Premio al Más Conocido: 92,3% de conocimiento, especialmente entre las personas de treinta y tantos y las de más de 60 o así, y más entre los seres de género destrógiro (machos) que levógiro (hembras) . Nada hay que objetar a esto. Fue el gran arquitecto de la República, fue presidente del Gobierno, Presidente, ideólogo y muchas cosas más.

Pero es que detrás va Dolores Ibárruri (90,38%). Evidentemente, a Pasionaria le ayuda el hecho de haber vivido muchos años y haber regresado a España en la Transición y todo eso. Pero que sea el segundo personaje más conocido de la República es, a mi humilde entender, colocarla en un pedestal que no merece; y no me refiero a la calidad de sus actuaciones, sino a la importancia intrínseca que tuvo su persona en aquellos tiempos.

En consecuencia con lo antedicho, el tercer personaje más conocido de la República es Santiago Carrillo (86,5%), que tuvo un papel importantísimo en la España de la Transición, pero en los años republicanos era más bien poco importante, entre otras cosas porque era demasiado joven para tocar poder partidario.

A causa de esta invasión de los primeros puestos por parte de estos personajes del pasado que vivieron nuestro presente tenemos que esperar hasta el cuarto puesto para encontrar a otro arquitecto de la República, Francisco Largo Caballero (84,6%); curiosamente más conocido por las personas más jóvenes que por las de más edad, lo cual también me confirma en la idea que tengo de que Largo es un personaje en parte rescatado (y bien rescatado, dada su importancia) por los historiadores.

En el quinto puesto, ex aequo, encontramos a un batiburrillo de políticos, todos ellos conocidos por el 80,7% de los encuestados: Lluis Companys, Indalecio Prieto y José Antonio Primo de Rivera. Por deshacer el empate, el único que consigue un nivel de conocimiento del 100% en algún tramo de edad (descontado el tramo yogurín, donde sólo ha habido un voto y por eso no lo cuento) es Companys.

Y ya tenemos aquí otro desajuste: el político de derechas de la República más conocido es José Antonio Primo de Rivera. Si sostuviésemos esto, un suponer, ante un votante de derechas (o de izquierdas) en 1934, nuestro interlocutor, simple y llanamente, se descojonaría de la risa. Una vez más, se revela que los grandes personajes de la derecha son básicamente desconocidos.

Alejandro Lerroux, Niceto Alcalá-Zamora y José María Gil Robles arrojan un conocimiento del 76,9%. La nómina de los conocidos por más del 50% de los encuestados se completa con: Julián Besteiro y José Calvo Sotelo (75%); Juan Negrín (71,1%); Federica Montseny (65,4%) y Miguel Maura (55,8%).

No son conocidos ni por la mitad de los encuestados un montón de personajes que fueron nada menos que primeros ministros: Santiago Casares Quiroga (42,3%), Diego Martínez Barrio (36,5%), Portela Valladares (34,6%) y Joaquín Chapaprieta (26,9%). También podríamos contar a Giral (36,5%).

El resto de las notas que me quedan por dar son:

Andreu Nin: 42,3%.

José María Aguirre: 38,5%

Ángel Pestaña: 34,6%

José Díaz (¡el jefe de Ibárruri!); 32,7%.

Juan García Oliver: 26,9%.

Goicoechea: 26,9%.

Marcelino Domingo: 21,1%.

Félix Gordón Ordax: 19,2%

Martínez de Velasco: 19,2%.


Si consideramos los resultados por sexos, ocurre algo que es consecuencia de que han votado muchos más buitres que palomis. Los resultados en los hombres calcan bastante los resultados totales, como digo lógico teniendo en cuenta que ellos somos (sic) la mayoría de los votantes.

O sea: entre los chicos, Azaña gana como el más conocido, seguido de Pasionaria, Carrillo, Largo, Companys, Prieto y Primo de Rivera, igual que en los resultados generales. Pero entre las chicas no hay un ganador, sino… ¡once! Esos mismos siete políticos que acabo de citar, además de Alcalá-Zamora, Calvo Sotelo, Julián Besteiro y Federica Montseny, arrojan la misma calificación: 87,5%.

Todo parece indicar que el conocimiento entre las féminas es más homogéneo. Los hombres somos más anárquicos.

En fin, esta última afirmación no es muy feliz, teniendo en cuenta lo mucho que conocen y valoran las mujeres a Federica Montseny. Pero todo parece indicar que la conocen más por mujer que por anarquista. ¿Por qué digo esto? Pues porque el otro compañero anarquista de viaje de Montseny en esta encuesta, Ángel Pestaña, obtiene un putomiérdico ratio de conocimiento del 25% entre las mujeres. No parece, pues, que sea la acracia lo que atrae a las mujeres, sino más bien la condición femenina de la señora ministra.

En resumidas cuentas: a despecho de memorias históricas, histéricas y de otro tipo, todo parece indicar que vivimos bastante de espaldas, quizá no hacia lo que pasó, pero sí, desde luego, hacia quienes lo protagonizaron.

lunes, noviembre 05, 2007

El chungo asunto del Vita

Bueno, dado que la encuesta ya ha sido cerrada y está en trance de publicación, se levanta la censura sobre los artículos relacionados con la época. Esto me permite sacar a pasear éste mientras busco tiempo para seguir con los resultados de la encuesta.

Que lo disfrutéis.



Con los hechos históricos de por medio, la mistificación es algo que, más que ser habitual, es normal. El nacionalista mistifica negativamente los hechos en los que quiere ver agresión a su nación, y el antinacionalista realiza una mistificación inversa. El monárquico mistifica cualquier acción de la corona y el republicano mistifica la gestión republicana. Quizá por esto yo tengo por norma, cada vez que discuto, en persona o en internet, sobre algún aspecto histórico, abandonar la discusión cuando me encuentro con argumentos del tipo «como todo el mundo sabe», «es algo obvio», etc. En Historia hay muy pocas cosas obvias y si alguien las ve así, entonces debería pensar que está mistificando en exceso.

Uno de los mitos o mistificaciones que existen sobre nuestra Historia reciente, que yo quiero traer hoy aquí, es el relativo a la República en el exilio, es decir, al devenir de los grupos políticos que apoyaron el bando republicano en la guerra civil a partir del momento en que dicha guerra terminó hasta más o menos la instauración de la democracia. Puesto que existe una primera mistificación, merced a la cual se señala que todos los grupos políticos republicanos eran democráticos, la idea por fuerza ha de permanecer en el tiempo, así pues la mistificación quiere ver en los años del exilio una existencia muelle y sobre todo consensual que estuvo lejos de ser así. De hecho, las fuerzas republicanas comenzaron a tirarse los trastos a la cabeza casi desde el primer minuto tras el famoso parte de Franco en el que decía que cautivo y desarmado el ejército rojo bla, bla, bla.

En puridad, las leches comenzaron antes. No otra cosa es el golpe de Estado del coronel Casado, es decir la rebelión de un militar para tomar el poder de la República con el solo objetivo de rendirla ante Franco, ya triunfante (Franco ya había ganado la guerra, como poco, cinco o seis meses antes). A Casado lo apoyó el líder del PSOE Julián Besteiro a título personal y el cenetista Cipriano Mera con sus fusiles y sus columnas. Como quiera que los comunistas reaccionaron contra el golpe, por las calles de Madrid, y sobre todo en los aledaños de lo que hoy son los Nuevos Ministerios, se produjo una guerra dentro de la guerra, en la que comunistas por un lado, y anarquistas y restos del ejército de la República por otro, se tiraron a matar. Y siguieron haciéndolo durante décadas. Las librerías de viejo están repletas de memorias, casi todas publicadas en los años setenta, de viejos combatientes de izquierdas. La tesis de los comunistas es: si los anarquistas no hubiesen jodido la marrana, la guerra se habría ganado. La tesis de los anarquistas es exactamente la misma. Lo único que hay que hacer es cambiar comunistas y anarquistas de sitio.

Con todo, y es de esto de lo que va este post, la más agria polémica se produjo en los primeros años tras terminar la guerra, y se produjo en el seno del PSOE. Debemos recordar que el Partido Socialista ha protagonizado, durante los años de la guerra, la coordinación de la misma. Una vez que, finalizando el verano del 36, se hizo patente que los partidos de izquierda burguesa no eran capaces de movilizar a las masas republicanas, Largo Caballero accedió a la presidencia del Gobierno. Largo hizo más o menos lo que pudo, lo cual incluye un par de capulladas y muchos errores de cálculo, tal como echar de su despacho al embajador soviético. Enemistado con los comunistas, éstos lo hicieron saltar del gobierno para poner a otro miembro del partido, Juan Negrín, más proclive a entenderse con ellos. Hoy es el día que, en toda la parafernalia de la llamada memoria histórica, en esta España actual el PSOE habla de todo, pero jamás pronuncia el nombre de Juan Negrín. De hecho, jamás he escuchado a un solo político socialista declararse heredero de Negrín.

En el gobierno Largo primero y en el que le siguió de Negrín después brilló, como gran organizador bélico, un tercer miembro del PSOE, Indalecio Prieto. Prieto era un político de corte socialdemócrata que gustaba de significarse como no marxista aunque, en realidad, la característica que mejor se le aplicaba era la de maniobrero; era capaz de ser casi cualquier cosa si lo creía conveniente para su futuro político. Pero era un gran organizador, razón por la cual se le considera, yo creo que con bastante razón, uno de los mejores ministros de Obras Públicas que ha tenido España. En la guerra se encargó de la organización bélica y por ello, porque era Prieto quien leía los partes de verdad y conocía con exactitud la situación del ejército y las milicias republicanas, en 1937 fue cayendo en un estado de depresión nada conveniente para la persona que se supone que tiene que ganar una guerra, motivo por el cual fue apartado del gobierno y, en los últimos meses de la República, lo tenían de florón viajando por el mundo a hacerse bolos.

Negrín y Prieto. Prieto y Negrín. Dos correligionarios, como lo puedan ser hoy, un suponer, Zapatero y Pepiño Blanco, que acabaron a hostias. Discutiendo por la cosa más desagradable que se puede discutir entre hermanos: por dinero.

El Gobierno de la República declaró, durante la guerra, la obligatoriedad de que los ciudadanos entregasen los metales preciosos y las joyas que tuviesen al Banco de España. Además, decretó delito la posesión de más de 400 pesetas en moneda de peseta y procedió a incautaciones al amparo de estas leyes. A lo que hay que unir que partidos políticos y sindicatos, en algunas zonas de España, camparon por sus respetos, ocuparon edificios y se quedaron con un montón de cosas que encontraron en las casas de los que consideraban sus enemigos.

A día de hoy, año 2007, nadie sabe, y yo creo que no se sabrá nunca, a cuánto ascendieron aquellas incautaciones. Es uno de esos misterios de los que poca gente quiere hablar, una de esas memorias que nadie quiere recuperar. Pero lo que sí sabemos es que una parte, no sabemos cuál, de aquellas incautaciones aparece, muy poco antes de terminar la guerra, en las sentinas de un yate. El Vita.

El 23 de marzo de 1939, o sea a cosa de una semana o así del final de la guerra, el Vita atracó en el puerto mexicano de Veracruz. En su interior se acumulaban cerca de doscientos paquetes, bultos y baúles, conteniendo joyas y otros bienes valiosos incautados a particulares. Toda esa pasta había salido de España por orden del presidente del Gobierno, Juan Negrín, el cual, cotizando el final de la guerra, quería tener dinero en el extranjero para atender a los exiliados. Sin embargo, el hecho de que Francia reconociese a Franco y adoptase una actitud cada vez menos beligerante hacia los rebeldes le hizo temer que tal vez el país vecino cogiese las joyas y se las diese al general. Ésta fue la razón final de que ordenase cargarlas en un barco y enviarlas a México, pues tanto México como su presidente, Lázaro Cárdenas, tenían una posición prorrepublicana a prueba de bombas.

El rector de la Universidad de Valencia, José Puche, fue la persona encargada por Negrín para estar en Veracruz el día señalado para la recepción del Vita. Sin embargo, Puche se retrasó, motivo por el cual, al llegar el barco, no había nadie para hacerse cargo de él. Las gentes de la embarcación se pusieron nerviosas. No eran tontas y sabían que, llevando un barco cargado de riquezas, no podían confiar en el secreto; los puertos son sitios muy permeables donde todo, de una forma o de otra, se acaba sabiendo. Así las cosas, se buscó a un republicano de pro que se pudiera hacer cargo del cargamento. Asunto solucionado, porque en México se encontraba don Indalecio Prieto.

De acuerdo con su amigo el presidente mexicano Cárdenas, Prieto se llevó el barco a un puerto menos público, Tampico, y luego desde allí transportó las riquezas a Ciudad de México.

Es bastante claro que Prieto estaba pensando en encargarse de coordinar la ayuda económica a los exiliados. La cosa tiene su lógica: siempre había sido el hombre de las pelas en el PSOE (fue, por ejemplo, el financiero del golpe de Estado del 34); tenía una bien ganada fama de organizador infatigable; y, para colmo, en uno de los que se adivinaban principales destinos de la emigración forzada, México, tenía línea directa nada menos que con el Presidente de la República. Así las cosas, Prieto había solicitado, en las mismas semanas en que sucedía todo lo del Vita, ser colocado por el PSOE en México al frente del organismo de ayuda a los refugiados que había creado Negrín.

Pero Negrín dijo no.

Don Juan abrigaba la misma ambición. Quería ser él quien coordinase esa ayuda. Por altruismo o por alguna otra razón, eso no lo sé. Pero lo quería con mucha fuerza y, además, la razón parecía estar con él, porque él era el Presidente del Gobierno. Así lo había dictaminado, en efecto, la Comisión Permanente de las Cortes republicanas, reunida en París, el 31 de marzo de 1939 (unas horas antes del final oficial de la guerra, pues).

¿Cómo le sentó todo aquello a Prieto? Pues lo suficientemente mal como para no obedecer. Para cuando el pobre Puche llegó a México y exigió tomar los bienes del Vita, Prieto los había trasladado a algún lugar secreto.

Estamos en abril de 1939 y Prieto comienza con sus maniobras, técnica ésta en la que, como he dicho, era un consumado maestro. Lo primero que hace el político socialista es enviar a la Diputación Permanente del Congreso un informe sobre su gestión relacionada con el barco y sus bienes y ligando dicha gestión a su amistad con el presidente de México (primer mensaje: hace falta que la pasta la gestione yo). En segundo lugar, juega a las claras una carta que será, a la postre, la que le dará la victoria: la carta de demostrar que es dicha Diputación Permanente el único vestigio real de las instituciones republicanas que queda en pie (segundo mensaje: ya no existe el Gobierno Negrín; el señor Negrín es hoy un diputado mediopensionista más). Así lo dictaminó la Diputación permanente en una reunión el 26 de junio de 1939 (con lo que se puede apreciar lo que le duraban las convicciones a la mencionada Diputación, pues tomó, en dos meses, dos decisiones que se anulaban la una a la otra).



En todo caso, el dictamente de la Permanente suponía, como consecuencia, declarar la inexistencia del gobierno de la República, con lo que Negrín quedaba sin legitimidad para administrar la pasta. Se da la circunstancia de que ambos contendientes, Prieto y Negrín, viajaron a Francia desde México en julio, pocos días después de esa decisión, y lo hicieron en el mismo barco. Durante todo el viaje, Negrín hizo denodados esfuerzos por entrevistarse con Prieto; sin embargo, a pesar de que un barco es un espacio finito donde los encuentros son prácticamente imposibles de evitar, dicha entrevista jamás se celebró. Como poco, hay que reconocerle a Prieto que era un tipo hábil.

La JARE, siglas de la junta de ayuda a los refugiados de la que Prieto fue vicepresidente y principal valedor, nunca elaboró un inventario de los bienes del Vita, que fueron su principal fuente de recursos. Los responsables de administrar todos aquellos bienes nunca sintieron más labor fiscalizadora que la de la Diputación Permanente de las Cortes republicanas, organismo casi fantasmagórico que carecía de los medios mínimos para ejercer dicha labor. Por supuesto, de auditorías externas ni hablamos. Ésta es la razón, lógica en casos de silencio como éste, de que la rumorología se dispare notablemente. Según a quién leamos, sin salir del bando republicano, podemos leer que en el barco viajaban bienes por valor de entre 10 y 200 millones de dólares.

A despecho de mitos y leyendas varios, lo cierto es que la ayuda económica a los refugiados durante los primeros años de la posguerra, los más duros, se consumó en una especie de competencia entre la JARE y el CTARE, es decir el Comité Técnico de Ayuda a los Refugiados Españoles, que administraba los fondos del SERE fundado por Negrín. Ambos servicios fueron, en algún momento, acusados de sectarios, es decir de favorecer con más cariño a los exiliados de su cuerda ideológica (socialistas en el caso de la JARE, negrinistas y comunistas en el caso del CTARE); pero, sean estas discriminaciones o no ciertas, lo que sí lo es, es que actuaron separados. En ambos casos, los fondos dieron no sólo para subvencionar a muchas personas, sino para fundar empresas, comprar ranchos, etc.; iniciativas casi todas que tarde o temprano fueron cayendo en la ruina, en casos por la impericia de quienes decidían los proyectos, que no eran inversores profesionales; y en casos por el propio diseño de los proyectos, pues cuando se compra un rancho y se pretende convertirlo en explotación ganadera a base de meter a trabajar dentro a exiliados que en su vida han visto una vaca a menos de cien metros, lo más normal es que acabe quebrando; pues en esta vida para todo, absolutamente para todo, hay que valer.

A la ineficiencia cabe añadir la acusación de falta de transparencia. El exilio español era muy variado pero, en el fondo, muy fácil de definir: todo aquel al que Franco no dejaba entrar en España sin el correspondiente trinque y encarcelamiento, podía considerarse un exiliado. Sin embargo, es lo cierto que la pasta (o sea, los manejes de la JARE y del CTARE) sólo la controlaron unos pocos de ese exilio, los más organizados. Los demás pudieron ser, y lo fueron en miles de casos, beneficiarios de la cosa. Pero en materia de información, fiscalización y control, hubo más bien poco. Hubo organizaciones como la denominada Asociación de Inmigrados (una asociación mexicana, pues), que jamás pudo, a pesar de sus peticiones, colaborar con la JARE. La JARE, de hecho, tenía una comisión que hacía las veces de control, la llamada Comisión de Socorros; que, sin embargo, acabó por ser disuelta.

En estas condiciones, la Historia de la ayuda a los refugiados españoles, a pesar de tener su base en un importante volumen de acciones de gestión, compras, montaje de empresas, etc., apenas cuenta con contabilidades o balances para escribirse. La transparencia brilla por su ausencia.

En septiembre de 1940, dos organizaciones de exiliados españoles en México, ajenas a la JARE, presentaron un escrito ante el Gobierno mexicano quejándose de la situación de opacidad en que se gestionaban aquellos fondos. Según acabaría reconociendo José Giral, que tenía una posición importante dentro de aquel montaje, la JARE tenía frente a él a los socialistas negrinistas y largocaballeristas (o sea, sólo tenía a favor a los prietistas), a los anarcosindicalistas y a sectores de Izquierda Republicana y Unión Republicana. O sea, apoyarles, apoyarles, lo que se dice apoyarles, les apoyaban Manolo y el de la guitarra. Por ello ese mismo mes, los gestores de los fondos (Prieto, Giral y Andreu) dimitieron ante la Diputación Permanente; aunque esa dimisión fue como la de Felipe González de la secretaría general del PSOE: la hicieron tan sólo para que la Diputación Permanente les pidiera, que les pidió, que se quedasen.

El Gobierno mexicano, presionado por el descontento de los exiliados que no estaban tocando pelo, inició una movida, que le llevó dos años, para hacerse con el control de la JARE. Le costó dos años porque ahí estaba Prieto para maniobrar. Cuando se creó la empresa mixta hispano-mexicana que gestionaría los fondos, se las arregló para tener mayoría en el consejo. Cuando el Gobierno mexicano empezó a recibir más que evidentes notas de protesta del exilio, se las arregló para hacer creer que provenían siempre del pérfido comunismo (mentira y gorda: eran todos los que estaban cabreados).

La suerte de Prieto se acabó cuando un decreto publicado en México que prohibía la circulación de dólares (a causa de un intento de fraude cometido por los alemanes) obligó a la JARE a intentar canjear los que tenía, acción ésta que sirvió para que los mexicanos se enterasen de que tenía una pastizara colocada fuera del país. México se sintió engañado por la JARE pues, después de todos los favores que le había hecho, ésta había respondido deslocalizando beneficios. En este ambiente, el Gobierno mexicano tomó pleno control de la JARE. Sin embargo, la comisión creada por los mexicanos nunca pudo tener la constancia total de que la información que llegó a tener sobre el volumen de los bienes del Vita respondiese a la realidad. Como he dicho ya un poco más arriba, el monto real de las riquezas que transportaba aquel yate es uno de los misterios de la Historia que yo creo que jamás se aclarará, pues todo el mundo que gestionó esos recursos era bien consciente de su procedencia y de la posibilidad de que algún día hubiese reclamaciones, así pues las señales dejadas fueron mínimas.

En suma, el episodio que comienza con el atraque del yate Vita en el puerto de Veracruz es uno de los episodios más desconocidos, y a la vez más desagradables, de esa Historia dentro de la Historia que es la que se ocupa de las vicisitudes del exilio español tras la guerra civil. Y como con casi todo lo que tiene que ver con la guerra, puede ser visto a través de cristales de diferentes colores, con diferentes conclusiones por lo tanto. Quienes son más partidarios del bando republicano tienden a entender que el oscurantismo con el que se desenvolvió la gestión de aquellos fondos era natural, tratándose de una labor humanitaria realizada desde la clandestinidad. Quienes son más partidarios del bando franquista incluyen este episodio en el mismo baúl donde meten el oro de Moscú y otra serie de episodios, demostrativos, según ellos, de la propensión de los republicanos por la rapiña.

Lo cierto es que la pasta del Vita sirvió, mayoritariamente, para dar ayuda y un futuro a personas que se encontraban, en muchos casos, en situaciones muy comprometidas tras su expulsión del país donde vivían. Sin embargo, dicha labor, ciertamente, se realizó con un oscurantismo que tiene poca justificación. La República en el exilio hizo denodados esfuerzos durante décadas por aparecer ante el mundo como un auténtico gobierno en el exilio, un gobierno además democrático; y los gobiernos democráticos no gestionan con la falta de transparencia y el sectarismo con que ellos lo hicieron.

Ahora sólo nos queda esperar que en algún lugar, en algún cajón, duerma el sueño de los justos algún diario, alguna contabilidad, algún inventario ignoto, realizado quizás por alguna de las muchas personas que estuvieron ligadas a esta situación, en el que se detalle cuánto dinero había en el barco y en qué se gastó. Y que tal vez alguien encuentre algún día esos papeles y, además, entienda su importancia.



Son tres condiciones, y se tienen que dar las tres. La verdad es que la cosa está chunga.

miércoles, octubre 31, 2007

La encuesta (I): Notas globales

Lo fue todo, no sólo dentro del Partido Socialista, sino del socialismo en sí. Fue la demostración andante de que el hombre no debe nunca traicionar sus convicciones, y que esta verdad es tan cierta que debe defenderse incluso contra las convicciones propias. A diferencia de tantas y tantas figuras que vemos desfilar por la Historia pensando exactamente la misma cosa desde el primer minuto hasta el final, él cambió de ideas y de planteamientos siempre que sintió la necesidad de hacerlo.

Quizá por eso mandar, mandar, lo que se dice mandar, nunca mandó gran cosa. Su momento de mayor poder fue quizá 1917, cuando rigió con destreza la organización de una huelga general revolucionaria que tenía que acabar con el capitalismo y como acabó fue como el rosario de la aurora. Años después seguía siendo un revolucionario puro, hasta el punto de que mientras otros correligionarios suspiraban por un sitial en el gobierno de la República, él porfiaba por negar esa posibilidad porque, decía, un revolucionario proletario no colabora con un burgués.

Amante de las purezas revolucionarias, no le dolían prendas ni de soltar una flor tras otra hacia regímenes políticos tan poco amigos de la revolución como el británico, y de desplegar una ecuanimidad y equilibrio en sus juicios como presidente de las Cortes que hoy es el día que la palabra «sectario» está aún por estrenar cuando es a él a quien se juzga.

Fue su error tal vez alimentar el crecimiento y la radicalización de su partido hasta que aquello se le fue de las manos. A finales de 1933, en el seno de su querida UGT, en la que él se suponía que mandaba, los teóricos de la dictadura del proletariado se hicieron oír y, como quiera que se les enfrentó, fue descabalgado y condenado a un ostracismo partidario en el que resultó cegado por otras estrellas rutilantes. Cuando el golpe de Estado revolucionario del 34 fracasó, ni siquiera fue a la cárcel a visitar a sus compañeros presos; cada vez eran menos compañeros.

Su historia termina en 1939 cuando, abrumado por una guerra perdida y el espectáculo de las muertes masivas que nunca puede agradar a un catedrático de Ética, no le tembló la mano a la hora de apoyar un golpe de Estado para acabar con todo aquello, aunque acabar con todo aquello equivaliese a entregar el país a manos de Franco. El general, siempre tan dado a la generosidad, lo dejó luego morir en prisión, como un perro olvidado por sus antiguos dueños, viendo pasar, supersónicos, los autos de la Historia mientras se muere en el arcén de la autopista, poco a poco, probablemente preguntándose compulsivamente, una vez y otra, en qué fallé, en qué pude fallar yo.

Julián Besteiro Fernández, con una nota media de 6,26, es el ganador de nuestra encuesta Ponle nota a los políticos de la República.

La victoria de Besteiro es, desde algunos puntos de vista, por goleada. No sólo es el político mejor valorado de la República; es que, además, ello es así porque le aprueban incluso quienes le odian. Además de ganar nuestro premio absoluto, también ha ganado (entre otros, pues ya volveremos a citarlo) el premio El más valorado por quienes no le valoran. La cosa es tal que así: tomando todas las calificaciones recibidas para cada político he estudiado la nota media que corresponde al percentil 25. Esto quiere decir la nota que deja por debajo sólo a la cuarta parte de las valoraciones, y por encima a las otras tres cuartas partes.

La nota registrada por el percentil 25 puede, por lo tanto, identificarse como la nota media que recibe cada político por parte de quienes le odian, de quienes no le valoran, de quienes le han dado notas bajas. Pues bien: Besteiro vuelve a sacar la nota más alta en el percentil 25, y lo realmente impresionante es que dicha nota está por encima de 5: 5,50, un punto y medio por encima del grupo de políticos que se sitúan detrás de él con un 4 (Miguel Maura, Indalecio Prieto, Manuel Azaña y Federica Montseny). Dicho de otra manera: aprueba incluso entre aquellos que deberían suspenderlo.

Esto me hace pensar que, tal vez, Julián Besteiro simboliza hoy ese consenso que tirios y troyanos parecen incapaces de conseguir cuando cada uno habla de su República y de su guerra civil.

Este primer post, además de a Besteiro, está dedicado al estrecho elenco de políticos de la República que han aprobado en esta prueba, es decir han sacado notas medias superiores a 5.

Inmediatamente detrás de Besteiro se ha situado, con una nota media de 5,53, Federica Montseny. Esta militante anarquista que llegó a ministra de la República ha tenido un golpe de riñones impresionante en los últimos días de la encuesta, subida, sobre todo, a lomos de las de su sexo y condición, es decir de las mujeres. Como veremos el día que hable de los resultados por sexos, para las féminas que han contestado la encuesta la combinación perfecta es, sin duda, mujer y anarquista.

El rally de Federica ha dejado sin el segundo puesto que tuvo durante mucho tiempo Manuel Azaña, icono de la República donde los haya. Con una nota de 5,50, le han arrebatado la medalla de plata los adictos al Omega 3, es decir las personas en la segunda madurez, entre los cuales este hombre que lo presidió todo en la República, incluso la propia República, se ha hundido lo suficiente como para perder por un cortacabeza contra esa señora que probablemente no le caía ya demasiado bien en vida, así que ahora no sé si le soltará cuatro frescas en la muerte. Azaña, a mi modo de ver, es víctima de lo discutido de su figura que, quizá, se va haciendo más discutida con los años; lo digo más que nada porque concita sus principales viveros de votos entre los que son muy jóvenes o están en lo mejor de lo mejor.

Si es que hay otra vida y desde ella se pueden leer blogs, supongo que Indalecio Prieto estará dejando escapar una risita diabética al comprobar que él sí, él sí se ha librado (5,12), convirtiéndose así en el segundo socialista de la lista de los aprobados. Pero lo que le provocará la risa será pensar que le ha sacado 10 puestos (ahí es nada) a Largo Caballero, y 12 a Negrín. Estará pensando: ¡chuparos ésa!

Fue Prieto veleta al viento de la República, ora socialdemócrata de libro, ora comprador de armas para implantar la dictadura del proletariado; y parece que la jugada le ha servido ante la Historia. Supo explotar algunas de sus principales virtudes, una de ellas la de organizador, para dejar huellas incólumes como ministro de Obras Públicas, más una labor incansable como gran coordinador de la pelea contra Franco durante dos años que lo agotaron casi totalmente. No me cae demasiado bien este Prieto, pero debo reconocer su espíritu de superación y su capacidad de gestión, motivo por el cual tampoco me parece tan injusto este aprobado. A los que estudiamos la Historia siempre nos quedará la duda de qué habría sido de la República si alguna vez Prieto hubiese presidido su gobierno.

En quinto lugar, raspando ya el suspenso, don Niceto Alcalá-Zamora, un producto del antiguo régimen que se supo reciclar. Dicen los que conocieron aquellos tiempos que cada vez que don Niceto tomaba la palabra en las Cortes, el diccionario de la Real Academia se ponía cachondo. Ha habido y habrá pocos oradores más brillantes que él, aunque también le pasa un poco como las malas películas, que aguantan mal el paso del tiempo. Un mucho inteligente, no lo fue sin embargo a la hora de refrenar su natural maniobrero, y eso fue lo que, lamentablemente, le perdió. Alcalá-Zamora quiso ser el tropezón de todos los gazpachos republicanos, intentando inventar esa coña tan en boga ahora de la conquista del electorado de centro. Hizo un uso excesivo de sus prerrogativas como presidente de la nación durante el bienio de derechas, que petardeó todo lo que pudo; pero como Roma no paga traidores, se encontró a la vuelta de la esquina con la respuesta de sus otrora amiguitos, que lo cesaron por un truqui jurídico bastante basto. Era, ya, 1936, y don Niceto sobraba en la ecuación republicana. Sin embargo, la encuesta viene a demostrar que todavía tiene sus partidarios.

Y aquí se acabaron los aprobados. El resto, suspendidos. He aquí, en esta primera toma, las calificaciones globales.

Dolores Ibárruri, dirigente del Partido Comunista, icono de las izquierdas durante la guerra civil. Famoso se hizo su No pasarán (copiado de los franceses en la primera guerra mundial) y su es mejor morir de pie que vivir de rodillas. Sobrevivió al franquismo y llegó a presidir, como miembro de la mayor edad, una sesión de las Cortes democráticas. 4,87.

José Calvo Sotelo: ex ministro de la dictadura de Primo de Rivera, líder del Bloque Nacional de las derechas, asesinado pocos días antes de comenzar la Guerra Civil: 4,82.

José María Gil-Robles, líder de la Confederación Española de Derechas Autónomas (Ceda); ministro del gobierno durante el bienio de las derechas. De hecho, su ocupación de la cartera de Guerra es el motivo esgrimido por el PSOE y la UGT para llevar a cabo el golpe revolucionario de 1934, ante la sospecha de que Gil-Robles aprovecharía el puesto para dirigir una involución incluso de corte fascista. 4,8.

Miguel Maura, líder de los conservadores republicanos, ministro del Interior en el primer gobierno de la República; dimitió por la declaración de laicismo de la Constitución republicana. 4,66

Andreu Nin, dirigente de tendencias anarquistas que finalmente recaló en el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), enfrentado con el PC. Fue secuestrado durante los sucesos de mayo del 37 en Barcelona y trasladado a Alcalá de Henares, donde se supone que fue asesinado. Su muerte se atribuye a los servicios secretos soviéticos. 4,59.

Lluis Companys. Líder de Esquerra Republicana de Catalunya. Heredero político de Françesc Maciá, lo sucedió al frente de la Generalitat. Dirigió la defección de Cataluña contra el Estado español en octubre del 34. Tras la guerra, fue capturado en Francia, devuelto a Franco, quien lo fusiló. Acudió a su fusilamiento descalzo para morir en contacto con la tierra catalana. 4,55.

Manuel Portela Valladares. Político republicano gallego. Presidió el gobierno al final del bienio de las derechas, pilotando desde esa posición un proyecto para crear un partido de centro con Alcalá-Zamora. Tras las elecciones, visto el triunfo del Frente Popular, abandonó precipitadamente el gobierno, creando una situación en la que los propios vencedores eran quienes debían juzgar su victoria, propugnando con ello las escandalosas decisiones de la Comisión de Actas. 4,44.

Ángel Pestaña. Líder, junto con Salvador Seguí, de la vertiente sindicalista del anarquismo español, menos preocupada por acabar con el capitalismo que con obtener mejores condiciones para los obreros. Firmó el Manifiesto de los Treinta que defendía dicha política frente al revolucionarismo de la FAI. En 1934, fundó un partido, llamado Sindicalista, que murió con él. 4,44.

Francisco Largo Caballero. Líder carismático del PSOE, conocido como «el Lenin español». Uno de los mejores ministros de Trabajo que ha tenido España, posteriormente se sintió cada vez más presionado por la competencia de la izquierda más extrema, por lo que llevó al PSOE por una senda revolucionaria que radicalizó la República y llevó al propio PSOE a dirigir un golpe de Estado revolucionario, la mal llamada Revolución de Asturias. Fue presidente del Gobierno durante la guerra civil, aunque fue cesado por desavenencias con los comunistas (llegó a echar al embajador de la URSS de su despacho). 4,30.

Diego Martínez Barrio. Político radical-socialista, ocupó carteras ministeriales e incluso dos cortas presidencias del gobierno; una, en 1933, cuando los sucesos de Casas Viejas erosionaron el gobierno Azaña y se hizo preciso organizar las elecciones que ganarían las derechas; y otro tras el golpe de Estado, durante el cual Martínez Barrio trataría de convencer al general Mola, en célebre conversación telefónica, de que parase la sublevación a cambio de entrar en el gobierno de la República. En todo caso, la guerra le pilló siendo presidente de las Cortes, por lo que tuvo un papel muy importante en el exilio. 4,26.

Juan Negrín. Médico y diputado del PSOE, ocupó durante la guerra civil primero el Ministerio de Hacienda y después la Presidencia del Gobierno. Es el principal actor del traslado del oro español a Moscú y representó la República irredenta, aunque en la realidad trató de pactar con Franco algún final acordado para la guerra, aunque lo hizo tan tarde que para entonces el general se sabía ganador. Tanto durante la guerra como después, fue duramente acusado de ser un mero monigote de los comunistas. 4,24.

Santiago Casares Quiroga. Político republicano gallego, tiene el triste mérito de ser el presidente del Gobierno en el momento del golpe de Estado de 1936. Siempre se le ha reprochado que no se enteró de nada y que tampoco dio importancia a los hechos en las primeras horas. 4,18

Marcelino Domingo. Político radical-socialista catalán, ocupó varias carteras ministeriales. 4,00

Alejandro Lerroux. Líder del Partido Radical, al inicio de la República estaba al frente de la formación política más madura y hecha de todas las que apoyaban el nuevo régimen. Cinco años después, dicha formación ya no existía. Tiene fama de ser uno de los políticos más corruptos de la Historia; Miguel Maura llegó a decir de él que si le nombrasen ministro de Justicia las sentencias se venderían en la Puerta del Sol. 3,90.

Santiago Carrillo. Militante de las Juventudes Socialistas, fue derivando poco a poco, como toda esta organización, a favor del Partido Comunista. Tuvo y tiene una larga vida en la política española pues es uno de los escasísimos miembros de esta lista que sobrevivió al general Franco. 3,89

José Giral. Político radical-socialista cuyo principal papel en la Historia de España fue presidir un brevísimo gobierno tras el golpe de Estado del 36. 3,68.

José María Aguirre y Lecube. Político del PNV, presidió el gobierno vasco ya en la guerra civil, cuando la autonomía vasca fue concedida. 3,60.

Joaquín Chapaprieta. Político independiente, en su inicio gassetista, llegó a presidir el gobierno durante el bienio de las derechas. Aplicó recetas tecnócratas, pero el país no estaba para esas cosas. 3,57.

Juan García Oliver. Dirigente del POUM, jugó un papel muy importante en la relación de fuerzas de Cataluña tras el golpe del 36 hasta los sucesos de mayo del 37. 3,50.

José Antonio Primo de Rivera. Líder de Falange Española y de la Falange Española y de las JONS tras la fusión con la organización de Ramiro Ledesma. Considerado representante del fascismo español, en 1936 fue encarcelado a causa de las acciones violentas de sus militantes. Fue fusilado en Alicante el 20 de noviembre de 1936. 3,10.

Félix Gordón Ordax. Político radical-socialista, factótum de sus fuerzas parlamentarias durante buena parte de la República. 3,10.

José Díaz. Líder del Partido Comunista durante la República. 2,88.

José Martínez de Velasco. Político del viejo Partido Liberal dinástico, en la República fundó el llamado Partido Agrario, que respondía fundamentalmente a los intereses de los terratenientes de la meseta norte. Fue ministro en los bienios derechistas. Al estallar el golpe de Estado fue encarcelado en la Modelo, por lo que fue uno de los políticos asesinados en los sucesos que siguieron al incendio del establecimiento penitenciario. 2,40.

Antonio Goicoechea. Líder de Renovación Española, el partido monárquico alfonsino de corte claramente conservador. 1,50.

martes, octubre 30, 2007

¿Era Hitler homosexual?

Bueno, la espera ya no lo va a ser tal. Ya tengo los resultados de la encuesta procesaditos y en cuanto tenga un rato los colgaré, no sé en cuántas tomas. Puedo decir que a mí hay cosas que me han sorprendido, lo cual no es extraño con muestras tan pequeñas; esto hace los resutlados bastante divertidos, a mi modo de ver. Un poco de paciencia, que el próximo post ya debería de cerrar esta historia de la encuesta. Una vez más, gracias a todos los que habéis contestado.

Mientras tanto, os dejo con una lectura de Tiburcio, no exenta de interés. No haré más apostillas a su post que la general de que yo no me encuentro entre la personas que creen en la tesis defendida por el libro que recensiona. Yo creo que Hitler tenía bastante más de eremita, de tío raro, que de homosexual. El hecho de que se confundiese la rareza con la homosexualidad es un producto de los tiempos.

Pero el espacio de hoy es de Tibur, y a él cedo la palabra.

A Hitler se le han aplicado muchos epítetos, desde «salvador de Alemania» hasta «genocida», pero pienso que nunca se le había aplicado el de homosexual. Eso es precisamente lo que hace Lothar Machtan en su libro El secreto de Hitler (Planeta, 2001).

Machtan comienza su libro criticando que la historiografía se haya ocupado tanto del Hitler dictador carismático, que se haya olvidado del Hitler persona. Durante su vida logró que en la Alemania nazi sólo se conociera su imagen pública y no la persona real que había por debajo. Tras su muerte, la práctica historiográfica ha ofrecido el revés de esa imagen idílica y en el proceso, como antes hicieran los panegiristas nazis, se ha olvidado del personaje real.

Para Machtan, un elemento clave de la personalidad de Hitler era una homosexualidad no completamente asumida y ferozmente ocultada. El problema es que al haber estado oculta, Machtan tiene que jugar al detective e ir buscando pistas, interpretando indicios y atando cabos sueltos. Al final la acumulación de pruebas es tanta, que el lector acaba rindiéndose y piensa: «Pues, sí, realmente Hitler era una loca».

Machtan empieza haciendo hincapié en que Hitler solía estar rodeado de hombres y que con algunos de ellos tuvo relaciones largas e intensas, aunque no necesariamente sexuales: Ernst Röhm, Emil Maurice, Rudolf Hess, Albert Speer… En cambio hay una curiosa ausencia de mujeres en su biografía. Prácticamente sólo aparecen dos: Geli Raubal y Eva Braun. Hay dos más, Magda Quandt y Leni Riefenstahl, donde parece fuera de duda que el amor sólo circuló en una dirección.

La biografía de Hitler arranca con su etapa de artista, a mitad de camino entre la bohemia y la miseria. Aquí tuvo a su primera amistad masculina intensa, August Kubizek, otro aspirante a artista, en este caso a músico. Curiosamente en una ciudad tan alegre como la Viena anterior a la I Guerra Mundial, no consta que Hitler tuviera ningún romance. Podría deberse a esa faceta austera y ascética que cultivaba… o a que los romances que tuvo no eran confesables.

El relato de la vida de Hitler entre 1914 y 1919, cuando empieza a adquirir notoriedad pública es interesante. Lo presenta como un soldado caprichoso, maniático e impopular, del que muchos en la compañía sospechaban que mantenía relaciones homosexuales con otro de los soldados, un tal Ernst Schmidt. Curiosamente no trató de hacer carrera militar y rechazó las oportunidades de ascenso. Machtan presenta algunos indicios de que tal vez Hitler no hubiera recibido ascensos por sus peculiares gustos sexuales. Socialmente era un resentido y parecía inclinarse más bien por el comunismo. El bandazo hacia el ultranacionalismo probablemente fuera debido al puro oportunismo: los comunistas no le daban el liderazgo al que aspiraba y encontró su hueco en el bando de los ultranacionalistas de derechas. ¿Quién sabe? Tal vez si los partidos marxistas le hubieran dado bolilla, habría sido asesinado como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht y no habríamos tenido II Guerra Mundial.

Machtan apunta a que tres homosexuales fueron los que dieron los primeros espaldarazos a Hitler en política: el General von Epp, Ernst Röhm y Dietrich Eckart. También señala que el Cuerpo de Voluntarios, creado por el General von Epp y al que se adhirió Hitler, era un nido de homoerotismo, con toda su exaltación de la masculinidad y las virtudes guerreras. Machtan describe a un Hitler desconocido para la biografía habitual: un Hitler que hacía propaganda política a jóvenes menesterosos y luego se los follaba. Fueron esos contactos homosexuales los que dieron a Hitler acceso a círculos a los que no hubiera tenido acceso por sus orígenes oscuros. Lo único que realmente Hitler tenía que ofrecer era su retórica y su capacidad para encarnar las frustraciones de la Alemania vencida; no lo suficiente para ascender sin apoyos.

La primera actividad heterosexual de Hitler que Machtan documenta, se remonta a 1925, cuando tenía 36 años. Había salido de la cárcel, tras el fracaso del putsch de Munich y estaba aprendiendo a ser un político más tradicional, que no asustase innecesariamente a las clases burguesas y que supiese cómo ocultar los aspectos más radicales de su ideología. Hizo algunas aproximaciones a mujeres, pero todas quedaron en nada. Su trato con las mujeres era forzado y no conseguía fingir una pasión erótica que no sentía.

En 1927 se cruzó en su camino su sobrina Geli Raubal. Machtan altera un poco la historia tal y como se ha contado. Geli se enamoró de Emil Maurice del cual a su vez estaba enamoriscado Hitler. El bisexual Maurice se dejaba querer. Todo terminó en un ataque de celos y en el despido de Maurice, no porque, como se ha dicho, Hitler tuviera celos de él. Era de Geli de quien estaba celoso.

El despido de Maurice fue acompañado de rumores sobre la sexualidad de Hitler e incluso de presiones (¿chantaje?) por parte de Maurice. Hitler hizo lo que tantos homosexuales dentro del armario han hecho a lo largo de la Historia. No, no es encender la luz para ver mejor; es echarse una novia. La mujer que tenía más a mano era Geli y a ella recurrió. Durante casi dos años, Geli fue su acompañante y corrió el bulo de que eran amantes. La realidad es que Hitler había encerrado a Geli en una jaula dorada a la que no dejaba que se acercase ningún moscón. En septiembre de 1931 Geli se suicidó y Hitler se encontró con la excusa perfecta para justificar su ausencia de relaciones con las mujeres: el suicidio le había dejado desolado e incapaz de amar ya, ahora estaba casado con Alemania.

El siguiente episodio en el que Machtan se detiene es el de la purga de Ernst Röhm y las SA, donde se mezclaron política y homosexualidad. Las SA habían aparecido como un grupo de asalto, destinado a dominar las calles mediante una mezcla de propaganda y terror. Cuando a partir de 1930 el partido nazi empieza a convertirse en una fuerza política votada, Hitler comprende que necesita dotarse de una respetabilidad y para ello las SA con sus desmanes eran un obstáculo. Es entonces que llama a su antiguo conocido Ernst Röhm para que las discipline. Röhm cumplió con su cometido a la perfección: disciplinó a las SA y las vinculó más estrechamente al partido. También las convirtió en una apoteosis gay: llenó todos los mandos con amigos, amantes y ex-amantes. Si entonces hubiera existido la Guía Espartaco, todos los locales de las SA habrían aparecido reseñados.

La relación entre Hitler y Röhm, según la describe Machtan, era mucho más que el enfrentamiento entre dos ambiciosos. Hitler temía todo lo que Röhm sabía sobre su pasado homosexual. Otros que también lo sabían, o bien no eran lo suficientemente poderosos (caso de Emil Maurice) o bien le tenían una lealtad tan perruna (caso de Rudolf Hess), que no había nada que temer. Con Röhm era diferente. La noche de los cuchillos largos en la que Hitler se cepilló figuradamente (literalmente ya lo había hecho muchos años antes) a toda la plana mayor de las SA fue entre otras cosas un intento de parar el golpe que se proponía dar Röhm de airear el pasado homosexual de Hitler. La decapitación de las SA sirvió para quitar de en medio a multitud de testigos incómodos y destruir las pruebas comprometedoras que tenían en su poder. Ni suscribo ni disiento de esa opinión. La dice Machtan, que sabe más que yo, y que la apoya en una serie de indicios.

Tras la noche de los cuchillos largos, parece que Hitler pasó a vivir su homosexualidad de una forma sublimada. Machtan apunta que hay indicios de que su estrecha relación con Albert Speer fue vivida como homoerótica por parte de Hitler.

Finalmente está Eva Braun, que desde 1936 fue la compañera de Hitler. Machtan la presenta como una mujer dependiente, con la autoestima muy baja, poco inteligente y sin carácter. El tipo de mujer que podía avenirse al papel de concubina platónica del Führer. Bueno, a cambio de aceptar una vida limitada sin amor verdadero ni sexo (a ver quién hubiese sido el guapo que se habría atrevido a ponerle los cuernos a Hitler), tenía una existencia regalada, donde podía satisfacer casi todos sus caprichos (que cada uno decida si merece la pena renunciar a ese «casi» a cambio de todo lo demás).

Una pregunta que uno podría hacerse es: si Eva Braun existía para darle una “respetabilidad” heterosexual, ¿por qué ocultarla? ¿Por qué no se casó con ella inmediatamente? En realidad, Hitler no la ocultó completamente; dejó que su relación con Eva Braun fuese un secreto a voces. Es posible que con ese conocimiento público de que el Führer tenía una amante le bastase. Casarse con ella y asumir, aunque sólo fuera en público, el papel de amante esposo era más de lo que podía soportar.

La boda final con Eva Braun en 1945 fue muchas cosas. Primero fue un regalo de consolación para su fiel compañera, que al menos moriría como esposa del Führer (puestos a hacer regalos de consolación, yo habría escogido un anillo de brillantes, pero afortunadamente no soy Hitler). En segundo lugar, se aseguraba que a su muerte no habría una Eva Braun viva para contar la realidad de su relación. Por último, muriendo como marido, redondeaba la imagen de hombre heterosexual normal que había estado toda la vida intentando dar.

El libro está bien estructurado y los indicios que presenta tan apabullantes, que el lector acaba rindiéndose ante la evidencia. La pregunta es: vale, me has convencido, Hitler era homosexual ¿y…? Desde un punto de vista psicológico puede ser apasionante. Desde un punto de vista humorístico, puede ser desternillante la imagen de Hitler vestido de drag queen bailando con Rudolf Hess. Pero desde un punto de vista histórico uno se queda un poco frío. Después de terminar el libro sigo sin entender mejor que antes por qué Hitler invadió la URSS en el verano de 1941 o por qué declaró la guerra a Estados Unidos en diciembre de 1941. Y esas son las cuestiones que realmente me interesan.

viernes, octubre 26, 2007

El Congreso


Pues sí. Por difícil que pueda ser de asumir hoy en día, hubo un tiempo en que la carrera de San Jerónimo era un camino de tierra como el que se adivina en la imagen de mi anterior post, y que el lugar que hoy ocupa el Congreso de los Diputados lo estuvo por el oratorio del Espíritu Santo, reproducido en la imagen. Lo cual me viene al pelo para escribir algunas líneas sobre este edificio emblemático.

Los reyes medievales y del Antiguo Régimen convocaban cortes, pero no eran propiamente asambleas del pueblo soberano como las que ahora conocemos. El fenómeno de los parlamentos modernos se inicia en España con las famosas Cortes de Cádiz, en las que se reunieron los españoles alzados contra el yugo francés, empeño en el que, paradójicamente, acabaron por redactar una constitución, la famosa Pepa, inspirada en las ideas de la revolución francesa.

Estas primeras cortes españolas tienen un alojamiento provisional, como todas. Si la Asamblea francesa nació en un local para el juego de pelota, nosotros los españoles, más dados a la cultura, comenzamos las nuestras en un teatro, el de la Isla de León, que fue sustituido por el teatro de San Fernando. Esto fue mientras las cortes residían en la última puntita de España que quedaba libre de franceses. Cuando pudieron pasar al mismo Cádiz, se alojaron en el oratorio de San Felipe Neri.

Una vez que los representantes del pueblo soberano pudieron reunirse en Madrid, hubieron de buscar una sede pues no había, lógicamente, edificio parlamentario. Empezaron en el llamado teatro de los Caños del Peral y luego se pasaron al convento de María de Aragón, de los agustinos descalzos. Esta sede tenía vocación de permanencia, más no fue así porque las cortes fueron rápidamente cerradas cuando esa luminaria de la sinceridad y el respeto por las personas que fue el Borbón al que llamamos (no hay más remedio) Fernando VII, las cerró, fiel a su natural absolutista y vendepatrias. Luego Riego y su famoso himno le bajaron los humos, momento en el que Fernando VII pronunció su famosa frase «marchemos todos, yo el primero, por la senda constitucional», intención en la que mentía bellacamente. Cuando llegó Riego, digo, las cortes volvieron al convento, pero pronto se sustanció la enésima cabronada del Borbón mediante la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis (o sea: primero el niño regala España a Francia y luego, cuando ya es más mayorcito, utiliza a los franceses para masacrar a sus propios compatriotas), con lo que las Cortes liberales hubieron de volver al sur, primero a Sevilla (iglesia de San Hermenegildo) y después al ya citado oratorio de San Felipe Neri.

Cuando por fin el caimán se fue por la barranquilla se instauró la regencia de su señora viuda, quien otorgó (éste y no otro es el verbo) una especie de constitucionoide, el Estatuto Real, que era algo así como el régimen absolutista disfrazado de pitufo; como ponerte hasta las cejas de laxantes e ir por ahí diciendo que tomas moléculas devoragrasas de última generación. Eso sí, había dos cámaras, el Estamento de Próceres y el Estamento de Procuradores (una especie de Senado y Congreso). El de Próceres se instaló en el Casón del Buen Retiro (el Retiro era aún posesión real y no de los madrileños; no fue hasta los tiempos de Cánovas que los Borbones nos lo pasaron), y fue en ese lugar donde se produjo una de esas escenas impagables de la Historia de España, mezcla de política y prensa del corazón: la inauguración de las sesiones del Estamento por parte de una reina gobernadora a la que habían vestido sus ayas con un tocado de múltiples veladuras destinado a ocultar su gravidez pues la gobernadora, viuda y todo, estaba en ese momento embarazadísima de su amorsito, el duque de Riánsares. A ver si os vais a pensar que Estefanía de Mónaco es la primera mujer regia a la que le ha hecho tilín un guardaespaldas.

El Estamento de Procuradores, o sea el antecedente de nuestro Congreso, se establece en el oratorio del Espíritu Santo, en la carrera de San Jerónimo; el de la lámina que os he copiado en el post anterior. No debía de ser la suya presencia cómoda, pues el oratorio había ardido por los cuatro costados el domingo 20 de julio de 1823 y estaba medio derruido. O sea, que ser entonces procurador de la nación debía de parecerse bastante a coger hoy en día el cercanías en Barcelona.

En 1841, pasado pues un huevecillo de tiempo, el país decide que para la cosa de la representación popular es necesario tener un edificio de suficiente empaque. Así pues, la iglesia se demolió y se abrió un concurso al que se presentaron 14 propuestas. Ganó el autor del edificio que hoy conocemos, Narciso Pascual y Colomer, una especie de Moneo de su época.

Habréis de saber que la gran polémica de la época no fue tanto el estilo del edifico y esas cosas, como su ubicación. Conspicuos españoles y madrileños consideraban que el lugar donde debía estar el Congreso era el paseo del Prado, casi aledaño al museo del mismo nombre; y yo tengo que decir que quienes eso pensaban, en mi opinión, pensaban bien. Un parlamento necesita estar en algún lugar a donde se pueda llegar con cierto boato y presencia, y qué duda cabe que el paseo del Prado, que transcurre en llano y tiene la vocación de ser una ancha avenida casi del tipo de las que vemos en París, es lugar mucho más adecuado para ello que la sinuosa y empinada carrera de San Jerónimo. Sobre los argumentos de eficiencia, sin embargo, pudieron los nostálgicos y simbólicos: no pocas personas veían en el oratorio del Espíritu Santo el crisol de las ideas que habían nacido en Cádiz y, por eso, consideraban que la sede de lo que dichas ideas habían creado debía estar en el mismo sitio. Y allí está.

El palacio del Congreso (sin contar, claro, los modernos edificios que se le han adjuntado hace bien pocos años) tardó siete años en construirse, y dio mucho que hablar en las tertulias la decisión de adjudicar a un joven escultor llamado Ponciano Ponzano (hay padres que, más que tener sentido del humor, lo que son es unos cabrones) la labor de esculpir el relieve del tímpano de la fachada. Es posible que nunca os hayáis fijado en él y que, si lo hacéis, os preguntéis qué representa. Pues bien: es una alegoría en la que España abraza y protege a la Constitución, rodeada de una serie de figuras alegóricas de diversas virtudes, muy al estilo griego, tales como la Fortaleza, el Valor, la Paz… No, la Cerveza no figura.

La costumbre de hacer ondear la bandera española en la misma puntita de la fachada (amén de que sea un edificio oficial y todo eso) tiene su origen en 1823, cuando las cortes residentes en Cádiz, agobiadas por los Cien Mil Hijos, decidieron hacer ondear la bandera como signo de que nunca se rendirían.

A primera hora de la tarde del 31 de octubre de 1850, o sea dentro de unos años hará 157 añitos de nada, una joven Isabel II (20 años) vestida de tul blanco con manto de terciopelo carmesí, inauguraba las sesiones de las cortes.

Con todo, pocas cosas son más famosas de este edificio que sus leones. No sé ahora los jovenzanos, pero hace años todo el mundo sabía que esos leones son de bronce y que proceden de cañones capturados en el curso de la guerra de Marruecos. Lo que quizá no se sepa es que el escultor original de la leonada es el mismo que del relieve, o sea don Ponciano.

Ponzano hizo dos leones como los actuales, sólo que en yeso. Estuvieron colocados donde están hoy sus sucesores bastante tiempo, como cosa provisional; ya se sabe que en España es habitual que haya situaciones provisionales que lo sean durante años, eones incluso.

En 1856 se produjo una de tantas asonadas decimonónicas, en este caso una rebelión de la Guardia Nacional contra el gabinete de O’Donell, ese general a quien los ignorantes llaman cero-coma-Donell. Hubo tiros por Madrid y también en la Carrera. Resulta que uno de los leones resultó alcanzando y, siendo de yeso, quedó pobremente mutilado. El león, que al parecer fue casi partido por la mitad, fue reparado, y la provisionalidad se mantuvo. Pero eso enseñó a los padres de la patria que necesitaban felinos esculpidos en un material que aguantase mejor los golpes de Estado.

Al notable escultor José Bellver le encargaron una pareja de leones en piedra, que realizó. Pero eran bastante pequeños, así que fueron desechados. Tengo documentado que hasta hace algunos años esos leones, degradados de su función de felinos parlamentarios, estaban en Valencia, en el camino de acceso al llamado Jardín de Monforte. Incluso tengo una foto. Pero, honradamente, no sé si siguen allí (en realidad, debo confesar que ni siquiera sé si el Jardín de Monforte sigue existiendo).

No será hasta 1872 (o sea, 16 años después de que uno de los leones fuese partido por un disparo) que se colocaron los actuales leones, fundidos en la Fábrica de Artillería de Sevilla.

Las Cortes volvieron a ser errantes. Fue durante la guerra civil pues, abandonando el gobierno Madrid, se celebraron primero en Valencia y luego en Cataluña; si no estoy mal informado, primero en Montserrat y luego en el castillo de Figueras. Con el franquismo, y dado que el régimen quería convencer al mundo de su carácter democrático, las Cortes se llenaron de procuradores, por encima de seiscientos, con lo que fue necesario estrechar los escaños y dejar a los padres de la patria como anchoas en lata santoñesa.

El Congreso democrático, como muchos recordarán, fue violentado el 23 de febrero de 1981, durante la sesión de investidura del nuevo presidente del Gobierno, el centrista Leopoldo Calvo Sotelo. En el momento en que votaba («No») el diputado socialista Manuel Núñez Encabo, un grupo de guardias civiles al mando del teniente coronel Antonio Tejero Molina penetró en el hemiciclo. Pistola en mano, Tejero subió a la tribuna de oradores y, colocándose de medio lado para que el presidente (Landelino Lavilla, si no me falla la memoria) le viese bien, pronunció su célebre: «¡Quieto todo el mundo!».

Se produjo un alboroto y una serie de discusiones y, repentinamente, los guardias civiles comenzaron a disparar al aire. Todos los diputados se metieron debajo de las bandejas de sus escaños menos tres: Adolfo Suárez, presidente del Gobierno; Manuel Gutiérrez Mellado, militar y ministro de Defensa; y Santiago Carrillo, allí arriba, en la montaña donde estaban los escaños del PC.

Suárez y Gutiérrez Mellado se enfrentaron con los golpistas. Tejero incluso intentó derribar a su superior directo (el ministro de Defensa) mediante una cobarde llave de judo que toda España pudo ver porque, para su desgracia y nuestra gracia, todo fue grabado por la televisión. Por lo que se refiere a Carrillo, al parecer, mientras se quedaba quieto, se le escuchó susurrar: «cuánto ha tardado en venir el caballo de Pavía» (el general Pavía fue el que, con su entrada en el Congreso, acabó con la I República).

Si algún día vais al Congreso, supongo que os enseñarán las huellas de los disparos en la techumbre, que han quedado ahí de testigos de la Historia. Hay sitio para bastantes más tiros; pero la decoración es muy bonita, así pues yo creo que es mejor no estropearla más. Jamás.

jueves, octubre 25, 2007

Adivina, adivinanza

Ando un poco liado en estas horas. Además, la votación se ha animado un poquito más, así pues estoy esperando que se remansen las aguas definitivamente para ponerme con los resultados.
Mientras tanto, os dejo aquí una pequeña adivinanza.

Esta lámina es de Madrid. No de antesdeayer, desde luego.


¿Sabríais adivinar qué famoso edificio está hoy en el sitio exacto donde está el que se ve en la imagen?
Pistas: el edificio que ves en la imagen se utilizó en su día para la misma función para la que se usa el que hoy ocupa su lugar. Y la razón de que se usara para esa función es que era, como puedes apreciar en la lámina, muy espacioso.
Esta noche (hora de Madrid) espero poder resolver este pequeño misterio.











miércoles, octubre 24, 2007

Perdono a tutti

Noticias de la votación: Tras unos días de intensa votación en nuestra encuesta Ponle nota a los políticos de la República, la cosa, como es lógico, se ha remansado en las últimas horas. Hemos recibido 45 respuestas, lo cual, en mi opinión, está más que bien y permite hacer algunas distinciones en los resultados que espero os resulten interesantes.

La combinación del hecho de que las últimas horas no hayan supuesto la adición de nuevas respuestas, unido a que estamos en internet, el universo en el que todo va muy deprisa y también envejece deprisa; y contando, por último, con que mi principal obsesión es cumplir con aquéllos que habéis hecho el esfuerzo de contestar, me ha hecho recapacitar y pensar que, tal vez, el plazo del 15 de noviembre es excesivo.

Os anuncio, pues, que de no haber una extraña intensificación de las respuestas que me obligase a reformular los resultados, quizá el próximo post que cuelgue sea ya con los resultados. Y, si no, sería el siguiente.

Eso sí, si lees esto y no has votado, te animaría a que lo hicieses, pues la pelea está siendo dura.

Hechas estas salvedades coyunturales, vamos allá con el tema de este día, alejado, una vez más, de los asuntos de los que trata la encuesta.


Perdono a tutti. By JdJ

Es posible que no me esté equivocando si digo que casi todo el mundo sabe que un pelotazo es algo más que una agresión cometida con balón. El pelotazo es también una jugada inversora muy lucrativa, que se desarrolla normalmente en poco tiempo. En España hay, según las estadísticas, siete millones de personas que sueñan con dar un pelotazo en la Bolsa, que es donde se dan los pelotazos. Es la cifra de españoles que se estima tienen, o tenemos, alguna inversión en el parqué.

Jugar a la Bolsa no es algo moderno. Como ya hemos visto, hace ahora ochenta años que ya todo estadounidense medio metía los duros en la Bolsa; de hecho, buena parte del sistema económico de Estados Unidos sigue hoy en día sustentado sobre la inversión bursátil, pues es la americana una sociedad que, según las teorías, tiene mucha menor aversión al riesgo que la nuestra. Nosotros tendemos a ser más cautos; nos da más miedo la perspectiva de pérdida.

Así pues, por estos datos sabemos que jugar en Bolsa no es algo muy moderno. Pero quizá quienes esto lean no sepan que, en realidad, es más antiguo de lo que imaginan. Porque los pelotazos bursátiles, incluso en España, no se remontan a hace ochenta años sino, por lo menos, ciento cincuenta. Hoy, para demostrarlo, quiero hablar de uno que se produjo en 1844, nada menos. Y que terminó con un teatral (o, más bien, operístico) perdono a tutti. Lo pronunció el protagonista de nuestra historia: don José de Salamanca, marqués de Salamanca y hombre que da nombre al barrio de igual ídem de Madrid.

¿Qué podemos decir de la Bolsa de aquel entonces? Bueno, lo primero que debemos decir, aunque sólo sea un apunte geográfico, es que no estaba donde se encuentra ahora, en el llamado Palacio de la Lealtad, plaza del mismo nombre. La primera ubicación de la Bolsa de Madrid había sido el local que en la calle Carretas poseía la Compañía de Filipinas, aunque dos o tres años antes de los hechos que ahora analizaremos se fue de allí para ubicarse en el convento de San Martín, sito entre la calle Arenal y las Descalzas Reales. ¿Qué se intercambiaba allí? Pues no acciones, que es lo que hoy se compra y se vende mayoritariamente en la Bolsa. Entonces había muy pocas sociedades por acciones y, por lo tanto, el mercado no existía. Lo que se vendía y cotizaba entonces en el mercado eran los títulos de deuda pública.

Un título de deuda pública es lo que en el mundo financiero se llamaba un activo de renta fija. Quiere ello decir que compromete un determinado interés a cambio de librar el capital. Es una deuda mediante la cual el particular presta dinero, en este caso al Estado o al Reino de España, a cambio de lo cual éste se compromete a devolver dicho préstamo más un interés determinado.

La cotización de los títulos de renta fija es producto del carácter mudable y variable del precio del dinero, como estamos experimentando, hoy en día, tantos y tantos españoles que tenemos préstamos hipotecarios a interés variable, normalmente referenciados al famoso euribor. El euribor y otros tipos existen hoy para dar referencias al mercado de cómo están los tipos de interés pero, de todas formas, esa referencia siempre ha existido, incluso cuando no ha existido, puesto que los inversores, desde que lo son, tienen una expectativa de beneficio. Por ejemplo, en una economía en la que los inversores tienen una expectativa de obtener, poniendo dinero en montar un negocio, una rentabilidad del 6%, alguien que emita renta fija al 3% difícilmente se comerá un colín. Así pues, si los tipos suben (las expectativas de beneficio crecen), el atractivo de la renta fija emitida a tipos menores es más bajo (dan menos de lo que está dando el mercado); de la misma forma que, si los tipos bajan, esos valores pasan a tener, por así decirlo, más valor.

A esto hay que unir el hecho de que en Bolsa se aplica mucho algo de lo que ya hablamos cuando hablamos del 29: la compra a crédito. Es decir: adquirir títulos con dinero prestado jugando a que la subida de los títulos va a ser muy superior a la tasa de interés que nos exige el prestamista. Obviamente, cuando esto no se cumple, el inversor está jodido.

La gran jugada bursátil de José de Salamanca se produjo en noviembre de 1844, es decir hace ahora 163 años. En aquel año, según los cronistas, el gobierno español procedió a una reestructuración y emisión de deuda propia y de ultramar que literalmente inundó Madrid de papel, así pues todo el mundo que pudo (y muchos que en realidad no podían) se dedicó a invertir. ¿Por qué? Pues porque en España gobernaban los conservadores, es decir el general José Narváez, el Espadón de Loja, y todo el mundo cotizaba una prolongada y provechosa estabilidad económica que, con seguridad, eliminaría los problemas del Estado para pagar aquella deuda que, además, se emitió a una interesante tasa del 3%.

Según los relatos más o menos contemporáneos de lo que ocurrió, en el Madrid de 1844 todo dios jugaba al alza. Esto es: compraban más que vendían, convencidos de que lo que iban a hacer los títulos era incrementar su valor. Sin embargo, hubo un bolsista que jugó a la baja, a vender. Se trataba de José de Salamanca quien, además, actuaba por nombre propio y también por nombre del propio Narváez y del duque de Riánsares, marido de la reina. Si trasladáis esto a la actualidad, gritaréis, escandalizados: ¿Zapatero y la reina Sofía jugando a la Bolsa? Bueno, eran otros tiempos...

Salamanca, según crónicas de tanto fuste como la del conde de Romanones o su biógrafo Hernández Girbal, respondió a aquel optimismo general jugando a la baja. La gente se cachondeaba de él y se decía que resultaba difícil de entender por qué había decidido suicidarse financieramente. Ya cotizaban los bolsistas la ruina del bueno de don José cuando de Nájera llegaron las noticias de la sublevación del general Martín Zurbano. Pronto se dijo en Madrid que aquella asonada liberal era bastante más que un golpe localizado en Nájera pues, se decía, el general Prim estaba presto a apoyarlo en Madrid. En realidad, la sublevación de Zurbano no llegó a nada y Narváez acabó fusilándolo. Pero, por medio, siempre según esta versión, la Bolsa se pegó una hostia del 10%, y no pocos inversores quedaron en manos de Salamanca. ¿Por qué? Pues porque muchas de las ventas hechas por el futuro marqués lo habían sido a plazo; así pues, en el momento que llegase el día señalado en la operación y Salamanca ejecutase la venta, los otros inversores deberían pagarle el precio convenido en su inicio, muy superior al real, pues entre el contrato y la venta la Bolsa se había derrumbado. Si a eso unimos el hecho de que muchos de esos vendedores habían comprado a crédito, tenemos todo el panorama montado.

Según el relato de Hernández Girbal, tras la fuerte caída, Salamanca se presentó un día en el convento (aunque Girbal cita erróneamente en su libro la sede de la Compañía de Filipinas). No estaba saliendo del coche de punto y ya estaban varias personas echándosele encima para solicitarle comprensión y un poquito de paciencia. Con mucho trabajo, Salamanca entró en el salón de cotizaciones, ya para entonces seguido de una nutrida cola de cometa formada por inversores arruinados. Salamanca llegó al llamado estrado de los agentes, que tenía una plataforma que colocaba a quien se subía un poco por encima del mar de cabezas que llenaba la sala, y se subió. En ese momento, se hizo el silencio. El silencio del acojone.

Pausadamente, Salamanca sacó de su cartera un gran mazo de pólizas de venta (retened este dato).

Una voz, simple, humilde, se escuchó sobre el murmullo:

-Queremos pagarle, pero… ¡por Dios, denos algo de tiempo!

Salamanca, tras mirar al hombre que le había hablado y dudar por un momento, comenzó, despacio, a romper los papeles que tenía en las manos mientras pronunciaba una frase entonces famosa, la de la romanza de Don Carlo en la ópera de Verdi Hernani:

-¡Perdono a tutti!



Estamos, pues, ante un capitalista anticapitalista, capaz de un gesto increíble: dejar de cobrar, o cuando menos de exigir lo debido. Y un hombre de importante sagacidad, que tuvo la inteligencia de jugar en contra de la tendencia general, excesivamente confiada en el alza de las cotizaciones.

Y, sin embargo, estas versiones, varias veces repetidas por escritores del pasado como digo, tienen probablemente bastante de mito, es decir de media verdad.

En los años sesenta del siglo pasado, un agente de cambio y bolsa aficionado a la Historia, José Antonio Torrente Fortuño, escribió un libro llamado Salamanca, bolsista romántico (si sois ratas de librería de lance, lo podéis encontrar; de hecho, yo lo he visto en alguna caseta de la Feria del Libro Antiguo de Madrid que se ha celebrado estos días). En dicha obra, Torrente aborda una seria investigación sobre los hechos de 1844, investigación que arroja el sorprendente resultado de que en dicho pelotazo Salamanca no jugó a la baja sino todo lo contrario, esto es, al alza. Sucintamente:

En primer lugar, Torrente hizo algo que los anteriores biógrafos de Salamanca no habían hecho, que es encerrarse en la biblioteca de la Bolsa para resumir las cotizaciones de aquellas jornadas. Se centró en los tres valores que entonces formaban el Ibex patrio: la deuda al 3%, conocida como Consolidado Inglés; la deuda al 5% amortizable; y la deuda flotante del Tesoro. Y, sorpresa: las cotizaciones entre el 1 de octubre y el 30 de diciembre de 1844 no muestran caída alguna del 10%.

En realidad, sí que hay una caída, aunque del 2% tan sólo. Se produjo en las jornadas posteriores al 10 de octubre de 1844, cuando el Gobierno anunció las condiciones del canje de Deuda Flotante por Deuda al 3% (la medida que, como decíamos, inundó Madrid de papel); este canje se realizó al 40% (esto es, el Tesoro entregaba 250 reales nominales al 3% por cada 100 reales de Deuda Flotante retirados), en un movimiento que, al parecer, fue interpretado por el mercado como una señal de notable debilidad por parte del Erario público a la hora de poder atender pagos, motivo por el cual las cotizaciones de sus empréstitos cayeron. Sin embargo Salamanca, que es diputado, se levanta en el Congreso en una sesión celebrada en noviembre de aquel año, con intención de criticar al ministro de Hacienda, Alejandro Mon. En dicha crítica, afirma su optimismo y asevera que los inversores no han sabido entender el decreto de conversión; dicho de otra forma, apuesta, negro sobre blanco y con taquígrafos, por la revalorización de la deuda que en la Bolsa se negocia. ¿Tiene sentido una declaración de tal calibre en alguien que está convencido de que las cotizaciones van a bajar?


El 16 de noviembre se produce la famosa sublevación de Zurbano en Nájera y, según las cifras publicadas por Torrente, las cotizaciones, simple y llanamente, se quedan donde estaban.

Por si no fueran pocas estas evidencias, el curioso bolsista hizo algo más y hundió la nariz en los registros bursátiles, a la búsqueda de las operaciones de Salamanca. Los datos, también publicados en su libro, marcan una gran abundancia de órdenes de compra y, cuando hay órdenes de venta, casi siempre aparecen operaciones de compra casadas con ésta, algo posteriores. Alguien que juega a la baja, vende; y el que juega al alza, compra. Y si Salamanca compró más que vendió... ¿a qué jugaba exactamente?

A ello hay que añadir otro detalle. Antes os he dicho que retuvieseis el dato de los relatos de la época, que describen a un Salamanca que va a la Bolsa y públicamente rompe las pólizas de venta. Pero, si alguien tiene en la mano un documento que acredita un compromiso de venta… ¿qué es, comprador o vendedor? Obviamente, es comprador; es al comprador al que le resulta vital tener la fe pública del compromiso, pues es él quien tiene que reclamar la posesión del valor una vez comprado. Y si Salamanca, en la célebre escena, sacó de la cartera un enorme fajo de pólizas de venta, entonces es que estaba comprando a lo bestia. O sea, jugando al alza.

¿Dónde está la clave de este misterio? ¿Por qué se equivocaron de una forma tan radical los cronistas más o menos contemporáneos de Salamanca? Pues la cosa tiene, a mi modo de ver, su explicación.

La primera explicación es que, en 1844, no había ni televisión ni radio. Esto quiere decir que había mogollón de gente que vivía su vida sin tener ni puñetera idea de lo que hacían las cotizaciones de Bolsa. Este desconocimiento, a todas luces, afectó a algunos de dichos cronistas, quienes probablemente, cuando hablaron de bajadas del 10% y cosas similares, hablaban de oídas, porque alguien les había dicho que había oído que dicha caída se había producido; y no tenían medios de comprobar la veracidad de aquellos asertos.

La segunda razón está en la estrategia de Salamanca. Un atento análisis de las operaciones del millonario demuestra, como he dicho antes, que compró mucho más que vendió y que, cuando vendió, cubrió la venta con compras inmediatas. Pero lo hizo, básicamente, vendiendo al contado y comprando a plazo. De esta manera, las operaciones que eran «visibles» en el parqué eran las que se hacían en el día; los agentes de Salamanca llegaban a la Bolsa y, ¿qué hacían? ¡Vender, claro! Vendían, vendían, vendían. Ese mismo día firmaban operaciones a plazo por las que compraban mucho más de lo que estaban vendiendo, pero eso la mayoría de los inversores del parqué no lo «veía». A los ojos de todo el mundo, Salamanca estaba jugando a la baja; jugando al desplome de la deuda pública, lo cual es lo mismo que decir jugando al desplome del crédito de la economía española. Y todo el mundo sabía que Salamanca hacía negocios bursátiles en compañía del primer ministro, Narváez, y del factotum de palacio, el conde de Riánsares.

Si vosotros supierais que Zapatero y Solbes juegan a la Bolsa, y que juegan a la baja… ¿qué pensaríais? ¿Compraríais o venderíais?

Salamanca, pues, engañó a los inversores. Jugó claramente al alza mientras que en el parqué aparentaba jugar a la baja. Él sabía que la operación de conversión de la Deuda Flotante era técnicamente buena, provechosa, y acabaría por hacer subir el valor. Sin embargo, el decreto de conversión generó una bajada del 2%. ¿No tendría él nada que ver en ello? Las investigaciones de Torrente no nos lo aclaran. Pero es un punto interesante para quien sea habilidoso en la lectura de papeles financieros y tenga ganas de investigar.

Como trile bursátil no está mal, no. Nada mal. Con parte de las ganancias de este montaje, estimadas en 30 millones de reales, un pastonazo de la época, supongo que adquiriría Salamanca su bello palacio, que es el que está en el paseo de Recoletos, nada más pasar la Casa de América camino de Castellana (número 18, creo). Echadle un vistazo. Un pedazo de queli.

La anécdota demuestra dos cosas de la Bolsa. Una, que es necesario que sea un mercado grande. En Inglaterra, Salamanca no habría podido hacer lo que hizo; la Bolsa de Londres era entonces tan grande que hubiera sido imposible mover a todos los inversores en una misma dirección. En cambio, aquella Bolsa madrileña era, como amargamente denunciaron en el Congreso los enemigos de Salamanca, un lugar que un solo especulador podía llevar del ronzal.

La segunda cosa que demuestra es que para los mercados bursátiles es fundamental la transparencia. Lo que impide que estas cosas pasen es que todo se pueda saber. Por eso los mercados bursátiles modernos son transparentes.

O eso dicen.

domingo, octubre 21, 2007

El proceso de los templarios

Una de las noticias relacionadas con la Historia que ha saltado a las primeras páginas de los periódicos en los últimos tiempos es la relativa a la apertura por parte del Vaticano de las actas del proceso a la orden del Temple. El asunto ha levantado cierta polvareda y algunas ilusiones porque los templarios, de tiempo atrás, concitan la curiosidad de mucha gente, incluso de mucha gente a quien la Edad Media se la transpira. Esto es así, creo yo, porque el carácter un poco secreto y particular de los templarios ha hecho de estos caballeros objetivo usual de mistagogos varios, de ésos de 200 euros la línea, que suelen escribir novelitas y chorradas especulando con la posibilidad de que Jesucristo fuese un venusiano con un tercer ojo en el talón del pie derecho, o que los mayas ya habían inventado el concurso Gran Hermano y lo proyectaban en el interior de los edificios de Machu Pichu.

A mí me parece que la apertura de las actas vaticanas no va a suponer gran cosa, aunque fijo que algún libro nuevo saldrá contándonos que los templarios fueron condenados por comunicarse directamente con funcionarios marcianos. La Edad Media no es mi fuerte, pero algo sí he leído sobre los templarios y su proceso, y ese algo que sé es lo que me hace pensar que se trató de algo bastante vulgar, tan vulgar como lo pueda ser la ambición humana por las posesiones ajenas.

Esto es, sucintamente, lo que yo sé sobre el proceso a los templarios.

Esta orden nació en 1119, año el que ocho caballeros que hoy llamaríamos franceses (aunque uno de ellos era, en puridad, borgoñón) la fundaron con el objetivo de ser los guardaespaldas de los peregrinos que iban a Jerusalén. Era una orden seglar pero con la dureza propia de las órdenes de frailes, pues sus miembros debían voto de pobreza, obediencia y castidad. Se la llamaba Caballería Pobre de Cristo del Templo de Salomón a causa de un regalo de un rey que les entregó un edificio junto al templo de Salomón.

Luego llegaron las cruzadas, acciones en las que los templarios hicieron mucha falta para darse de leches con los infieles, hecho que les hizo prosperar: más necesarios eran, más prebendas y herencias recibían. Desde Portugal hasta Armenia, sin dejarse las islas británicas, el Temple se extendió bravamente, con un contingente importante de acólitos. El enorme caudal de favores que hicieron a la causa católica hizo que la Iglesia los tomase bajo su protección específica, dotándoles de muchos privilegios, entre ellos tener sus propios clérigos; así, los templarios no tenían que confesar sus pecados a alguien que no fuese de su cuerda.

Después de que el experimento de las cruzadas quedase en poco menos que nada, con la caída de Akkon en 1291, pudo pensarse que el Temple habría de desaparecer pues, al fin y al cabo, su misión principal ya no tenía sentido alguno. Sin embargo, no fue así. Los templarios eran para entonces muy poderosos, así pues se trasladaron a Chipre y siguieron ejerciendo una gran influencia sobre la Iglesia. No obstante, sus enemigos, o deberíamos decir quienes ambicionaban hacerse con las grandes riquezas templarias, entendieron que era el momento de acabar con ellos.

Estamos ya a finales del siglo XIII, y ahora entra en escena de nuestra historia el rey francés Felipe IV, llamado el Hermoso como lo sería algún tiempo después el marido de Juana la Loca (así pues, ojito con confundirlos). Felipe era una rey muy francés y muy ambicioso. Lo cual quiere decir que para quedarse con lo de los demás no reparaba demasiado en pequeños detalles. A Monsieur Le Beau le rondaba la idea de hacerse con toda la pasta de los templarios por la vía de una reforma por la cual esta orden, que en realidad había perdido ya su razón de ser, se fusionase con otra gran orden de monjes soldados, la de San Juan, momento en el cual él abdicaría de la corona de Francia en la persona de su hijo para nombrarse Gran Maestre de la cosa. El plan estaba bien pero precisaba del OK de los grandes maestres de ambas órdenes, cosa que el rey no obtuvo. Pero eso no le amilanó.

Por aquel entonces tenía Francia un ilustre huésped: el papa Clemente V. Sabido es que por aquella época y en años que la siguieron el Vaticano pasó por años dificilillos en los que fue relativamente común que los papas tuvieran que salir por patas de Roma. Clemente estaba, pues, desterrado y en el lugar justo para poder ser objeto de las presiones del ambicioso rey. Felipe se presentó ante Clemente, escandalizado por los rumores que de tiempo atrás habían circulado por toda Europa, en el sentido de que los templarios eran una especie de iglesia dentro de la Iglesia, y llevaban su hecho diferencial hasta el punto de tener una ceremonia de iniciación en la que el nuevo templario tenía que negar a Cristo y escupir sobre un crucifijo. El papa no estaba, al parecer, nada convencido de que aquellas acusaciones fuesen ciertas. Pero, ante el hecho de que el gran maestre del Temple, Jacques de Molay, nombrado en 1293, se mostraba dispuesto a que la orden fuese investigada, puso en marcha la maquinaria.

Felipe no estaba, sin embargo, dispuesto a que todo quedase en manos del Vaticano; eso no le garantizaba que los templarios fuesen a ser condenados. Así que hizo lo que hace siempre alguien poderoso que sabe que no lleva la razón: poner a trabajar a los abogados.

E hizo bien, porque los finos juristas galos acabaron encontrando una fisura en el derecho procesal canónico que pensaban serviría para que el rey francés metiese el cuezo en la labor de cargarse a los templarios. Según los abogados, la Iglesia tiene potestad sobre una orden, pero no sobre sus miembros. No era el papa, sino la Inquisición (institución nacional, dependiente, por así decirlo, de cada gobierno) quien podía juzgar a las personas por apóstatas, o por herejes, etc. Y, además, puesto que una cosa es una orden y otra sus miembros, aún demostrando los inquisidores que todos los miembros del Temple eran herejes, aún así el papa no podría condenar a la orden por herejía. Motivo por el cual solicitaban del pontífice que, como paso previo a todo proceso personal, disolviese la orden del Temple.

Un retruécano jurídico para liberar los bienes de la orden y poder rapiñarlos a gusto.

Mientras el papa valoraba todos estos argumentos, Felipe decidió una política de fait accompli. Aprovechando que De Molay estaba en París para asistir al entierro de Catalina de Valois, lo hizo detener y, en las siguientes veinticuatro horas, hizo lo mismo nada menos que con 2.000 templarios franceses.

El pliego de acusaciones incluía la historia ésa de la negación de Cristo y lo de los lapos en el crucifijo, además de otras acusaciones menos edificantes. Según las mismas, el neófito era obligado a desnudarse, momento en que la persona designada como receptor del nuevo templario le besaba en el principio del culo, en el ombligo y en la boca. El nuevo templario debía hacer lo mismo con el receptor. Según la acusación, los templarios juraban aceptar sin rechistar los deseos de otro templario de echar un cañete. Por último, se les acusaba también de no adorar a las imágenes católicas, sino a un extraño ídolo con barba que, por lo que sé, nunca ha aparecido (aparte el leve detalle de que Jesucristo siempre es representado con barba).

Para cuando el papa quiso protestar por todo este espectáculo, en las mazmorras inquisitoriales francesas se estaba trabajando a toda prisa a los testigos.

En octubre de 1307, el propio De Molay fue interrogado, momento en el que admitió haber renegado de Cristo en su ceremonia de entrada en el Temple, aunque lo de dar o recibir por donde amargan los pepinos lo negó. Las referencias que yo tengo es que esta confesión, que repitió horas después ante un grupo de cardenales, la hizo sin mediar tortura. Pero a mí me cuesta creerlo, dados los acontecimientos posteriores y, asimismo, por el hecho de que dicha confesión no detuvo el tormento de otros templarios menores, signo, para mí, de que la confesión de De Molay era insuficiente.

Conforme fueron tomando fuerza las torturas, las acusaciones se fueron completando. Los templarios fueron acusados de tener prohibido coger con sus brazos a niños que iban a ser bautizados, o acostarse bajo el mismo techo que una mujer (ya sabemos que acostarse con la mujer lo tenían prohibido, pues eran castos) y, paradójicamente, de violar a sus sirvientas.

Aunque posteriormente fueron rectificadas, las acusaciones afloradas en ese primer juicio contra el Temple, celebrado en septiembre y octubre de 1307, corrieron por toda Europa y supusieron un escándalo de tales proporciones, que la orden ya nunca se recuperó ante la opinión pública.

Felipe el Hermoso, considerando que había ganado la batalla, envió una carta a todos los soberanos de Europa, recomendándoles que detuviesen a sus templarios e hiciesen como él. Y, por supuesto, se las prometía muy felices pensando que ya era, virtualmente, dueño de las inmensas riquezas del Temple francés.

Sin embargo, si en la Historia de Europa ha habido alguien experto en hacerse con la pasta de otros, ese alguien ha sido siempre el papa. Clemente tenía una herramienta de la que un rey no sólo carecía sino que, en la medida que fuese un rey católico, tenía que cumplir: la bula. Así pues, dictó una bula por la cual los templarios debían ser detenidos y sus bienes incautados, momento en el cual todas aquellas riquezas, incluidas las afloradas en el curso del proceso francés, pasarían a sus manos.

Al rey francés aquella bula le sentó más o menos como un masaje de ortigas en la hemorroide. Convocó a la universidad de París (una vez más, los abogados) para encontrarle algún agujero a la bula; pero, claro, si algo sabe hacer un papa, es escribir bulas y encíclicas. El papelito no tenía resquicios, pues en pontífice no había dado hilo sin puntada.

El 20 de mayo de 1309, lo que podríamos denominar el gobierno de Francia (no existía tal cosa, pero los que fueron a la reunión con el papa eran los que más se parecían a ello) se reunió con el vicario de Cristo para convencerle de los denodados esfuerzos que el rey Felipe había hecho en pro de la cristiandad, esfuerzos que, a su juicio, le hacían acreedor de recibir algunos eurillos de las plusvalías de los templarios.

El papa reaccionó, nos dicen las crónicas, con gran indignación, y bramó que los templarios no eran aún culpables y que había que dejar a la Iglesia hacer su trabajo. Mientras se quedaba con las riquezas, claro (no puedo evitar apostillar que, en esas condiciones, tampoco yo tendría prisa alguna).

A regañadientes, el rey francés admitió los términos del papa y, algunas semanas después, llevó ante él a los templarios que tenía detenidos para que confirmasen sus declaraciones. El papa había aducido que muchos de ellos habían confesado bajo tortura y que esa declaración, por lo tanto, no podía tomarse muy en serio (por alguna razón que no me explico, para cuando, dos siglos después, la Inquisición española comenzó a apiolarse judíos, conversos y herejes, el Vaticano había olvidado este argumento). Sin embargo, para sorpresa suya, los testigos confirmaron las acusaciones. Bueno, sorpresa, sorpresa, lo que se dice sorpresa… Estaban presos y, lo más importante, sabían que podían volver a ser torturados.

El caso es que el papa, ante las evidencias que el ladino Felipe colocó frente a él, no tuvo más remedio que condenar a los templarios franceses y admitir, por lo tanto, el derecho del rey a incautarse de sus bienes. Se convocó para 1.310 con concilio en Viena, en el que la orden del Temple debería justificarse.

La investigación contra la orden en sí quedó en el ámbito del papa, mientras que la de sus miembros la harían los obispos (es decir, los poderes temporales de cada país). A partir de agosto de 1309 comenzaron las investigaciones en paralelo, el papa por un lado, y los clérigos, asistidos por los poderes del rey de Francia, por su lado. Éstos siguieron deteniendo templarios y torturándolos.

El caso es que todo aquel montaje exasperaba a Felipe, pues había podido embargar los bienes de la orden, pero todavía no eran totalmente suyos, no hasta que la orden fuese disuelta. Por ello, en mayo de 1310 convocó él un concilio en Sens, bajo la presidencia del obispo de París, Felipe de Marigny. Dicho concilio condenó por relapsos a 54 templarios que habían abjurado de sus autoacusaciones, y los quemó vivos. O sea, envió un mensaje a todo el Temple francés: aquí el que niegue lo de los esjarros al crucifijo va a la hoguera. Et vive la France!

Comenzó a haber codazos en los palacios inquisitoriales. Los templarios acudían en masa a confesar. Eso sí, esto ocurría sólo en Francia. En Portugal, España, Alemania e Inglaterra, extrañamente, no se producían estas confesiones espontáneas.

El Vaticano celebró su concilio vienés el 16 de octubre de 1311. En el mismo, el papa proclamó la bula Vox in excelsis la cual, entre otras cosas, dice:

El Consejo de la mayoría de los cardenales ha llegado a la conclusión de que la orden del Temple, en sí, no puede ser condenada en derecho, pues no ha sido inculpada en su totalidad. Pero como sería un escándalo que una orden con mala fama continuara subsistiendo, con lo cual ningún hombre de bien ingresaría en ella; puesto que muchos de sus miembros han confesado graves delitos y ya que sus bienes están en difícil situación y que, conforme a la opinión de la mayoría, el asunto no puede demorarse, se disuelve en virtud de provisión papal y se reserva la disposición de las personas y sus bienes.

Genial pieza ésta de justicia vaticana. O sea: no sé si eres culpable, pero como otros dicen que lo eres y eso hace pupita a tu imagen, voy y te disuelvo (corolario: entre difamador y víctima, elijo al difamador). Y dos, y que no falte: la pasta para mí.

Luego pasaron siglos preguntándose sobre las razones de la eclosión del humanismo cristiano y, algunos, todavía se preguntan por qué estaba tan cabreado Lutero.

Los bienes del Temple fueron trasferidos a la orden hospitalaria de San Juan, controlada por el papa. Una vez más, a Felipe le había tangado el santo padre. El rey francés hizo un nuevo intento presentando una factura de gastos por gestión de la cosa así como por haber administrado los bienes incautados, factura que París y Roma pasarían un huevo de años discutiendo.

El 19 de marzo de 1314, el Vaticano condenó a los cuatro grandes dirigentes del Temple (Jacques de Molay, Hugo de Pairoud, Geofroy de Gonneville y Charney) a cadena perpetua. El segundo y el tercero se quedaron calladitos al escuchar la sentencia, pero no así De Molay y Charney, los cuales protestaron vivamente. Como veremos, acabaron en el microondas por ese detalle.

El 11 de mayo se leyó la sentencia públicamente en París, y De Molay y Charney volvieron a decir, a voz en grito, que todo aquello era una capullada. En ese momento, fueron entregados al alguacil el cual, según el derecho de la época, debía entregarlos a la Inquisición para un nuevo proceso, condena y posterior entrega de nuevo al poder civil, pues no sé si sabéis que la Inquisición, en puridad, nunca quemó a nadie; se limitaba a condenar al personal a la hoguera y entregárselo a la policía para que los quemasen ellos.

No obstante Felipe, encabronado y jodido por haberse quedado sin las pelas, no esperó a la sentencia. Hizo llevar a los dos ex templarios a un cadalso frente a la catedral de Notre Dame y, allí mismo, los hizo quemar.

Una de las historias que ha animado más las teorías de mistagogos y otros charlatanes es la tradición según la cual De Molay, ante la pira, vaticinó el fin de la dinastía de los capetos, fin que se produjo, como sabemos, con la decapitación del Luis XVI durante la revolución francesa. Importante chorrada. Es bastante lógico que De Molay, puesto que iba a ser quemado vivo por el rey, no le fuese muy partidario; así pues, tampoco es tan extraño que vaticinase el fin de él y de su familia. Si dicho fin se produjo cuatrocientos y pico años después, no parece una predicción muy acertada. Yo mismo puedo predecir en el presente post que algún día la familia del presidente del gobierno sufrirá de molestísimos picores; en 400 años, anda que no hay tiempo para que algún Zapatero pille una urticaria.

En España, la cosa fue de forma diferente. El reino de Navarra masacró a los templarios, dada su cercanía con Francia. Cataluña, Aragón y Valencia emitieron sentencia el 4 de noviembre de 1312, proclamando los templarios absueltos y libres de toda sospecha (al estar la orden disuelta, los bienes del Temple pasaron a las órdenes de Montesa y de San Juan). Castilla y Portugal también absolvieron a sus templarios con fecha 21 de octubre de 1310. Los bienes portugueses se fueron a la orden de Cristo; los de Castilla se los apioló la corona.

Fue, pues, una movida por lo de siempre: por la pasta. Y, sinceramente, no creo que los legajos que ahora el Vaticano va a hacer públicos cambien eso.