miércoles, septiembre 03, 2008

Ruanda (y 2)

Fuera quien fuera el organizador de la muerte de Habyarinama, los hechos dejan claro que los hutus estaban esperando la oportunidad de comenzar sus acciones, porque obraron de forma muy ordenada. En las primeras horas tras conocerse la noticia, los más prominentes políticos hutus moderados fueron asesinados, acción tras la cual la Ruanda hutu cortó el último cordón umbilical que le podía unir a una mínima cordura. Esta matanza de hutus no suficientemente anti tutsis debería empezar por la primera ministra hutu, Agata Uwilingiyimana, la cual, sin embargo, fue protegida en su residencia. La buena señora, creyendo que la realidad era otra de la que era, rehusó huir confiando en que podría lanzar un mensaje radiado a su pueblo. Cosa que, claro, no logró. A pesar de que estaba protegida por paracaidistas belgas, acabó huyendo por el jardín con su marido, para ser literalmente cazada al día siguiente.

A partir de ahí comenzaron las matanzas masivas de tutsis.

El 9 de abril, tropas francesas aterrizaron en Kigali, formalmente para proteger la embajada y a los residentes franceses. Pero no es exactamente así. Los franceses también fueron a Ruanda a proteger a los miembros del clan de los akazu, situado en el epicentro del odio que se había desatado. Miembra conspicua de aquel clan era la señora Kanzinga, la cual, con todos los pronunciamientos de monsieur Mitterrand, ese demócrata [de blancos, bien sur], acabaría volando a París y recibiendo 40.000 dólares en el aeropuerto para sus gastitos. Otro de los protegidos por los inventores de la cosa ésa que empieza por l, la que va detrás y empieza por e, y la tercera y última que empieza por f, fue Ferdinand Nahimana, director de la Radio de las Mil Colinas, que había sido, y siguió siendo, el principal centro de difusión de mensajes que, simple y llanamente, llamaban a la población a matar tutsis.

Nadie, absolutamente nadie en los centros de poder y la información diplomática, puede decir que no supiera de qué iba aquello. Con fecha 8 de abril, el blanco mejor informado de lo que pasaba en Ruanda, el triste general Dallaire, telegrafió a Nueva York dejando bien claro que lo que estaba pasando era una acción totalmente planeada de la que formaban parte los efectivos de la Guardia Presidencial ruandesa. En el activo de este valiente militar hay que anotar también el mérito de que siempre se negó a abandonar Ruanda, incluso estando en las condiciones de mierda en que estaba; ello a pesar de que una vez llegó a ser conminado a ello por el mismísimo Boutros-Ghali al teléfono.

El 12 de abril Bélgica, que había registrado las pérdidas de los paracaidistas que protegían a la primera ministra y que fueron asesinados, anunció que dejaba la misión de la ONU. Esta decisión dejó a cientos de personas sin protección y no les dejó más destino que tapizar las carreteras con sus cadáveres. La decisión de los belgas movió, además, al Consejo de Seguridad de la ONU (que más bien debería llamarse el Consejo de Yo Me Toco los Cojones) de retirar la Unamir, es decir la misión de paz; en el momento de dicha decisión, la vida de 30.000 personas aún dependía de los hombres del general Dalladier.

Los asesinos de aquellos días estaban tan ocupados que tuvieron que cortar el tendón de Aquiles de muchas de sus víctimas para evitar que se escapasen, porque no tenían tiempo de matarlos en las siguientes horas. Muchos de los refugiados que fueron abandonados por los soldados de la ONU pedían a los cascos azules que les dispararan, pues consideraban mejor destino aquél que el que les esperaba. Igual que algunos judíos, durante los progromos en España de finales de la Edad Media, arrojaban a sus bebés contra las parades para reventarles el cráneo antes de que fuesen torturados por los cristianos, muchos padres y madres tutsis ahogaron a sus bebés en los ríos con sus propias manos para que no cayesen en poder de los hutus. Un superviviente tutsi ha dejado dicho que nunca olvidará el rostro de su hijo adolescente, que extendía los brazos hacia él desde el fondo de la fosa donde lo estaban enterrando vivo.

Todo eso pasaba mientras nosotros veíamos la tele.

A finales de abril, la tragedia llegó a su segundo acto. Desde el norte del país, las milicias tutsis de Paul Kagame avanzaron hacia la capital; y entonces fueron los hutus los que se dieron cuenta de que debían huir a Tanzania si no querían ser pasto de los buitres. Curiosamente, fue cuando las carreteras de Ruanda se llenaron de hutus cuanto el mundo blanco comenzó a darse cuenta de que algo pasaba en Ruanda, y los editores de los telediarios empezaron a pensar que había que darle algo de espacio a aquella merienda de negros. Eso sí, en la ONU seguía sin pronunciarse la palabra genocidio. Habían muerto ya más de medio millón de personas en el espacio de un par de semanas; pero eso, para los diplomáticos, y muy especialmente para los franceses, no era sino el resultado de una guerra civil. Mitterrand y los suyos trataban de que no entrase a funcionar la Convención sobre Genocidio de 1948, según la cual, en el momento que éste se produjese, la ONU tendría que actuar sí o sí.

El 7 de junio, es decir un mes después de que las matanzas masivas comenzasen, Boutros-Ghali, propuso que la Unamir recibiese más efectivos. Difícilmente se puede ser más cínico. No obstante diez días más tarde, cuando se reunió de nuevo el Consejo de Seguridad, las evidencias sobre lo que estaba pasando en Ruanda eran ya tantas y tan grandes, que ni la ONU pudo negarse a enviar una nueva misión de paz, la llamada Unamir 2, razonablemente dotada con 5.500 efectivos. No obstante, Naciones Unidas no había hecho el más mínimo plan logístico para este envío, lo cual en la práctica lo convirtió en papel mojado. Además, hay que tener en cuenta que los jerifaltes de esta des-organización, temiendo que sus soldados pudiesen quedar en el fuego cruzado entre tutsis y hutus, decidieron que el desembarco de la mayoría de las tropas se produjese en la periferia del país, donde se establecerían zonas seguras… para quien lograse llegar a ellas, claro.

Entre tanto, las milicias del RPF pro-tutsi, o más bien anti-hutu, habían tomado ya gran parte del país y obligado al gobierno a salir echando leches de Kigali y refugiarse en Gitarama, ciudad que finalmente fue también tomada por el RPF, lo cual dio la señal de que el llamado gobierno provisional estaba a punto de espicharla. Pero, claro, el gobierno provisional tenía una carta en la mano: era profrancés. El 14 de junio, el demócrata de-tout-la-vie Paquito Mitterrand aprobó el envío de tropas francesas a Ruanda, hecho éste que se producía seis días después de la autorización para Unamir 2; es decir, los franceses decidieron, y nunca mejor dicho, hacer la guerra por su cuenta. El ya multicitado general Dallaire dijo por activa y por pasiva que esta Operación Turquesa (así la bautizaron en París) era una coña marinera cuyo objetivo no era evitar la catástrofe humana, sino apuntalar al gobierno provisional que apoyaba precisamente dicha catástrofe. Aún así, cuando Francia ofreció sus tropas a la ONU, ésta las aceptó. Así, tropas francesas cruzaron la frontera ruandesa desde Zaire, siendo recibidas por los hutus como héroes. Su misión, sin embargo, no pudo llevarse a cabo. Ellos querían retomar Kigali, pensando que tenían para ello que apagar un pequeño incendio forestal; pero se encontraron hasta el último bosque de pinos desde Asturias hasta Cádiz ardiendo por los cuatro costados. En defensa de no pocos miembros de aquella misión debe decirse que no fueron, en efecto, pocos los que, a la vista de lo que realmente había pasado, se volvieron contra sus grandes jefes, arguyendo que a ellos se les había contado que estaba habiendo una matanza entre hutus y tutsis, no lo que realmente estaba pasando, esto es que los hutus estaban perpetrando una matanza de tutsis.

El 4 de julio, las tropas de Kagame tomaron Kigali. A continuación, los hutus comenzaron un éxodo a Zaire, que afectó a un millón de personas, más o menos. Y aquí se vio lo importante que son hoy en día los medios de comunicación. Porque durante los días en los cuales los radicales hutus mataban a machetazos a niños de seis años o violaban por turnos a sus hermanas de diez antes de degollarlas, no hubo ningún valiente reportero que tomase imágenes de ello; y ya se sabe que ojos que no ven, Occidente que se toca los huevos. Eso sí, cuando los hutus huyeron a Zaire, en centenares de miles, y montaron allí sus campos de refugiados, las cámaras de las televisiones mundiales acudieron en masa y distribuyeron imágenes que, ahora sí, abrieron los informativos del mundo entero. El presidente norteamericano, Bill Clinton, dijo entonces que aquello era la catástrofe humana más grave de la generación presente; o sea, que o a Clinton le molaban los hutus, o nadie le había informado de lo que había pasado antes.

Pocas semanas antes de escribir estas notas, el Ministerio de Justicia ruandés ha hecho público una investigación sobre la implicación de Francia en las matanzas hutus. Obviamente, es un informe de parte y, como tal, ha sido contestado desde el otro lado de la trinchera. Sin embargo, las acusaciones están ahí, como lo están los muertos.

Llama la atención cómo los informes, investigaciones y conclusiones varias sobre hechos que costaron, no 90.000, sino más de medio millón de vidas, conciten nuestro interés de una forma tan escasa. Las matanzas de Ruanda se realizaron sobre el cuerpo y el alma, si es que existe, de tres cuartos de la población tutsi de aquel país; no creo que en la Historia del mundo haya muchos ejemplos más de una limpieza étnica de ese calibre.

Ya que tanto se habla ahora de la educación para la ciudadanía, pienso yo que esta historia que he querido torpemente explicaros aquí debería contarse en todos los colegios. Contarse hasta las lágrimas, hasta conseguir amargar el almuerzo de ese día de quienes la escuchasen. Y pienso eso porque también pienso que lo más increíble de las matanzas de Ruanda es que pudiesen desarrollarse durante aproximadamente tres semanas en las cuales todos nosotros nos dedicamos a jugar al paddle, ligar con Mari Puri o simplemente ponernos hasta el culo de cerveza. Medio millón de muertos de todos los sexos, de todas las edades; centenares de personas amontonadas en las iglesias donde los propios sacerdotes flanquearon el paso de sus asesinos para que los masacrasen frente al altar (ole con ole el Vaticano… ¿o es que era anglicano el arzobispo Nsengiyumva?); niños muertos a machetazos delante de sus madres que en ese momento eran violadas; personas amontonadas en corrales como corderos y asesinadas sistemáticamente, lenta y parsimoniosamente; todos esos hechos, a nosotros, no nos amargaron ni medio minuto.

Y podremos pensar muchas cosas. Pero la verdaderamente cierta es ésta: si fue así, si nos importó una mierda, si no le dedicamos ni atención ni tiempo ni interés, fue por una sola razón básica.

Al fin y al cabo, sólo eran negros.

lunes, septiembre 01, 2008

Ruanda (1)

Puedo contar la Historia más triste esta noche. Y es verdad que, difícilmente, puedo pensar en mover los dedos para contar una historia peor que la que esta vez voy a tratar de resumiros. Pues no hay peor historia que la de los genocidios y, quizá, no hay peor genocidio que el que hoy se os relata. En la Alemania de Hitler murieron más personas. Cierto. Pero necesitaron cuatro años para morir. Matar a entre medio millón y 800.000 personas en el espacio de unas semanas es un triste record que sólo un momento histórico ha alcanzado. Y ojalá que así siga siendo.

Ruanda y Burundi son los nombres de dos antiguos reinos africanos que, en el siglo XIX, cayeron bajo la dominación colonial belga; Bélgica se acostumbró a verlos como un todo y nombrarlos, por lo tanto, con los dos nombres seguidos: Ruanda-Burundi.

Los habitantes de Ruanda y de Burundi hablaban ya entonces el mismo lenguaje, tenían las mismas costumbres y vivían completamente mezclados. Y, sin embargo, se odiaban. Los ruandeses y burundianos se subdividían en una mayoría de etnia hutu y una minoría de etnia tutsi. Los primeros eran fundamentalmente agrícolas; pero los segundos, en algún momento de su pasado, se habían pasado a la ganadería, una actividad más lucrativa que les dio más riqueza y más poder y les fue convirtiendo, paulatinamente, en una poderosa minoría dirigente.

Cuando las potencias coloniales llegaron a estas tierras encontraron gran utilidad en mantener y, más que mantener, fomentar esta división. Recordar a los tutsis que eran tutsis, convencerles de que por mucho que siglos de matrimonios comunes hacían prácticamente imposible distinguir unos de otros no había color, y nunca mejor dicho, entre un hutu y ellos, les venía de perlas. De esta manera, alemanes primero, y belgas finalmente, consiguieron consolidar una élite dirigente que les tuviese manejado el cotarro. Como una consecuencia de ello, a principios del siglo XX, los belgas introdujeron en ambos países un sistema de identificación con tarjetas que especificaban, para cada ciudadano, su condición de hutu o de tutsi. Más allá, llegó el apartheid. Tutsis y hutus estudiaban en escuelas diferentes; y unas eran considerablemente mejores que las otras. Así pues, si hubo alguna oportunidad, difícil ciertamente, de que hutus y tutsis acabasen por olvidar por sí solos las diferencias entre unos y otros, los belgas acabaron con ella.

Los años cincuenta son los años de la Guerra Fría y de la ola de la negritud en África; la toma de conciencia sobre el poder de las distintas sociedades. Los hutus no permanecieron ajenos. En dicha década, un grupo de hutus publica un documento, el conocido como BaHutu Manifesto, que es el primer mojón contra una situación hasta entonces bien consolidada. Para entonces, los belgas ya estaban asustaditos con la que habían montado, y propusieron que la distinción entre hutus y tutsis desapareciese, por ejemplo de los DNI. Tarde. Para entonces, los hutus habían desarrollado una fuerte identidad hutu, y por los cojones treinta y tres iban a aceptar ser lo mismo que los asquerosos tutsis.

En noviembre de 1959, un activista hutu recibió una mano de hostias de una pandilla de tutsis de mano larga. Fue el principio de una pequeña revolución en la que los hutus, considerable mayoría (en orden aproximado de seis hutus por cada tutsi), se apiolaron todos los negocios de los tutsis y mataron a varios centenares de ellos, provocando la primera emigración masiva de refugiados a los países vecinos. Algunos de estos refugiados aún no habían vuelto al doblar la esquina el siglo XX.

Los belgas no optaron por intentar resolver el problema. Eso habría sido mucho curro. Lo que hicieron fue, simplemente, cambiar de bando. Cesaron a altos funcionarios tutsis y pusieron hutus en su lugar. Éstos, una vez que tuvieron la porra en la mano, la usaron sin recato para abrir cráneos tutsi. Más de 100.000 tutsis salieron por la frontera y se calcula que 10.000 no pudieron salir por ningún lado salvo el Purgatorio, porque fueron masacrados. Cabe llamar la atención sobre el hecho de que 10.000 muertos, en 1962, provocaron en Occidente la reacción que sucintamente se describe tras los siguientes dos puntos: .




En 1962, el lider hutu Gregoire Kayibanda se convirtió en el primer presidente de la república ruandesa independiente. En Burundi permaneció la monarquía tutsi.

Casi treinta años duró esta paz que, en realidad, era una guerra larvada. El propio presidente Kayibanda se pasaba por el arco del triunfo ese principio básico en política de que al poder te llevan los que te llevan; pero, una vez en el poder, gobiernas para todos; y decía cosas como que los hutus no podían sentir simpatía alguna para con los tutsis. Esto, sin embargo, mientras el PIB ruandés avanzó a tasas superiores al 5%, no se notó. Sin embargo, el gobierno hutu era un gobierno africano más: corrupto, desordenado y tal. En la década de los noventa, la resistencia contra dicho gobierno se fue compactando y haciendo mayor. Y la minoría gobernante hutu, rápidamente, se dio cuenta de que tenía en la mano una jugada que se ha visto muchas veces en la Historia y, desde luego, en la portada de cualquier periódico: cuando quieras que tu votante o supporter mire para otro lado, busca un enemigo, señálalo con el dedo, y hazle responsable de todos tus males. De esto, personajes como el senador McCarthy, o el Kremlin, o Sabino Arana, saben un huevo.

Kayibanda ya había dejado claras sus intenciones en 1962 mediante la detención y ejecución de veinte políticos tutsis, a los que consideró culpables de los movimientos realizados fuera de Ruanda por los refugiados tutsis, olvidando el pequeño detalle de que si eran refugiados, y si estaban fuera del país, era porque él y los suyos les habían quemado la casa y violado a las hijas.

En Burundi, mientras tanto, los tutsis reinaban, en un ambiente que era todo menos pacífico. De los tres primeros ministros que tuvo el país, dos murieron violentamente. En 1966, hubo un golpe de Estado militar tras el cual llegó al poder un capitán tutsi, Michel Micombero, el cual, a la vista de lo que había pasado en el 62, se propuso devolverle la pelota a los hutus y borrarles del mapa de Burundi. En 1972, los hutus se alzaron en armas contra él, dándole la última disculpa que necesitaba para sacar el machete a trabajar. Las tácticas de Micombero recuerdan a las de otro insigne huésped del siglo XX, Pol Pot. Si Pol Pot mataba a la gente por el simple hecho de llevar gafas (pues eso significaba que sabían leer, y por eso había que mandarlos al otro mundo), Micombero se llevó por delante a todo hutu que supiese juntar dos letras, fuese profesor, clérigo, funcionario, enfermera o comerciante. Se estima que Micombero se llevó por delante a 200.000 hutus y provocó el exilio de otros tantos.

¿Occidente? Qué mala suerte. Cuando le llamaron, Occidente comunicaba.

Ni qué decir tiene que Kabiyanda vio su violento cielo abierto. Entre otras cosas, la legislación ruandesa estableció que en cualquier sitio, desde la función pública hasta cualquier negocio privado pasando por la propia escuela, los tutsis no podían pasar del 9%. No obstante, esto no le valió para mantenerse en el poder. En 1973, un militar, Juvenal Habyarinama, dio un golpe de Estado y le echó del poder. Si Kabiyanda era un hutu del sur, Habyarinama era un hutu del norte. De hutu a hutu… cada vez estamos más cerca de la casilla de La Muerte.

Habyarinama montó en Ruanda una dictadura negra africana al viejo estilo. El personal, por no tener, no tenía ni libertad de residir donde le petase. Todos los puestos importantes del Estado, y muy especialmente del ejército, fueron ocupados por paisanos del presidente, es decir de Gisenyi. Su mujer, Agata Kanzinga, la Carmen Polo de Habyarinama pero a lo bestia, ejercía el poder en la sombra mientras se cubría el riñón como si le hubiese tocado el bote del Euromillones durante siete semestres seguidos. Claro que eso duró hasta que, en los años ochenta, el precio internacional del café comenzó a darse la hostia. A finales de la década, además, conforme a la URSS llegó Gorvachov y tal y se empezó a ver que la Guerra Fría seguía Fría pero ya no era Guerra, a las potencias occidentales comenzó a dejar de gustarles que sus amigos africanos fuesen en realidad unos hijos de puta y comenzaron a presionarles para que convirtiesen sus países en democracias. Lo cual debe de ser como intentar convencer a un tigre salvaje a que se avenga voluntariamente a alimentarse de coles de Bruselas.

Las cosas se comenzaron a poner de cara para los tutsis. En enero de 1986, Yoweri Museveni tomó Kampala, la capital de Uganda, y mandó a tomar por culo a otro demócrata de toda la vida, Idi Amín Dadá, aquél al cual los israelitas arrearon una hostia en todo el bebe con la famosa Operación Entebbe. La cosa es que la gran mayoría de los soldados que tomaron Kampala eran tutsis. El número dos de aquella armada, Fred Rwigyema, era tutsi. Y tutsi era el líder de todos ellos, Paul Kagame, a día de hoy presidente de Ruanda. Hasta 4.000 tutsis acabarían desertando del ejército ugandés, con armas y bagages, y entrando en Ruanda, en octubre de 1990, en una operación en la que los hutus les dieron hasta en el velo del paladar. Pero, claro, la guerra estaba servida.

Un momento ideal para que una potencia occidental tomase cartas en el asunto y hubiera puesto paz.

Sin embargo, esa potencia de referencia ya no era Bélgica. Los belgas, desde la llegada de Habyarinama, habían dejado de ser los amiguitos. El presidente tenía otro primo de Zumosol, un primo un tanto paranoico y, a ratos, para qué decirlo con otras palabras, agilipollado.

En el siglo XIX, en la batalla de Fashoda, los británicos consiguieron su posición preeminente en el África Negra frente a los franceses. Francia hace dos tipos de cosas con las batallas que pierde: o bien las olvida a los dos minutos, para no volver a recordarlas nunca; o bien no las olvida jamás. Para los tiempos en los que Felipe González llevaba ya ocho años gobernando España, Francia aún se acordaba de Fashoda; lo cual quiere decir que todavía tenía ganas de devolverle el golpe a los británicos. Ruanda era un lugar de teórica influencia británica. Por eso, Francia jugó fuerte. Su presidente, el socialista François Mitterrand, le llamaba mon ami al cabronazo ruandés y le daba palmaditas en la espalda. Y más aún. Cuando Habyarinama se sintió amenazado por la invasión tutsi, accedió a despachar tropas francesas a Ruanda. Esta estrategia fue diseñada a través de una llamada Célula Africana existente en el palacio del Elíseo, al cabo de la cual estaba Mitterrand II, o sea Jean-Cristophe, el hijo del presidente. Se dice que dijo, al comentar el envío de tropas, que todo el follón duraría, todo lo más, dos o tres meses.

Vaya par de cráneos previlegiados, el padre y el hijo.

Llama la atención que otro ínclito presidente francés, Valery Giscard d’Estaing, otro campeón de la democracia, fuese denostado por los franceses por ser amigo de otro ilustre dictador africano, Bokassa, el cual le regaló unos diamantes; y, al mismo tiempo, nadie parezca acordarse de estas extrañas amistades del señor Mitterrand, a pesar de ser un demócrata de toda la vida (esto, claro, aceptando barco como animal acuático y considerando que el régimen pro nazi de Vichy fuese una democracia).

Le guste o no a quienes piensen que don Juan Francisco es tan inocente como puede serlo un francés que manda, llegar las tropas francesas y estabilizarse el frente de guerra fue todo uno con el inicio por parte de Habyarinama de una represión sistemática contra la minoría tutsi de Ruanda. En las primeras horas de su actuación, encarceló, sólo en la capital Kigali, a 13.000 tutsis y hutus críticos con su figura. Los tutsis murieron a centenares mientras que Francia (Liberté, Egalité, Fraternité… pour moi) proveía a quienes eso hacían de armas y asistencia técnica.

No obstante, algo se movía en Ruanda, y en Occidente. Para entonces, que la economía ruandesa llevaba ya bastantes años de culo y cuesta abajo, el país dependía de la ayuda exterior. Los países donantes, conscientes de su poder, exigieron de Habyarinama la instauración de una democracia. A regañadientes, el presidente aceptó. Las fuerzas hutus que entraron en el gobierno de coalición quisieron entablar negociaciones con la RPF, la fuerza armada tutsi de Kagame. En 1992, lograron arrancar un alto el fuego.

No obstante, la señora Kanzinga y otros de su ralea manejaban por detrás. Bajo la apariencia de una evolución a la democracia, crearon un partido político ultrahutu, la Coalition pour la Défence de la Republique CDR, y comenzaron una campaña de propaganda feroz contra los tutsis. Los movimientos de esta red fueron conocidos rápidamente por los diplomáticos occidentales, algunos de los cuales enviaron informes a sus metrópolis advirtiendo de que se preparaba una buena ensalada.

Occidente, sin embargo, como sabemos bien, no se levanta de la cama por menos de 500.000 muertos. Eso si hablamos de muertos negros, claro.

Ya en 1992 hubo algunas matanzas organizadas en las que murieron centenares de personas; poca cosa a la luz de lo que pasó después. Sin embargo, en la superficie lo que más parecía funcionar era la presión de los donantes, ya que en 1993 Habyarinama firmaba con el RPF los llamados los llamados Acuerdos de Arusha, un acuerdo de paz entre hutus y tutsis que está hoy en el centro de la organización política de Ruanda. Estos acuerdos incluían, por primera vez, el despliegue de una fuerza de paz de Naciones Unidas.

Esto ocurrió en agosto de 1993. En junio, apenas unas semanas antes, en Burundi había ocurrido algo histórico, pues se había elegido el primer presidente hutu, Melchor Dyadaye. Consciente de gobernar sentado sobre un avispero, fue moderado; entre otras cosas, nombró a un tutsi primer ministro. Pero no le sirvió de nada. Una pandilla de tutsis demócratas-de-toda-la-vida lo secuestró y lo envió a hacerle compañía al profeta Elías. Acto al que siguieron una serie de matanzas en las que perdieron la vida 150.000 hutus y tutsis, y el doble de dicha cifra tuvo que huir a Ruanda.

Occidente, y muy especialmente París, a verlas venir.

Difícilmente se puede imaginar un movimiento tutsi más torpe que el asesinato de Dyadaye. Hasta los hutus más moderados se les pusieron en contra. La propaganda anti tutsi en Ruanda alcanzó proporciones brutales.

Todo esto lo tenía que solventar Naciones Unidas. Pero, claro, una organización, antes de aspirar a resolver nada, debe funcionar. Y no es el caso.

En primer lugar, para entonces estaba al frente de la ONU un personaje, el egipcio Boutros Boutros-Ghali, de cuyas ambiciones ante la Historia no cabe dudar, pero que tenía menos cintura que Alexanco. En segundo lugar, estaban los Estados Unidos, que de toda la vida han mandado en la ONU un huevo, y que no querían grandes alharacas en Ruanda. El jefe de los cascos azules, el canadiense Romeo Dalladier, opinó que los cascos azules, para ser efectivos, no debían de ser menos de 4.500 (otros militares elevaban ese mínimo hasta 8.000). Pero le dieron 2.548, pobremente armados, inexpertos y desmotivados. En enero de 1994, Dalladier envió un informe por escrito señalando que los ataques que se producían en Ruanda estaban claramente organizados y centralizados; que por lo tanto era una fuerza organizada la que los estaba llevando a cabo, y solicitando nuevos refuerzos. Más aún: ese mismo mes de enero, un comandante hutu que quería desertar, Jean-Pierre Twatzinze, se lo contó todo al comandante belga en la zona, Luc Marchal: que se habían hecho listas de tutsis para los progomos. Que las células de hutus habían sido distribuidas por el país. Que había planes incluso para matar a representantes belgas pues ya se sabe que a ríos [de sangre] revueltos, ganancia de hijos de puta.

Dalladier, informado por Marchal, envió un telegrama a Nueva York informando de su intención de realizar una operación sorpresa sobre los arsenales de los hutus, para dejarlos sin qué agredir. Los Boutros Boutros-Ghali boys, sin embargo, dijeron que ni de coña. Y no parece que se hayan sentido en la necesidad de explicar por qué. Aunque cabe adivinar que la reciente cagada de Somalia (el famoso Black Hawk, derribado) tuvo algo que ver en las escasas ganas que los jerifaltes de la ONU tenían de meterse en otro fregado.

El 6 de abril de 1994, Juvenal Habyarinama acudió a Dar es Salaam, a una cumbre de líderes africanos. Una vez más, escuchó un aluvión de críticas por sus escasas ganas de aplicar los acuerdos de Arusha. Quizá encabronado por tanto puteo, decidió volver a su casa esa misma noche. Nada más tocar tierra en el aeropuerto de Kigali, dos misiles impactaron en el aparato. De los pasajeros no quedaron ni las ortodoncias.

A día de hoy, que yo sepa, hutus y tutsis siguen guerreando, esta vez en las estanterías de las librerías, sobre la autoría de este atentado. Todo cabe. Que la muerte de Habyarinama fue oro molido para los hutus, que así pudieron iniciar su genocidio, es cierto; que los tutsis habían hecho ya tonterías del mismo calibre, también.

Lo importante es que una cancela se había abierto. Y, por su agujero, una de las ponzoñas más pútridas de la Historia del ser humano estaba a punto de desbordarse.

viernes, agosto 01, 2008

De vacaciones

Hoy este blog se va de vacaciones hasta algún momento de finales de agosto. En realidad, es un poco absurdo esto de las vacaciones blogueras porque en vacaciones es precisamente cuando más leo, lo cual quiere decir que también es cuando más produzco. No obstante, tiene su sentido teniendo en cuenta que luego septiembre es siempre un mes difícil, así pues es más cómodo hacer como la hormiga del cuento, acaparar ideas y apuntes durante los días de la canícula, y luego regresar con nuevos bríos.

La nueva temporada traerá pocas novedades. Alguna, sin embargo, tiene su aquél. Me gustaría aderezar algunos artículos, o series de artículos, con alguna entrevista a personas que, por alguna razón, están cercanas al conocimiento del que se ha escrito. Hay algún proyecto ya en marcha, así pues pronto todos veremos el resultado.

Otra cosa que me gustaría hacer es recabar vuestra propia colaboración. Los datos sobre audiencia que veo en el Analytics apuntan a que este blog tiene cierta población flotante de lectores habituales, entre los que dabe entender que habrá de todo, porque el gusto por la Historia es un mosquito que puede picar a gentes de letras y ciencias por igual. A veces, cuando estudias la Historia, te encuentras con cosas que sería interesante poder analizar con ayuda experta. Conforme se me vayan presentando, es posible que lance al éter alguna petición, por si alguien quiere colaborar.

Mientras tanto, reposemos todos. Ha sonado la hora de ganar un par de kilos.

domingo, julio 27, 2008

De cómo un Cid británico le hizo una llave de judo a Franco

No he tenido la suerte de pisar Huelva nunca. Pero si alguna vez lo hiciese, me gustaría visitar su cementerio de La Soledad, para buscar allí la tumba de William Martin. El mayor William Martin, muerto en acto de servicio. Supongo que el consulado británico estará pagando todavía las cantidades necesarias para poder poseer esa tumba, pues esa tumba, ahí donde la veis quienes la visitéis, es el recordatorio que nos queda de una de las acciones más curiosas de espionaje producidas en la segunda guerra mundial. Una acción de inteligencia que bien podría ser descrita como una llave de judo. No es que yo sepa mucho de judo. La verdad es que no sé nada. Pero alguna vez he leído, y por lo que veo debe de ser cierto, que el judo es un deporte de lucha en el que, entre otras cosas, utilizas para derribar a tu contrario la fuerza con la que te ataca.

La muerte de William Martin tiene que ver con todo eso. Con darle en todo el bebe a alguien aprovechando la fuerza con que te ataca. Y ese alguien es la España de Franco; la no beligerante (que no neutral, como en error involuntario o deseado se dice muy a menudo) España de Franco.

Veamos. En 1942, en frase de Winston Churchill, giraron los goznes de la Historia. Ocurrió al principio del año, con la victoria rusa en Stalingrado que, aparte de humillar al ejército alemán y hacerle un mogollón de prisioneros, supuso cortar en seco el avance teutón hacia las fuentes del petróleo del Cáucaso; una pérdida logística que haría a Hitler andar corriendo con la lengua fuera hasta el mismo día en que mordió el cañón de su pistola y apretó el gatillo. Pero en 1942 ocurrieron bastantes más cosas que Stalingrado. Por ejemplo, que los aliados se enseñoreasen de África. En buena parte, los alemanes habían preferido dejar media Francia sin invadir y crear la ilusión de que los franceses se gobernaban a sí mismos desde Vichy por eso. Dar la impresión de que Francia soportaba a Alemania voluntariamente le permitía a Hitler aspirar razonablemente a que la guerra no se extendiese al continente africano. Al menos mientras los estadounidenses no entrasen en guerra, claro; pero eso es algo con lo que Hitler contaba, pues existen sobrados testimonios, ahora mismo me estoy acordando de los del médico personal de Himmler, que nos indican que Hitler confiaba en la posibilidad de pactar con los americanos, como dos matones de patio que pactasen para repartírselo.

El 7 de diciembre de 1941, sin embargo, Japón bombardeó Pearl Harbour, y las muchísimas resistencias existentes en EEUU a la entrada del país en la guerra se disolvieron como un azucarrillo. En 1942, con la ayuda americana, comenzó la invasión del norte de África. Es evidente la fama que tiene el día D y el desembarco de Normandía y todo eso, pero lo cierto es que la pérdida del norte de África fue para Hitler un poco como para la República española la caída del llamado Frente del Norte: después de eso muchas cosas pasaron pero, de alguna forma, la guerra ya estaba perdida.

El desembarco de los americanos en el vestíbulo de Europa, además, le creó problemas a Franco. Para cuando ocurrió, el Caudillo llevaba tres años gobernando en España y estaba en lo que los historiadores llaman su etapa fascista, que duró lo que duró su convencimiento de que Hitler iba a ganar la guerra. Requerido por los alemanes para entrar en la guerra pero renuente a hacerlo por considerar que podía costarle el puesto, Franco inició su famosa fase de no beligerancia, curiosa situación en la que dices: yo voy con éste, pero como soy un puto cobarde no voy a pegarme con nadie. España, durante esos meses, fue un interesante campo de acción para los lobbys; el nazifascista pero también, muy significativamente, el británico. No sé si algún día llegaremos a saber con certeza a cuantos generales untó Churchill.

De todas formas, las simpatías de Franco estaban claras con Alemania. Los barcos alemanes repostaban y se reparaban sin problemas en nuestros puertos. Los agentes alemanes se movían por España como Pedro por su casa. Y Alemania era el receptor principal de algunas exportaciones españolas fundamentales, como el wolframio; aunque esta situación empezó a cambiar conforme Hitler perdía terreno y España no tenía más remedio que mirar a los Estados Unidos para conseguir gasolina.

Esta era la situación general cuando los aliados decidieron entrar en Europa. Y decidieron hacerlo por Sicilia. En esta operación, con seguridad, valoraron las posibilidades que una invasión exitosa de la isla le generaría a Hitler. No podían faltarles los informes de que Mussolini ya no era tan popular como años antes, y tenían que tener esperanzas ciertas de que ocurriese lo que ocurrió y es que Italia, una vez que se supo invadida, tratara de cambiar cromos con los aliados (con lo cual lo que consiguió fue ser invadida en toda regla por los alemanes).

En torno a este asunto de Silicia hay mucho mito. O eso creo. Se dice, por ejemplo, que los blindados aliados llevaban la inscripción LL, inscripción que provocaba que todos los sicilianos les ayudasen, al reconocer las iniciales del Charlie Lucky Luciano, quizá el más poderoso capo de la mafia neoyorkina y que había sido trincado poco antes. Nunca he encontrado confirmación seria de estos hechos. Parece ser, eso sí, que el gobierno americano se sirvió de los mafiosos de Nueva York, y de otras poblaciones, para controlar el puerto y hacer que los barcos alemanes, antes de declarada la guerra, tuviesen dificultades. Pero poco más.

Lo realmente importante de la decisión de Silicia es que el enemigo no se enterase. O, mejor, que pensara que la invasión iba a ser por otro sitio. Y aqui es donde entra en escena el mayor William Martin.

Se trataba de hacer que el enemigo recibiese una documentación relativa a la invasión, una documentación falsa, y que la creyese. Para eso hacía falta que todo, como dicen los mafiosos, pareciese un accidente. El servicio secreto británico, con estas premisas, urdió una trama en la cual los alemanes serían informados por sus amiguitos: los españoles. Los cuales eran no beligerantes pero, como hemos dicho, ello no quería decir que no tuviesen sus querencias.

El plan fue éste: un cadáver apareceria en las costas de Huelva; el cadáver de un militar británico. Este cadáver llevaría consigo una serie de documentos demostrativos de que los aliados preparaban una invasión de Europa del Sur comenzado por la isla de Cerdeña. Nada más aparecer el cadáver, el viceconsulado inglés en Huelva debería reclamarle a las autoridades españolas toda dicha documentación, argumentando su interés. Cosa que los españoles harían, sin duda. Eran no beligerantes. Eso sí, como iban de lo que iban, antes la harían pasar por los alemanes, que la copiarían y leerían. Españoles y alemanes, por lo tanto, terminarían derribados en el suelo como consecuencia de la fuerza de su propio ataque.

Se suponía que el mayor William Martin habría sido derribado mientras sobrevolaba el estrecho de Gibraltar, algo que no pocos aviones ingleses hacían por entonces. Y esto planteó el primer problema. Porque los espías británicos sabían muy bien que si tiraban al mar a un muerto sin más éste, al hundirse en el agua, no encharcaría sus pulmones, porque para hacer eso hace falta respirar, y los muertos, por lo general, no respiran. Esto detuvo el plan hasta que encontraron en Reino Unido a una persona joven y recientemente muerta de pulmonía. La pulmonía encharca los pulmones antes de provocar la muerte y, por ese motivo, un muerto de pulmonía podría pasar en una autopsia por un ahogado.

Que yo sepa, no se sabe a ciencia ciérta quién era, en realidad, el mayor William Martin. Pero el espionaje británico consiguió convencer a la familia, la cual cedió el cadáver.

La documentación se preparó con minuciosidad. Al mayor William Martin, que en ese momento se convirtió en un correo humano como tantos hubo en la guerra, se le convirtió en portador de una carta escrita por el jefe de Estado Mayor británico, Archibald Nye, a su segundo, el general Alexander. En dicha carta, Nye se quejaba de no haber conseguido aún lo que quería de los jerifaltes de la guerra. Citaba la posibilidad de realizar la invasión por Grecia pero insinuaba que sería mejor otro punto en el Mediterráneo Occidental. Acto seguido comentaba que iban a tratar de hacer creer a los alemanes que la invasión iba a ser por Silicia.

Para cualquier estratega con dos dedos de frente, era fácil concluir que, si esa informacion era cierta, el punto de invasión con más posibilidades era Cerdeña.

Para reforzar la cosa, el cadáver llamado Martin fue dotado con otra carta, en este caso de Lord Mountbatten (quien luego sería el virrey de la India que le dio la independencia y acabó asesinado por el IRA) a Andrew Cunningham, comandante en jefe del Mediterráneo, en el que le ponderaba las habilidades de Martin pero bromeaba diciéndole que, si no le servía y lo mandaba de vuelta, le hiciese volver trayendo algunas sardinas, pescado muy típico de aquellas islas. La cercanía fonológica con Sardegna (Cerdeña, en italiano) estaba diseñada para hacer picar a los alemanes.

Para las fotos de los documentos de identidad tuvieron que usar a alguien muy parecido al auténtico William Martin. Por mucho que lo intentaron, no consiguieron hacerle ni una foto al cadáver en la que pareciese estar ni medio vivo.

Luego vinieron los adornos. Como para confirmar esa fama del militar británico como alguien siempre algo calavera, adjuntaron una carta bancaria instando al pobre mayor a saldar una inexistente cuenta corriente en números rojos por la nada despreciable cantidad para la época de 80 libras. Incluso le inventaron una novia: Pamela. El día que cayó al mar, el mayor Martin llevaba consigo una carta y dos fotos de su amada; de hecho, es probable que la inteligencia militar británica hubiese algún sentimental: falsificaron la factura de un anillo de bodas y se la metieron en la cartera. Todo eso, más papelitos sin importancia, billetes usados de autobús... el tipo de cosas que todos llevaríamos encima si cayésemos al mar.

El 19 de abril de 1942, el submarino inglés Seraph, en ruta hacia La Valetta, Malta, zarpó con una caja llena de hielo y un cadáver dentro. Diez días después, frente a las costas de Huelva, el cadáver fue soltado en el agua, a las cuatro y media de la madrugada.

Los pescadores onubenses no tardaron en encontrar el cadáver. El 2 de mayo, el vicecónsul inglés reclamó la documentación. Y las autoridades franquistas se la remitieron el 13. El 4 de junio, la prensa inglesa publicó el nombre de William Martin en la lista de caídos en la guerra. Para entonces, el mayor ya había sido enterrado. Pamela envió un ramo de flores.

Hechos: en las semanas siguientes, los alemanes desplazaron una división acorazada a las costas griegas y reforzaron las defensas de Córcega. Cuando la guerra terminó, entre la documentación encontrada por los aliados aparecieron copias de los documentos que llevaba el mayor Martin. Y, más aún, en el diario del jefe de la Armada alemana, Karl Dönitz, éste llega a decir que en opinión de Hitler, «los documentos anglosajones descubiertos confirman que el ataque será dirigido especialmente contra Cerdeña y el Peloponeso».

Uno se imagina a Franco cenando un par de ciruelas en El Pardo. Un asistente militar se acerca y le cuchichea al oído durante un rato largo. Cuando termina, Franco se vuelve y ordena: «Que informen inmediatamente al señor Embajador [alemán, por supuesto]». Y, después, lo vemos terminando su ciruela y pensando: «menudo favor me debe ahora Hitler».

Pues no, mi general. Picaste. Picaste como un gilipollas. Un humilde Cid desconocido te ganó la batalla después de muerto, y a quien pretendías ayudar, en realidad, le hiciste, sin querer eso sí, una putada defcon tres.

Ajo. Y agua.

martes, julio 22, 2008

El follón de Bailén

Si acudís a visitar la página web del ayuntamiento jienense de Bailén, podréis buscar las noticias producidas a finales del mes de junio, hace pues ahora cosa de unas semanas, en las que dicho consistorio se dice hondamente dolido por la comunicación por parte de la Casa Real en el sentido de que no asistirá a los actos del bicentenario de la batalla de Bailén. Yo me he enterado ahora y porque un amable corresponsal me ha enviado la referencia; porque, la verdad, en el estado del conocimiento que tengo de las cosas que pasan (los informativos de la tele y algún periódico), ni me había enterado.


Lo que puedo o quiero decir es que esta negativa no es sino el síntoma de algo más genérico. Ciertamente, este año se cumplen 200 de la batalla de Bailén y, como se puede deducir de lo que acabo de escribir en el párrafo anterior, el aniversario está atravesándonos sin rompernos ni mancharnos. Y tiene poquísima lógica este pasotismo después de que el 2 de mayo hayamos montado la intemerata con el asunto de la rebelión del pueblo de Madrid. Lo del personal apiolándose franceses por las calles del Foro puede quedar muy bien para películas y cuadros goyescos; pero en lo que a la Historia concierne, es decir a la hora de echar o no a los franceses de España, la batalla de Bailén tiene unas setecientas veces más importancia que la rebelión de Madrid. Prueba de ello es que sacó a José Bonaparte de la ciudad, pues tras la derrota la abandonó haciéndose caquita.


Lo cual me lleva a pensar que, quizá, hoy por hoy no nos damos cuenta de lo que significa la batalla de Bailén. Cuando dicho enfrentamiento se produce, Francia es una potencia mundial; España hace ya, como poco, un siglo que no lo es. Francia está regida por un poder centralizado capaz de armar levas, ejércitos, y de llevar al personal tieso como una vela; España no tiene rey y trata de organizarse a través de juntas diversas; y no hace falta que nos extendamos mucho sobre lo que le pasa al poder centralizado cada vez que en este país se otorgan soberanías locales. Francia está considerada como el puño más fuerte del mundo, la Grande Armée, la gallinácea en verso; España, a todo lo más que aspira, es a tocar las narices en acciones pequeñas de desgaste, eso que con los años acabará llamándose guerra de guerrillas. En 1808, Europa iba ya por la cuarta coalición, que se dice pronto, montada para batir a Francia.


Francia era, en ese momento, el Rafael Nadal de Europa; y en Bailén se enfrentó por primera vez con un desconocido contrincante, bajito, moreno y patilludo, de cuya capacidad estratégica se dudaba en todos los cafés de Europa y que tenía más fama de bandolero cabreado que de militar de pura cepa: el soldado español. Ese tenista oscuro, sin historial, sin un mal cuarto de final de Gran Slam que llevarse a la boca, llegó a la final de Wimbledon y al tío mazas al que no le ganaba ni Dios le metió tres sets por la patilla y lo dejó seco.


Bailén es, a mi modo de ver, la victoria de la guerra moderna; ésa en la que la movilidad es algo fundamental. Más de un siglo después, Francia sería invadida por un ejército alemán que, en el fondo, le hizo la misma envolvente, pues avanzó a toda hostia con sus carros de combate cuando lo que se esperaba de tales vehículos es que avanzasen lentamente. En Bailén paso algo parecido, porque la principal virtud del general Castaños fue conseguir que su contincante, el general Dupont, nunca tuviese una idea cabal de dónde estaban las tropas españolas, de lo mucho y rápidamente que se movían.


Si alguien pudiese proyectar una filmación de un ejército antiguo avanzando hacia la batalla, podría ver una interminable sucesión de gentes, carros, mulas y otras bestias de carga, hasta el punto de que en la Edad Media, por ejemplo, no pocas veces los, por así llamarlos, servicios auxiliares del ejército propiamente dicho ocupaban tanto como el ejército (hay que decir que con las tropas se desplazaban burdeles enteros, por ejemplo). Esto no era gran problema en guerras de posiciones, batallas que, más que producirse, se celebraban. La guerra moderna inventa al ejército que se aguanta con dos de pipas y, gracias a ello, es capaz de estar hoy en Málaga y mañana en Malagón. Dupont nunca supo dónde estaba Castaños y Castaños siempre supo dónde estaba la Gran Armada, tan Grande que era imposible no verla.


La extrema movilidad del ejército español hizo que los franceses no tuviesen bien clara la cosa. Iban por Andalucía dándole capones a los resistentes españoles (entrando a saco en Córdoba, por ejemplo); pero, claro, con un ejército tan móvil y una comunidad autónoma tan grande, acabaron dándose cuenta de que al español le era posible meterse entre Madrid y las espaldas de los soldados, cortando la conexión con la capital y poniendo en serios problemas el momio napoleónico. Es por ello que una parte de la armada francesa fue enviada a La Carolina, para garantizar dicha conexión. De esta manera, el invencible ejército francés se cortó un brazo, y fue con ese brazo cortado como Castaños le salió al paso el 18 de julio de 1808 en Bailén, celebrando batalla al día siguiente, tórrido según las crónicas. Fue el verdadero principio de nuestro particular Au revoire, Monsieur.


Bailén es, además, quizá la última gran batalla que España ganó, deslizándose como iba hacia el famoso Perdimos, perdimos, perdimos otra vez. Y es, como la rebelión de Madrid, la victoria de un pueblo. Normalmente, las batallas siempre tienen un cerebro gris que garantiza su victoria. Julio César, Alejandro, Gengis Kahn, Napoleón, Klausewitz, están ahí para reclamar el mérito de victorias que sin su aportación probablemente no lo habrían sido. En Bailén, sin embargo, por mucho que sea cierto que las tropas españolas tuvieron un general, un buen general como Castaños, fue un pueblo el que ganó. Entre otras cosas porque si en ese momento existía el Estado español (y resulta curioso que precisamente en el momento en el que era jurídicamente más dudosa la existencia de dicho Estado fuese cuando sus ciudadanos menos dudaban de ello), lo que no tenía es Jefe. España, en ese momento, no tenía cabeza. Su cabeza fue su pueblo. Lo cual nos lleva al feo detalle de nuestro actual Jefe del Estado.

Creo que la Casa Real haría bien revisando su decisión. Por coherencia histórica y, sobre todo, porque, como ya hemos tenido ocasión de comentar en más de una ocasión, el papel de los Borbones en toda la movida de los franceses en España no es precisamente como para sentirse orgulloso. Ciertamente, en los primeros años del siglo XIX, a España le pasó lo que le ha pasado en la Historia a muchas otras naciones y pueblos, tales como la Galia, o los vecinos de los mongoles, o México, o Cuba: le tocó estar en el patio de atrás de una potencia invasora e imperialista. Desde luego, no fue una coyuntura fácil. Pero nuestros reyes ni pudieron, ni supieron, ni quisieron estar a la altura de las circunstancias.

martes, julio 15, 2008

Tiberio Graco

Este blog está pronto a irse de vacaciones. Queda una quincena de julio en la que creo me voy a dedicar a la dolce far niente con mayor descaro de lo habitual, y en agosto es posible que me asome algún día por aquello de desengrasar los bytes, aunque no lo sé.

La voluntad de descanso, no obstante, sigue combinándose con la pulsión que creó esta esquina de internet, que es la pulsión de contar historias. Hoy me gustaría contaros la del primero de los Gracos. Una historia que tal vez los más provectos de entre vosotros conozcáis bien, porque hubo un tiempo en que los hechos de la Roma clásica eran materia de estudio en las escuelas. Lo cierto es que las generaciones vivas de hoy poco o nada saben de los Gracos, con lo que han olvidado que, para muchos de sus antepasados más cultos, este nombre fue sinónimo estricto de conceptos como libertad, rebelión e, incluso, en algunos casos, revolución.

Tiberio Sempronio Graco fue un miembro notable de la clase patricia romana que realizó lo que los romanos llamaban un cursus honorum, mezcla entre carrera política y funcionarial, casi completo. Fue tribuno de la plebe, edil curul, pretor, cónsul por dos veces y censor. Esto supone que ocupó todas las magistraturas importantes de carácter civil de la República.

Es muy probable que Tiberio Sempronio se casara por amor, por mucho que la conveniencia tuviese también su papel, como era inevitable entre patricios. Y digo que se casó por amor porque eso es lo que cabe sospechar cuando te casas con la hija de uno de tus peores enemigos. Cornelia, en efecto, era hija de Escipión el Africano, y todo en mundo en Roma sabía entonces que cada vez que un Graco y un Escipión se juntaban en la misma habitación, se producía alta tensión como para iluminar la Subura durante un mes.

En el año 137 antes del teórico nacimiento de Cristo (que con cierta probabilidad se produjo algunos años antes de lo que hoy se dice), Tiberio, hijo de Tiberio Sempronio y conocido por la Historia como el primero de los Gracos, comienza su carrera política en España, donde ocupó plaza de cuestor. Sin embargo, tan sólo cuatro años más tarde lo encontramos ya en Roma y nombrado tribuno de la plebe. Su nombramiento no fue en modo alguno casualidad. Tiberio había buscado agarraderas bien fuertes en la familia Claudia, una de las principales de Roma para entonces (a pesar de no ser romanos-romanos, con RH negativo y esas cosas) y que acabaría dando a la Historia un montón de generales y emperadores, como el tartamudo Clau, Clau, Claudio cuyas presuntas memorias se cuentan en los libros de Robert Graves.

Claudio Pulcher, que a juzgar por su cognomen debía de lavarse un par de cientos de veces al día, tenía entonces la carísima distinción de princeps Senatus, o sea el primero de los primeros, el senador de senadores, el cappo di tutti cappi. Y, además, era enemigo de los Escipiones. Tiberio Graco ingresó en esa facción antiescipiónica donde compartió cenas y colaciones con los claudios, los escévolas y, desde que Publio Mucio Escévola dio el braguetazo de casar a su hijo con una miembra [toma ya Ministerio de Igualdad] de la familia de los crasos, también esta familia, conocida por sus riquezas, se arrejuntó a la bandería.

Todo esto funcionaba por amistades y relaciones. Las facciones patricias, cuando llegaban al poder, lo tomaban enterito. En el 133 a.C., ya lo hemos dicho, Tiberio Graco fue tribuno de la plebe; pero al mismo tiempo Mucio Escévola era cónsul.

En principio, todo esto no tendría que ser sino un episodio más de la Historia de la República Romana, formada a veces por una mera sucesión de consulados en las que, como acabamos de describir, las diferentes familias iban tocando pelo, la mayor parte de las veces con la intención de conseguir éxitos militares, llevárselo calentito, o más habitualmente tener éxitos militares mientras se lo llevaban calentito. Tiberio Graco, sin embargo, era distinto. A él le habían formado diversos maestros griegos, alguno de ellos estoico, que le habían llevado por el mal camino de explicarle que en Grecia, nación que entonces tenía la vitola de superioridad intelectual sobre la más pragmática Roma, se llevaban ideas como la soberanía del pueblo y la responsabilidad de los administradores para con la plebe. Ideas complejas y desordenadas que aún costaría cosa de 1.800 años comenzar a imponer.

Graco, además, estaba en una posición ideal para actuar. No sólo era tribuno de la plebe, un cargo bastante goloso, sino que además el gobierno de la ciudad de Roma estaba en manos de su amiguito Escévola porque el otro cónsul, Lucio Calpurnio Pisón, estaba en Silicia tratando de apiolarse a unos esclavos que se habían rebelado (Spartacus es el mito, pero no fue ni de coña el único). Para colmo, la oposición, o sea Escipión Emiliano, estaba en ese momento asediando Numancia, así pues estaba en la comunidad autónoma de Castilla-León.

Influido por esas extrañas ideas griegas, Tiberio Graco hizo un movimiento hacia la igualdad económica de los romanos. Su Lex Sempronia venía a apoyarse en otra alumbrada casi 250 años antes, la Lex Licinia Sexta, por la cual se limitaba la superficie de campo comunal o ager publicus que podía ocupar un solo propietario. De esta manera, Graco pretendía generar excedentes de tierra, que serían soltados por los propietarios que estuviesen ocupando demasiada; excedente que, en los términos de la norma, debería repartirse en pequeñas parcelas para que le tocase la pedrea a mucha gente.

Era una ley cargada de razón. En aquella Roma en la que Tiberio Graco había crecido, los ricos eran cada vez más ricos, pero los menos ricos no sólo eran más pobres, es que cada vez eran menos. Lo cual ponía en peligro la propia supervivencia de Roma pues en Roma, hasta la reforma de Cayo Mario, los soldados salían de la clase campesina (la reforma de Mario consistió en admitir al ejército a los miembros del census capiti, es decir a los putos monos sin familia ni tribu ni leches, o sea los puteros, los borrachuzos y el lumpenproletariado en general). La norma, consciente de que hacer una reforma agraria al modo marxista (es decir, cambiando las relaciones de propiedad) era imposible, actuaba sobre el ager publicus, es decir sobre las tierras del Estado; un terreno en el que la soberanía del Estado era, pues indiscutible.

Consciente de que si la presentaba en el Senado le iban a encular, Tiberio Graco hizo uso de la prerrogativa propia de un tribuno de la plebe de presentar la ley frente a la asamblea del pueblo. Se montó la de Alá es Mahoma. Los partidarios y detractores de la norma se daban de hostias en las calles. Roma se llenó de pintadas. No obstante, numéricamente los partidarios de la ley ganaban claramente, lo cual es lógico porque de toda la vida de dios ha habido más gente pelada que gente sobrada de pasta. Esto movió a los patricios a darse cuenta de que no podían votar en contra de la ley. Pero había más posibilidades. Los tribunos de la plebe, que eran una magistratura creada para garantizar el equilibrio entre los poderes de los patricios y los plebeyos, tenían entre otras prerrogativas la de vetar leyes. Los patricios buscaron a un tribuno compañero de Graco, Octavio, y le convencieron para que vetase la Lex Sempronia.

Ante la situación sin salida que generó la octaviada, Graco decretó lo que el derecho romano conocía como iustitium, una situación en la que toda actividad pública y negocio privado quedaba en suspenso. Luego convocó al pueblo y les explicó algo muy sencillo, o sea:

Paso 1: El tribuno de la plebe existe para defender a la plebe.

Paso 2: Vosotros sois la plebe.

Paso 3: Vosotros queréis la Lex Sempronia.

Paso 4: Octavio ha vetado la Lex Sempronia.

Paso 5: Luego Octavio no ha defendido vuestros intereses.

Paso 6: Pero Octavio es vuestro tribuno.

Paso 7: En consecuencia, Octavio os ha traicionado.

Paso 8: Y, ¿qué debe hacer el pueblo con un representante que le traiciona?

Las 35 tribus plebeyas votaron por darle a Octavio por donde amargan los pepinos o, como diría Quevedo, por el ojo que no tiene niña. Y esa votación marcó un antes y un después para Roma, y yo diría que para el mundo. A ver si consigo explicaros el fondo de la cuestión. Los tribunos de la plebe eran intocables, en virtud de la Lex Sacrata. No podían ser depuestos por nadie, salvo el Senado. La jugada de Graco no estaba prevista, pero eso es así porque el derecho político romano, en el fondo, no creía en la soberanía del pueblo (creía más bien en la oligarquía, el poder de unos pocos). Al plantear la votación, y ganarla, Tiberio Graco sustantivó, por primera vez en la Historia de Roma, el principio de que lo que el pueblo decide va a misa y no hay formalismo ni compromiso ni hostia decorada que lo pare. Y sustantivó algo más importante aún: el pueblo, reunido, había realizado un acto de autoridad, cesar a un tribuno, reservado al Senado. El mensaje oculto era: es que yo soy el Senado.

El Senado comenzó a obstaculizar la reforma agraria, sobre todo estrangulándola financieramente. Todo reparto de tierra supone gasto de pasta, y Graco la necesitaba. Visto que el Senado no se la daba, presentó una nueva rogatio ante la asamblea popular para hacerse con las riquezas que el rey Atalo III de Pérgamo había dejado a Roma a su muerte, y usarlo para financiar la reforma.

Conforme se acababa el periodo tribunicio de Graco, Tiberio se fue dando cuenta de que, de no repetir en el cargo, todo se iría a la mierda, con lo cual intentó dicha repetición, que era algo de dudosa legalidad en aquella Roma. La plebe, por su parte, se fue calentando con el asunto, sospechando efectivamente la jugada, y trató de imponer la reelección de Graco. Todo esto acabó en la tensísima escena de una asamblea popular celebrada junto al templo de Júpiter Capitolino; y, algunos metros más allá, en el templo de Fides, el Senado reunido en paralelo. En la reunión senatorial, el peor enemigo de Graco, Escipión Nasica, exigió del cónsul que sacara las tropas a la calle y se liara a hostias. Mucio Escévola, que como sabemos era gracoide, se negó. Pero en ese momento, otro Escipión, Nasica Serapio, se puso al frente de un grupo de senadores y se lanzó contra Tiberio, acompañado por sus partidarios de entre los tribunos.

Tiberio Graco murió asesinado en aquel tumulto. Y podía estar en discusión lo de la reelección, pero lo cierto es que el día que fue asesinado, era aún tribuno de la plebe. La condición sacrosanta, intocable, de los tribunos de la plebe, se acaba de ir a tomar por culo.



Ya sé que en Grecia, muchos años antes de Graco, hubo democracia y Pericles y tal y tal. Pero, en primer lugar, en Grecia había miniestados bastante poco estructurados, pues sólo eran ciudades, polis. Y, en segundo lugar, en Grecia no se produjo una actividad legislativa tan intensa como la romana, razón por la cual hoy se estudia el Derecho Romano y no el Griego. En realidad, Tiberio Graco fue el primer gobernante o político que le enseñó a las clases modestas que se pueden organizar, que pueden exigir lo que quieren exigir, y que la soberanía les pertenece. Tiberio Graco no fue, o yo creo que no fue, eso que hoy llamaríamos un político de izquierdas; su principal objetivo era que Roma rulase, es decir que la sociedad romana siguiese funcionando y aportando los recursos necesarios para que Roma siguiera siendo grande. Sin embargo, por el camino, fue capaz de alumbrar una nueva forma de entender las relaciones sociales y políticas; una nueva forma que veinte siglos después aún se luchaba para implantar. Una forma que hoy, desgraciadamente, aún no está implantada en medio mundo.

En mi opinión, todo aquél que se dice defensor de los más débiles; todo aquél que cree en la igualdad, en la necesidad de que la política se ocupe de los desfavorecidos, debería conocer la historia de Tiberio Graco; una historia con triste final, sí; pero en la que los goznes del destino común del ser humano comenzaron a girar, para no recuperar nunca del todo su posición anterior.

Y, de todas formas, Tiberio Graco está muerto; pero eso no quiere decir que lo estén sus ideas. Eso lo contaremos, quizá, cualquier otro día.

viernes, julio 11, 2008

El libro de Historias de la Ciencia

Alimentar un blog es una experiencia interesante y uno de los mejores ejemplos de que el mundo y la sociedad, antes y después de internet, son completamente distintos. A pesar de los muchos problemas, de que no escapa al fenómeno de la censura, y de otras muchas cosas, internet ha conseguido democratizar la expresión de ideas. En internet cualquiera puede ser historiador, o maestro, o especialista en Fórmula 1; es su gran virtud y, a la vez, su gran defecto.

Bloggers los hay de muchos tipos. Ayer, leyendo precisamente un blog, me enteré de que los hay incluso de 10 años. También he leído por ahí que hay mucha gente que piensa que los blogs son, básicamente, refritos.

Muchos autores de blogs, lejos de ello, realizan un esfuerzo de conocimiento altruista, probablemente porque para ellos es necesario. Por lo menos, es mi caso. Saber cosas tiene poco sentido si no compartes esa sabiduría. La persona apasionada por algo siempre se ha esforzado por hacer a los demás partícipes de los resultados de su pasión; eso, con internet de por medio, multiplica sus posibilidades.

En parte, escribir un blog te cambia la vida. Genera en tu interior una obligación con la que cada vez tienes más deseos de cumplir. Esta aparente incoherencia se produce por la sensación de comunidad. Cuando escribes un blog, alguien lo lee y tiene el detalle de darte algún tipo de retroalimentación, normalmente en forma de comentario público o privado (pero mejor si es público), la sensación que te embarga es la misma que tienes cuando, en cualquier tertulia, sientes que el resto de las personas en la mesa te ha escuchado y reflexiona sobre lo que le has dicho, aunque sea para discutirlo.

El escritor de blogs, sobre todo de blogs con contenido, currados, es alguien extraordinariamente generoso que por ello asume costes. Y lo mejor que podéis hacer vosotros, lectores, es ayudarle a sobrellevar esos costes; al fin y al cabo, es algo que ocurrirá en vuestro propio beneficio, si es que encontráis valioso el contenido del blog.

Es por ello que a todos vosotros os quiero recomendar que compreis el libro Historias de la Ciencia. Al parecer, y según informa su autor, de momento el enlace que he incluido es la única vía para la adquiisición.

Historias de la Ciencia es, en mi opinión, uno de los dos o tres mejores blogs que se hacen hoy en día en castellano. Tiene mala suerte, ciertamente, porque su campo de actuación, la ciencia, es un campo en el que la densidad de buenos blogs es un poco apabullante (mis otros blogs científicos que más me gustan son Curioso pero Inútil y Gaussianos). Ya sé que el concepto que mucha gente tiene de un buen blog es un blog que opine, que de caña, y esas cosas. A mí, sin embargo, me parece que un blog es tanto mejor cuanto más contribuye al conocimiento y la cultura.

Historias de la Ciencia es, en el fondo, el relato de un descubrimiento; el descubrimiento de la ciencia y sus maravillas por parte de Omalaled, su autor. Tal vez por eso me atrae tanto pues, como aficionado a la Historia, mi terreno es otro. Lo que haces cuando investigas la Historia no es descubrir, sino interpretar. Los hechos están ahí, son a menudo muy conocidos, y tú has de ponerlos en relación y construir con ellos interpretaciones coherentes. La ciencia, en este sentido, es más calentona. En el mundo de la ciencia, doblando cualquier esquina puede estar esperándote algo que cambia radicalmente tus puntos de vista.

Omalaled ha sacado un libro. Un libro recopilatorio de algunos de los muchos posts que ya ha realizado. Leerlo no os decepcionará, como no puede decepcionaros el propio blog. Y, además, como ya he dicho, será una forma de cerrar el círculo virtuoso que existe entre un buen blogger y sus pacientes lectores. Una forma de reconocer un trabajo y un esfuerzo y de seguir compartiendo, que es de lo que se trata.

Son, además, 10 cochinos euracos.

miércoles, julio 09, 2008

Mugabe

La última cosa en que el así llamado Mundo Libre parece haberse puesto de acuerdo es en afirmar que el gobierno de Robert Mugabe en Zimbabwe es ilegal. Enternecedor. Cuando se producen este tipo de declaraciones, da la impresión de que el atacado se ha vuelto malo malísimo ayer por la tarde a la hora de la merienda. La historia de Robert Mugabe, sin embargo, es una buena demostración de cómo el hoy se forja de muchos ayeres; y que, de hecho, un capullo hoy no es sino alguien a quien se le han permitido repetidamente sus capulleces en el pasado.

Hace algunos años, es muy probable que alguno de los lectores de este blog lo recuerde, Zimbabwe se llamaba Rhodesia. Rhodesia era, con la abierta complicidad de los británicos, una especie de Sudáfrica en pequeñito. Desde 1957 había una organización parecida a la que más abajo lideraba Nelson Mandela, llamada Congreso Nacional Africano. El ANC luchaba contra cositas como que el sistema electoral rhodesiano tuviese una especie de sufragio censitario mediante el cual votaban unas 52.000 personas, de las que sólo aproximadamente medio millar eran negros. A pesar de que el ANC y su líder, Joshua Nkomo, no eran ni de coña una organización radical, al estilo ultranegrista-marxista que ya se veía por ahí, el poder blanco los ilegalizó en 1959. Movimiento de enorme inteligencia por parte de los británicos que provocó lo que hasta un niño de teta no británico habría previsto: la radicalización de los negros.

En 1960 nace el Partido Nacional Democrático, bastante más radical. En 1961, en un movimiento que parecía acertado, los británicos esponsorizaron una reunión de partidos blancos y negros para elaborar una nueva constitución. Los negros fueron encantados al meeting, pero allí se encontraron con una generosa ración de porridge británico. El concepto british de democratizar Rhodesia fue darle a los negros, amplia mayoría en el país, 15 escaños de un parlamento de 65. Eso, además de ajo y agua.

Los negros, claro, se mosquearon y se dedicaron a romper escaparates y algún que otro cráneo.

Como quiera que Londres siguió aplicando el Catón del Gilipollas, su reacción fue ilegalizar el PND. De esta manera se produjo la tradicional radicalización, que culminó con la formación de la Zimbabwe African’s People Union, conocida como Zapu. La cual fue ilegalizada en 1962. Como consecuencia de la radicalización que esto conllevó, en el 63 el Zapu se escindió, quedándose dentro Nkomo y sus seguidores mientras que el más radical Ndabaningi Sithole fundaba la Zimbabwe African National Union (Zanu). Secretario general del Zanu fue nombrado un joven radical llamado Robert Mugabe.

La respuesta de los blancos fue crear el Rhodesian Front, de corte racista, formación que en las elecciones de 1962 ganó todos los escaños de los blancos, con lo que el país se convirtió, de hecho, en una nación de partido único. Al primer líder del RF, Winston Field, le sustituyó pronto el que sería gran líder de la formación, Ian Smith. Smith había jurado que en Rhodesia nunca se aplicaría la regla mayoritaria (básicamente, el sufragio universal) mientras viviese. Ilegalizó todas las formaciones negras, metió a todos sus líderes en el maco, y el 11 de noviembre de 1965, con estos mimbres, firmó la declaración de independencia del país.

La supervivencia de esta Rhodesia independiente se basaba en un cálculo político. Que pudiese ser un Estado racista blanco tenía mucho que ver con que Sudáfrica también lo fuese. Para los gobiernos sudafricanos resultaba fundamental vivir en una situación en la que las guerrillas negras no tuviesen santuarios más allá de las fronteras para putearlos. Así pues, Sudáfrica necesitaba tener, entre sí misma y el África gobernada por los negros, «naciones-tampón» que evitasen este efecto. Estos tampones eran, fundamentalmente, Rhodesia y las colonias portuguesas de Angola y Mozambique. Gracias a esta ayuda, Smith podía mostrarse tan chulo como se mostró. En 1966, los británicos le ofrecieron una solución por la cual el poder blanco se mantendría en Rhodesia hasta el año 2000, y dijo que y una mierda. Lo único que llegó a insinuar como posible fue un sistema que, en la práctica, aplazaba la negritud del país hasta el 2035; fecha que, en 1965 y aledaños, venía a significar nunca.

Las cosas empezaron a cambiar en 1974, porque el montaje geopolítico que sustentaba el experimento Rhodesiano se fue al carajo con la revolución de los claveles de Portugal (Grandola/vila morena...) y la que se montó en Angola y Mozambique, que también fue de aúpa; mucho hablar de Vietnam, pero en Angola americanos y soviéticos también tuvieron de las suyas.

La descolonización portuguesa supuso que, automáticamente, las guerrillas de la Zanu tenían casi 800 kilómetros de frontera para esconderse y atacar. Los sudafricanos se acojonaron por su parte, motivo por el cual se produjo una alianza contra natura entre el primer ministro racista, Vosrter, y el presidente de Zambia, Kenneth Kaunda, los cuales, al unísono, comenzaron a presionar a Smith para que llegase a algún tipo de acuerdo de amiguetes con los negros. En diciembre de 1974, los líderes opositores fueron liberados. Y fue Mugabe quien se negó a la negociación. Diez años jodido en la celda le habían incrementado el radicalismo y ahora alimentaba un discurso modelo yo no tengo ni una puta mierda que hablar con un blanco. Y no le faltó razón, porque en 1976 las conversaciones entre Smith y Nkomo terminaron como el rosario de la aurora, por lo cual la Zapu se unió a la guerra.

Para entonces, uno de los think tank más lentos que existen en el mundo, el Departamento de Estado de los Estados Unidos, se había convencido de que una Rhodesia puramente blanca era ya imposible (por qué no se había convencido aún de que una Sudáfrica totalmente blanca era también imposible, es algo que, que yo sepa, el señor Kissinger no nos ha explicado).

Fue, en todo caso, un intento de los americanos por conseguir que Rhodesia no se radicalizase como Angola, donde la palabra de moda, por entonces, era ya marxismo-leninismo. Los EEUU trataron de que Smith tragara con la puñetera regla de mayoría, a lo que Smith respondió tratando de llegar a un acuerdo con el nacionalista negro más moderado, el obispo Abel Muzorewa. En 1979, Muzorewa «ganó» las elecciones al gobierno que debía sustituir a la retirada de los blancos (mayo de ese mismo año); pero para entonces el país estaba en guerra y, aunque la Zapu no le hizo ascos a participar en él, el Zanu, ya totalmente en la órbita de Mugabe, dijo aquello de patadón p’alante y si hay que dar hostias, se dan. Sin embargo, una vez más obraron el milagro los vecinos. Samora Machel, que en Mozambique alimentaba a la Zanu de armas y bases, le dijo a Mugabe que si no firmaba se podía ir olvidando de que fuesen amiguitos. Así pues, firmó.

Aquello comenzó la segunda fase de la tragedia de Zimbabwe: los problemas entre negros.

Una vez que se hicieron con el poder, debieron convocar elecciones para ver quién mandaba. Según los testimonios, ya esa primera consulta estuvo manipulada por el terror y las amenazas, realizadas por todos los partidos, pero muy particularmente la Zanu de Mugabe. En todo caso, la Zanu ganó las elecciones con un 63%, mientras que la Zapu sacaba un 24% y el obispo hacía más o menos el papel de la UCD española en el 82.

En abril de 1980, Mugabe se presentó en la televisión y dijo una cosa que sentó muy bien a todo el mundo: «La maldad es la maldad, la cometa un blanco contra un negro o un negro contra un blanco».

Y es que la palabra que mejor define la llegada de Mugabe al gobierno es moderación. Incluso nombró dos ministros blancos. Llegó al paroxismo de mantener a un jefe de seguridad nacional, blanco, a pesar de que sabía que una de sus obligaciones, hasta ayer por la tarde, había sido matarle. También fue especialmente cuidadoso con los 6.000 granjeros blancos que tenían en ese momento casi la mitad del suelo cultivable zimbabwo en sus manos. Sin embargo, desde el principio hizo de la reforma agraria su principal seña de identidad política. Puso en marcha un plan para colocar a 18.000 familias en una serie de antiguas granjas de blancos que habían sido abandonadas por éstos durante la guerra. Aceptó, asimismo, un acuerdo político por el cual, durante diez años, toda transacción de tierra debería estar presidida por el principio de que tanto comprador como vendedor actuasen voluntariamente; lo cual, en la práctica, quiere decir expropiación con indemnización.

Paralelamente, Mugabe también llevaba a cabo sus planes para convertir Zimbabwe en una nación de partido único, como de hecho lo eran, y lo son, la mayoría de los países del África negra. Su principal deseo, por lo tanto, era aplastar, no tanto a los blancos, como a los otros negros. Pocos meses después de la independencia firmó un acuerdo de asistencia con Corea del Norte, que dejaba bien claro que su pie más cojo era el izquierdo. Luego fue a Bulawayo, que era para la Zapu más o menos como Andalucía para el PSOE, y en un mitin encareció a sus militantes a que se diesen de hostias con los de la Zapu. La batalla duró dos días. En 1962, Mugage acusó a Nkomo, que era ministro de su gobierno, de un asunto de tenencia de armas, lo cesó, le embargó los bienes y comenzó a perseguirlo. Los ahora represaliados se hicieron fuertes en la región de Matabeleleland, donde camparon por sus respetos llevándose por delante cada cristal entero que hubiese y otras cosas. Para colmo, los sudafricanos comenzaron a instilar mercenarios por Matabeleleland, repartiendo más hostias aún.

En enero de 1983, la conocida como Brigada 5, un pequeño ejército dentro del ejército entrenado por los norcoreanos, entró en Matabeleleland e inició una campaña de violencia contra la población civil. Mataron a 2.000 no combatientes en sólo siete días y a algunos de sus padres, madres e hijos les obligaron a bailar sobre las tumbas donde los acababan de enterrar. Se crearon campos de concentración como el de Bhalangwe que no tienen nada que envidiar a los de Hitler. De hecho, Mugabe ha llegado a decir que, si es necesario, hay que hacer hitleriadas.

En las elecciones de 1985, y a pesar de la presión y violencia del gobierno, Nkomo ganó todos los escaños en juego en Matabeleleland. Esto movió a Mugabe a darse cuenta de que no podía seguir por ahí. Así pues, en 1987 la Zapu y la Zanu se fusionaron en la Zanu-PF.

Visto que no podía con los negros, Mugabe decidió ir a por los blancos. Aunque no le faltaron motivos, porque la principal acusación contra ellos (connivencia con el régimen Sudafricano) es probablemente cierta. Los blancos de Zimbabwe no hubieran podido afrontar por sí solos acciones como la colocación de una bomba en la sede central de la Zanu en 1981.

Desde la independencia, aproximadamente la mitad de los blancos de la antigua Rhodesia se había pirado. Pero los que quedaron eran los más radicales. En 1985, votaron todos como un solo hombre a Ian Smith.

A Mugabe comenzó a ocurrirle lo que le ocurre siempre a quien llega a gobernar en un régimen de partido único, pues si en democracia hay corrupción, en dictadura la cosa llega a límites estratosféricos. La mayor parte de las fincas que se pusieron a disposición de nuevos propietarios fueron compradas por el clan gobernante de Mugabe, y explotadas con escasa rentabilidad, con lo que la economía de Zimbabwe (un país, como otros muchos de África, rico por definición) comenzó a toser. En 1990, enfrentándose a unas elecciones y a un décimo aniversario de la independencia cuyo resumen era más paro, más hambre y más cabreo, Mugabe decidió superar la situación sacando a pasear el asunto de la tierra de los blancos. Anunció la redistribución de casi 10 millones de acres que en ese momento eran propiedad de los blancos.

Protestó todo Dios. Protestó Reino Unido, Estados Unidos, las instituciones internacionales… La cosa es que Mugabe sostenía ya entonces la teoría de que el gobierno de Zimbabwe tenía el derecho a expropiar sin indemnización y que, en todo caso, sería Londres quien tendría que pagar a los granjeros. Esa teoría le llevaba a no permitir la intervención de los tribunales en las expropiaciones, algo que, ante la protesta internacional, tuvo que hacer. Aún así, hubo granjeros que se enteraron de que habían sido expropiados por los periódicos.

La reforma agraria, sin embargo, terminó en escándalo. Como no podía ser de otra manera si uno se dedica a no darle la tierra al que la necesita y quedársela, que fue lo que pasó en gran medida.

Acosado por una situación que hasta Zapatero consideraría de crisis galopante, la única salida de Mugabe era echarle la culpa de todo a los blancos. Incluso los veteranos de la guerra, que eran los teóricos receptores principales de las tierras, se volvieron contra él. De hecho, fue una promesa desesperada de Mugabe en el sentido de que le pagaría un pasta a los veteranos en un mes lo que acabó por hundir la moneda zimbabwa en los mercados internacionales y sumir al país en la recesión de la recesión de la recesión.

Mugabe permaneció impasible el ademán: anunció la expropiación de 1.300 granjas más. En 1998, los alimentos básicos subieron de precio que lo flipas. Hubo muertos en las calles. Al llegar al siglo actual, Zimbabwe tenía una tasa de desempleo del 50% y se estimaba que el 70% de la población vivía por debajo del umbral de la pobreza. Lo cual no le impidió a Mugabe enviar tropas a Congo para ayudar a Laurent Kabila; pues es sabido que la pobreza de un país es directamente proporcional a sus ganas de enviar tropas por ahí a dar leches.

En septiembre de 1999, una miríada de fuerzas opositoras creó el Movimiento por el Cambio Democrático, liderado por Morgan Tsvangirai. La respuesta de Mugabe fue lanzar una nueva constitución que consagraba el principio de expropiación sin indemnización. Pero lo que no sabía nuestro presidente es que, de tiempo atrás, la flor se le había caído del culo. En el año 2000, Mugabe perdió el referéndum constitucional. Su respuesta fue la campaña de ocupaciones armadas de fincas de blancos por partidas de negros, ante la indiferencia policial; campaña que acabó con el poquísimo crédito internacional que le quedaba al que fuera líder de la Zanu. Estas partidas de incontrolados controlados se desplegaron con violencia respecto de los dueños blancos, pero tampoco se olvidaron de abrir el cráneo de muchos de los 400.000 asalariados negros de dichas granjas.

En las elecciones de junio del 2000, los candidatos del MDC fueron hostigados y maltratados. Aún así, la Zanu-PF sacó sólo el 48% de los votos. El MDC arrasó en la capital, Harare, en Bulawayo y en Mateleleland; lo cual viene a querer decir que Mugabe había quedado reducido a la categoría de líder de las zonas rurales de etnia Shona.

Con un petardo en el culo, Mugabe inició una campaña de expropiaciones urgentes. Utilizó policías, soldados, funcionarios y, finalmente, simples agricultores que tomaron como suyas las explotaciones. El Tribunal Supremo declaró esta reforma ilegal. Mugabe reaccionó diciendo que eso lo decía el TS porque había jueces blancos cabrones en él. Cinco de ellos que estaban estudiando una denuncia fueron invadidos en la sala por una multitud de 200 mediopensionistas con intención de masajeales el cráneo. El presidente del Supremo, Anthony Gubbay, fue «convencido» para que dimitiese.

Después de las fincas, vinieron los negocios. En unos pocos días, los grupos incontrolados pero controlados invadieron más de 300 tiendas, hoteles, restaurantes, propiedad de blancos.

En las elecciones presidenciales del 2002, la violencia previa contra los votantes se repitió. Incluso se dio el caso de jefes del ejército que anunciaron que no aceptarían otro resultado para las elecciones que la victoria de Mugabe. El resultado, pues, es previsible: ganó Mugabe (56%).

Una vez que ganó, el presidente siguió persiguiendo con la estaca en la mano a los opositores negros y a los cerca de 3.000 granjeros blancos que aún seguían en el país les anunció que tenían 45 días para pirarse. Se produjeron denuncias de que el gobierno estaba conduciendo a la hambruna a los distritos electorales que no le habían votado. La consecuencia de todo esto es que sólo entre 1999 y el 2004 la caída acumulada del PIB era del 60%.

Y hasta aquí hemos llegado. ¿Se le ha acabado el crédito a Mugabe? Bueno, lo mío es el pasado, no el presente. Pero me atrevería a decir que sí. Los enormes cambios del entorno geopolítico africano entre el momento en que Mugabe construyó su poder y el día de hoy nos sugieren que es así. Gran parte de su popularidad se basó en la existencia de Sudáfrica, un modelo contra el cual había que luchar; y la Guerra Fría, que movió a las potencias occidentales a no ser muy cabronas con Zimbabwe (como con otros tantos Estados-desastre de África) ante el peligro de que se apoyasen en su hemisferio cerebral soviético; algo que a Mugabe le iba bastante.

Ninguno de estos dos factores existe a día de hoy. Resulta, eso sí, enternecedor, como decía al principio, que la comunidad internacional se entere ahora de que ha habido elecciones manipuladas en Zimbabwe, cuando lo cierto es que jamás las ha habido de las otras; y los resultados bien que le sirvieron al resto de países durante décadas.

Por lo demás, la solución es compleja. El país está descojonado, roto, desestructurado. El MDC es una alianza coyuntural, una especie de PlataJunta antifranquista a lo africano, así pues, en el momento que obtenga el poder, no está claro que su unión siga siéndolo. Además, detrás de todo esto está, como siempre en África, la pelea entre etnias y tribus.

Lo que doy por hecho, eso sí, es que los blancos, o los hijos de los blancos, no van a volver.

jueves, julio 03, 2008

Lumumba

Inciso: tras la atenta lectura de vuestros comentarios y de los que se colgaron en Meneame.net, esta mañana, a las siete y cuarto, estaba yo en la parada de mi avenida, leyendo de pie en el puto borde de la acera. El X ha llegado a las siete y veintidós. Y ha parado.

Siguiendo las instrucciones que le leído, nada más abrirse las puertas he mirado a conductor y le he dicho:

- ¿Por qué ha parado?

El tipo me ha mirado con cara de acelga sorprendida, y me ha dicho:

- Porque está usted en la parada.

- Ya -he contestado al punto-. Pero yo no le he llamado. Y puedo ser alguien que está esperando a otra persona para coger el autobús. O alguien que está esperando un taxi precisamente en la parada de autobús. O alguien que se está resguardando del sol que acaba de salir, o de la lluvia ácida. O alguien a quien el doctor le ha recomendado leer de pie. O un masosquista cultural. Puedo ser cualquiera de estas cosas, y no querer subir al autobús.

El tipo se ha alzado de hombros y me ha dicho:

- Con perdón, todo eso son estupideces.

A lo que yo le he contestado:

- Lo mismo pensaba yo ayer.

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En fin, hecha esta introducción actualizadora de mis tribulaciones, vamos allá con lo que tenemos que ir. Dije que hoy la cosa iba a de Lumumba, y de Lumumba va.

El siglo XX es el siglo de los grandes mitos políticos. Hasta el XIX, la mayoría de los liderazgos eran ostentados por los reyes. Pero el siglo XX, en el cual las monarquías están claramente de retirada, los estados democráticos se generalizaron y los medios de comunicación masivos permitieron la generación de mitos de orden mundial. Es el siglo de los grandes mitos de sangre roja.

Hoy me gustaría hablar de uno de estos mitos. Uno mártir, además, que tal vez en nuestro mundo no tuvo una presencia enorme pero que, sin embargo, en ese iceberg que está debajo del agua y que llamamos Tercer Mundo, tuvo una importancia capital y, en gran parte, la sigue teniendo. Este mártir,además, lo es porque fue asesinado. Y fue asesinado en el marco de una actuación en la cual se produjo una de las más repugnantes operaciones de violencia de Estado que, además, y esto es una novedad, no fue protagonizada (al menos en primer fila) por los Estados Unidos.

El post de hoy habla de Patrice Lumumba. El que fuera líder de lo que se ha conocido como Zaire y antes como Congo Belga. Uno de los grandes referentes de la izquierda de los países pobres.

El primer dato importante sobre Zaire es que, a pesar de ser un enorme territorio, no fue propiamente una colonia. Las colonias eran propiedades de países, pero el Zaire era propiedad de una persona: el rey de Bélgica Leopoldo II.

Leopoldo ambicionaba que su Bélgica querida tocase pelo en el reparto del continente africano que comenzaba a explorarse en el siglo XIX. Trabó conocimiento con un conocidísimo explorador, Henry Morton-Stanley. Stanley es un personaje bastante conocido. Cuando yo estudié el bachillerato incluso se estudiaba en los libros, ahora no sé. De hecho, un compañero de pupitre mío la cagó bien cagada en el examen de selectividad de Historia porque una de las preguntas era «cita tres exploradores del África» y él escribió: «Brazza, Livingstone y Stalin [por Stanley]». Me he roto el culo a reír tantas veces imaginando al Secretario General del PCUS cazando elefantes en compañía de Beria, Yagoda y Khruschev, que creo que la anécdota no se me olvidará nunca.

Stanley, en todo caso, fue, junto con Brazza y Livingstone, uno de los grandes exploradores de África. Fue él a quien alquilaron para ir a buscar al segundo de ellos, que estaba en la selva viviendo la dolce far niente y, consecuentemente, es el autor de la famosísima frase que pronunció cuando lo encontró: «El doctor Livingstone, supongo». Los británicos (Stanley nació galés) son especialistas en colocar en el terreno de lo hipotético cosas que son totalmente obvias; cuando Stanley y Livingstone se dieron la mano, eran probablemente los únicos blancos en cientos y cientos de kilómetros a la redonda.

Leopoldo El Amigo de los Blancos envió a Stanley bajo pago al cauce del río Congo con la tarea de firmar acuerdos con diferentes tribus y quedarse con sus tierras. Stanley, tan hábil negociador como explorador incansable, firmó pactos con con más de 400 reyezuelos negros.

Tras conseguir aquellos tratados, Leopoldo comenzó la explotación sistemática del Congo, aprovechando que había conseguido quedarse con un país tocado de la mano de Dios en lo que a riquezas se refiere. De hecho, a finales del siglo XIX se benefició de los inicios de las bicicletas primero y los coches después, que necesitaban una cosa llamada caucho, que fue producido masivamente allí. Durante el siglo XX se produciría el descubrimiento de los brutales yacimientos geológicos del país, que está sentado sobre una fortuna de diamantes, cobre e incluso uranio.

Eso sí, la explotación fue tan bestial que ya antes de la muerte del rey propietario se produjeron revueltas violentísimas que fueron reprimidas aún con mayor violencia, hasta el punto que se ha estimado que restaron 10 millones de congoleños de la población el país, entre muertos y exiliados. La razón de esas revueltas estriba en el evidente tratamiento de seres inferiores que tenían los negros en su propio país, sin derechos políticos, sin poder poseer tierra o incluso viajar libremente por el país.

A mediados del siglo XX, más concretamente en 1957, el panorama cambió radicalmente con la independencia de Ghana, el primer estado negro africano que marcó el camino de la descolonización. Más o menos por aquella época, el líder congoleño Joseph Vasa-Kubu monta el primer grupo político más o menos estructurado, Abako, una organización basada sobre todo en congoleños de la etnia Bakongo, nostálgicos del llamado Reino Kongo que había existido en el área en el siglo XVI.

En paralelo, Patrice Lumumba fundaba al Movimiento Nacional Congoleño. Lumumba era miembro de una etnia claramente minoritaria, la tribu Batatela. En 1956, sin embargo, todavía escribía y opinaba que el destino de los congoleños era seguir siendo belgas. En ese momento, los líderes negros querían derechos, pero no independencia. Sin embargo, como ya hemos dicho, el ejemplo de Ghana cambió el panorama, y la escasa receptividad belga hacia el proceso generó rápidamente una ola de disturbios en enero de 1959.

Bruselas reaccionó anunciando la celebración de elecciones locales libres, lo cual provocó el nacimiento de casi sesenta partidos distintos, tendentes en buena manera a reflejar el gran dédalo de etnias que había en el seno de un país tan enorme como Zaire. Los belgas, por lo demás, no se estuvieron quietos. Zaire es un collar de perlas, pero la perla más hermosa y rica del mismo se llama Katanga, la provincia con mayores posibilidades de negocio. Reacios a perder ese centro de actividad minera del que las empresas belgas sacaban tanta pasta, Bruselas impulsó en dicha región el surgimiento de un partido negro autonomista, partidario de mantener la relación con la metrópoli. Hablamos del Conakat, liderado por Moisés Tsombe.

En los siguientes meses, sin embargo, los enfrentamientos violentos se multiplicaron, fundamentalmente impulsados por el MNC y los encendidos discursos anticolonialistas de Lumumba. Nuestro mito de hoy era un personaje enormemente vehemente, así pues con la misma entrega que había colocado las tripas en defender que el Congo debía ser belga, se aplicó a defender exactamente lo contrario. Bélgica, que tenía bien cerca el ejemplo de Francia y Argelia, donde el país europeo se había visto implicado en una guerra en toda regla (que, además, acabaría perdiendo), se acojonó y en enero de 1960 decidió albergar una conferencia a la que asistieron unos treinta partidos políticos congoleños distintos. Todos ellos se plantaron delante de los blancos y, cuando éstos ofrecieron un plan de independencia en el medio plazo, les contestaron que y una gallina como un perol. Bélgica tuvo que aceptar la idea de que Zaire sería independiente en junio de aquel mismo año.

Es de comprender los deseos de las organizaciones negras. Pero no es menos cierto que sus prisas fueron malas consejeras. En el momento de la independencia de Zaire, el país tenía 1.400 cuadros en la Administración Pública, de los cuales tres, y no es una forma de hablar sino: uno, dos y tres, eran negros. Y, como veremos, sus compañeros blancos se piraron a la naja.

En las elecciones, el MNC ganó 33 escaños de un total de 137, lo cual lo convirtió en el partido más votado. Eso sí, en Katanga y en la provincia de la capital, de soltera Leopoldville y de casada Kinsasha, a Lumumba no le votaron ni los conductores de la EMT, que como no paran en las paradas tienen tiempo de ir a votar diez veces si quieren. Quizá por eso, los belgas llamaron a Vasa-Kubu para formar gobierno. La respuesta de Lumumba fue acopiar una mayoría en el congreso congoleño, de 74 diputados. La metrópoli no tuvo más remedio que invitarle a ser primer ministro.

Finalmente, Lumumba fue primer ministro al frente de un gobierno acojonante. ¿Os asombra el tripartito catalán? Y, ¿cómo se dirá décimosegundopartito? Porque eran doce, do-ce, los partidos políticos presentes en el primer gobierno Lumumba, con su rival Vasa-Kubu de presidente no ejecutivo. En su visita a Bruselas, ante el rey Balduino, Lumumba pudo afirmar con orgullo: «hemos dejado de ser vuestros monos».

Una vez que llegó la independencia, los diferentes conceptos que cada uno tenía de la misma afloraron con rapidez. Ya hemos dicho que aunque Zaire era ya gobernada por negros, toda su estructura era, en realidad, blanca. También el ejército. De hecho, el ejército zaireño pretendía funcionar como si la independencia no se hubiese producido, hecho éste que encabronó bastante a Lumumba, quien tomó la decisión inesperada de cesar a todo el cuerpo de mando y sustituirlo por congoleños, entre otros con la ayuda de un militar de su confianza, Mobutu Sese Seko, que terminaría siendo dictador de la nación.

Tras el cambio en las fuerzas de seguridad, las agresiones, robos y violaciones en la persona de los blancos se multiplicaron, provocando su salida masiva del país; salida masiva que, como hemos insinuado antes, supuso dejar el país seco de cuadros, de funcionarios, de ejecutivos. Bélgica respondió enviando al país tropas para mantener el orden, incluso cuando Lumumba se negó a aceptarlo. La respuesta del primer ministro fue aseverar que, en lo que a él le concernía, Bélgica y Zaire estaban en guerra.

Y entonces Bélgica jugó su carta escondida.

El 11 de julio de 1960, Moisés Tsombe proclama la independencia de Katanga, proceso en el que contó con el apoyo de los belgas. Lumumba, acorralado por la pérdida de hecho de su territorio más rico, pidió ayuda a las Naciones Unidas, que es esa organización a la que siempre llaman los que van perdiendo y desprecian los que van ganando. Aunque no fue ése el único movimiento de Lumumba. Hizo otro que elevaría la tensión del conflicto hasta límites hasta entonces insospechados: anunció que, de no marcharse los belgas de su jardín, pediría ayuda a la Unión Soviética. En el espacio de pocas horas, por lo tanto, un líder anticolonialista de ideas difusas se convirtió en un comunista más, y el conflicto del Zaire pasó de ser un conflicto colonial a un episodio más de la Guerra Fría; y no cualquier episodio, pues en Washington se dieron cuenta, acojonados, de que si a la URSS le salía bien aquel órdago a pares, colocaría una pica en el mismo centro de África y con seguridad pillaría cacho en otras muchas naciones de la zona, algunos de cuyos líderes no le hacían ni el más mínimo asco al socialismo científico.

Los belgas, comprendiendo que la cosa se ponía fea, retiraron las tropas. Pero Lumumba, ya lo hemos dicho, contaba entre sus defectos el de ser enormemente vehemente y terco. Bajando ya por la cuesta, de culo y sin frenos (podría decirse: cual conductor de la EMT sobreacelerado), el primer ministro exigió entonces que las tropas de Naciones Unidas, en su inmensa mayoría africanas, invadiesen Katanga y se apiolasen a los secesionistas. La ONU, lógicamente, se negó. Los cascos azules no dan hostias de ningún color. Envalentonada por esta prueba de debilidad del gobierno central, la región de Kasai, sede de casi todas las minas de diamantes del país, anunció que se akatangaba, o sea que también quería ser independiente.

Desesperado y sin opciones, Lumumba se echó en brazos de la URSS.

Existen evidencias de que, al igual que el presidente Kennedy dio autorización para que Fidel Castro fuese asesinado, su antecesor el general Dwight Eisenhower dio la orden de que Lumumba fuese removido de esta dimensión. Mientras tanto, Lumumba ordenaba una operación militar en Kasai en la cual centenares de balubas fueron masacrados y se creó un cuarto de millón de refugiados. La ONU acusó a Lumumba de genocida, y es que lo fue. Eso sí, en el Juicio Final todavía está el pobre en lista de espera, porque genocidas, en África y en el siglo XX, hay unos cuantos.

En esas circunstancias, apareció Mr. President. Porque quizá lo hemos olvidado, pero Pepiño Vasa-Kubu sigue por ahí, de presidente florón; no tan florón desde el 5 de septiembre cuando, en una alocución de radio, dijo de Lumumba un montón de cosas, ninguna de ellas que fuese guapo, y anunció que lo cesaba. La respuesta de Lumumba fue presentarse en la misma emisora donde había estado Vasa, anunciando que era él quien le cesaba. Aquello dividió el país: por un lado estaban los que podrían haber gritado Lumumba a la tumba, o sea los partidarios de Vasa-Kubu, apoyado por las potencias occidentales; y, por otro, los que podrían haber gritado Pasa de Vasa, o sea los amiguitos de Lumumba, con la URSS detrás.

Dice el refrán: a río revuelto, ganancia de pescadores. Mobutu, que hasta entonces había estado cercano a Lumumba pero sin destacarse políticamente, convenció a la CIA y a la ONU de que lo que había que hacer era apartar a los políticos (típico discurso fascista), y garantizar el orden y el negocio. Esto, en Washington, siempre ha gustado. Desde Kinsasha, el territorio que Mobutu controlaba mejor, se declaró dictador del país. Eso sí, conocedor de los deseos del casero, casi su primer acto en el poder fue enseñarles a los cooperantes soviéticos la puerta de salida.

Mobutu mantuvo a Vasa-Kubu pero depuso a Lumumba, el cual se convirtió en un preso en su mansión de primer ministro, de donde no podía salir. Sin embargo, el 27 de noviembre, sabiendo que su situación no era ninguna maravilla y que la CIA seguía haciéndose pajas con la idea de cargárselo, logró huir hacia Stanleyville, su territorio de apoyo. Sin embargo, el 1 de diciembre fue detenido en Kasai, a medio camino. La detención no evitó que los seguidores de Lumumba, encabezados por Antoine Gizenga, estableciesen su propio Estado, con lo que en Zaire había cuatro gobiernos diferentes: Mobutu en Kinsasha, con apoyo de Occidente; Gizenga en Stanleyville, con apoyo de la URSS, y Tsombe en Katanga y Albert Kalonji en Kasai, ambos apoyados por Bélgica.

Otra cosa no sabrían los soviéticos, pero ayudar en la guerra se les daba de cine. Los partidarios de Lumumba comenzaron a tener un éxito detrás de otro. Tomaron la provincia de Kivu y luego la de Lualaba, en el norte de Katanga. Aquello acojonó a los belgas. Pero mucho.

El 17 de enero de 1961, Lumumba y otros dos partidarios fueron recogidos del campamento militar de Thysville y llevados al aeródromo de Moanda, desde donde volaron durante seis horas hasta Elisabethville, la capital de Katanga. En el avión fueron encerrados con seis soldados de Kasai cuidadosamente elegidos por su odio hacia Lumumba. A lo largo del vuelo, los tres detenidos fueron apalizados salvajemente por sus torturadores. Una vez en Elisabethville, donde bajaron del avión con las ropas empapadas de su propia sangre y fueron recibidos por tropas katanguesas y belgas, fueron llevados a una casa a dos kilómetros del aeropuerto, donde fueron torturados de nuevo. Luego fueron llevados por el mismísimo Tsombe y algunos mandos belgas a un descampado a unos 45 kilómetros, donde fueron ejecutados. 24 horas después de aquello, los cuerpos fueron desenterrados, llevados a donde Cristo perdió la camiseta de la selección española, desmembrados y sumergidos en ácido sulfúrico; los cráneos y huesos sobrevivientes fueron pulverizados.

Durante 40 años, Bélgica sostuvo con entera seriedad la chorrada de que Lumumba había conseguido escapar y que había muerto a manos de aldeanos enfurecidos (todo el mundo sabe que el pigmeo medio guarda siempre entre 200 y 300 litros de ácido sulfúrico en el jardín trasero de su choza). No fue hasta el año 2001, y eso porque se vio acorralado por los investigadores, cuando aceptó que lo de Lumumba fue un asesinato y que, además, contó con su participación.

La muerte de Lumumba no es sólo la creación de un mártir. Entre 1960 y 1965, las cosas salieron tan rematadamente mal en Zaire que esa crisis colocó el destino de África en el difícil camino en el que se encuentra. El conflicto presidido por Lumumba y sus escasos 67 días de gobierno polarizó África en los términos de la Guerra Fría; a partir de ese momento no hubo teatro pequeño para las puyitas entre yanquis y leninistas y mucha gente ha pasado y pasa hambre, o ha perdido su casa, o su pierna, o su vida, por culpa de ello. Personalmente considero que, también, la deplorable gestión que entre belgas y congoleños hicieron de la independencia del Zaire, la deleznable estrategia belga y la enorme desunión de los propios políticos negros, dio alas a quienes, en países como Rhodesia y sobre todo Sudáfrica, apostaban por mantener a los negros fuera del poder y, por lo tanto, crear estados africanos independientes en los que sólo mandasen los blancos. Es la política del apartheid, que también creó unas cuantas decenas de miles de víctimas.

Otro día, si yo tengo tiempo, vosotros ganas y los autobuses de la EMT paran de vez en cuando, os contaré la tristísima historia de los hutus y los tutsis; quizá una de las historias más tristes que contarse puede.