viernes, agosto 07, 2026

El rey

Ya sé que estoy de vacaciones. Pero, oye, todo lo que ha pasado en Ceuta, y muy en particular la polémica en torno a si Felpu debería haber visitado la ciudad, me han movido a escribir estas notas de urgencia. Haciendo amigos, en mi línea.

Algún día, espero que no muy lejano (de hecho, en el momento de escribir este post, aquél otro al que me voy a referir ya está escrito); algún día, digo, os contaré, en otra esquina del blog, cómo Pedro Agustín de Beaumarchais, uno de los mejores literatos del siglo XVIII, lo petó frente a 600 parisinos, el día que, tras dos años de denodados esfuerzos, logró estrenar su obra Le mariage de Figaro. Esta obra, en gran medida adelantada a su tiempo, está trufada de guiños a la actualidad del momento en que se estrenó; un momento en el que los muros de carga del Antiguo Régimen comenzaban a ponerse en solfa.

El momento más intenso de la representación, según las crónicas, llegó en la escena tercera del acto quinto, cuando Figaro declama uno de sus monólogos; dedicado, esta vez, a poner de puta para arriba al aristócrata de la obra, el conde de Almaviva. Dicen quienes lo vieron que el teatro se vino abajo cuando dijo una línea que se haría muy famosa: Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus. Todo de lo que te has tenido que preocupar en la vida es de nacer. 

Así se sentía Fígaro, un hombre del pueblo que había sudado mierda para medrar un tantito, respecto de los aristócratas. Y así se siente cualquier persona respecto de un rey. Porque los reyes, desengañémonos, podrán trabajar mucho, yo no lo pongo en duda. Pero, así, de sacada, de todo de lo que se tienen que preocupar, es de nacer. A ser posible, los primeros.

Soy consciente, y además quiero dejarlo claro, de que yo no soy una persona muy imparcial a la hora de hablar de la monarquía. A mí, ni las monarquías en general, ni la nuestra muy en particular, me gustan. Cualquiera que lea este blog un poquito ya sabrá que, aquí, a los Borbones se los apela de felpudos, felpuditos, leonoritos, y cosas peores. Para según qué personas, supongo, este hecho me invalida para que se me siga leyendo. Por eso pongo el fielato en este párrafo. Si eres de ésos, no sigas leyendo.

Tal y como yo lo veo, el monarquismo, entendido como ideología tendente a demostrar al mundo que las monarquías son necesarias y hasta pertinentes, lleva unos dos siglos tratando de encontrar la piedra filosofal que le permita repetir la jugada en tiempos de democracia y constituciones. Por un lado, lo tiene más fácil de lo que parece, porque la verdad es que las sociedades de raíz cristiana siempre han entendido, y cuando no lo han entendido lo han sospechado, que toda legitimidad natural parte del pueblo y que, consiguientemente, el rey no ha de aprovecharse del pueblo, sino el pueblo del rey. Por otra parte, sin embargo, el monarquismo lo tiene bastante difícil. La jugada consiste en encontrarle un papel a alguien que, en puridad, no lo tiene en un sistema constitucional, basado en la igualdad de los hombres y el imperio de la ley. 

En sistemas así no se entiende que pueda haber personas inviolables e inimputables, lo sean de iure o de facto. Como no se entiende que no exista alguna prueba de méritos. El mérito y el nacimiento como argumentos institucionales son excluyentes. O la presencia institucional se basa en el mérito, o se basa en el nacimiento; pero no en las dos cosas a la vez porque, la verdad, no existe ninguna, y ninguna es ninguna, garantía de que Leonor de Borbón no vaya a ser tonta, o ambiciosa, o demasiado coriácea, o demasiado confiada; y, sin embargo, tenemos la absoluta garantía de que, si no hay un cambio de régimen y a ella no la llama La Parca, será reina de España. 

En un entorno así, los monárquicos de corazón, los que lo son porque creen en la institución, tienden a ser minoría social. Lo cual no quiere decir, necesariamente, que las monarquías vayan a desaparecer. La gran ventaja de los monarcas actuales es que, como la presencia de un rey al frente del Estado se ha ido haciendo cada vez más ilógica, los reyes han ido cayendo; pero han caído, en un suceso lógico, primero en las naciones con sistemas constitucionales menos sólidos, puesto que son por definición más proclives a la crisis sistémica (y la única gran excepción a esto ha sido, a mi modo ver, el Imperio chino). 

Hoy en día, es muy habitual que los monarquistas presenten listas paralelas de monarquías y repúblicas del mundo, para demostrar que las monarquías son mayor garantía de sistemas democráticos. En realidad, no es así. Sólo lo parece, porque de la lista se han caído monarquías que eran igual de basura, o peor, que las repúblicas sangrientas de hoy en día. Ni la monarquía, ni la república, garantizan nada. Pero estas monarquías de alto nivel, por así llamarlas, que son las que han sobrevivido, al estar asentadas en sistemas muy consolidados y normalmente de alta calidad democrática, juegan eficientemente con el chantaje de eso que se dice detrás de mi vendrá / quien bueno me hará. Dicho de otra forma: las monarquías de hoy, y la española es un ejemplo, se sostienen gracias a los que son monárquicos accidentalistas. Son esto no porque quieran serlo, sino porque no quieren ser lo otro.

Los reyes, por lo tanto, no terminan de encajar en el sistema democrático. Y se les nota. Utilizaré para explicar este "se les nota" dos anécdotas del rey Demérito Juan Carlos. 

Siendo rey de España, Juan Carlos de Borbón le concedió una entrevista a Selina Scott, una periodista quiero recordar que escocesa. El tema, de por sí, ya chirría. Juan Carlos ha concedido escasísimas entrevistas en su vida. La lista de periodistas españoles que habrían querido entrevistarlo es larguísima; pero él escogió a una británica y, por lo visto, ese detalle no se le pudo afear en su momento. 

Si la memoria no me falla, en la entrevista con Scott, el rey habla del 23-F, y hablando de aquella tarde tan tensa dice que la entrada de Tejero en el Congreso le pilló jugando al squash. Hemos de recordar que, cuando Tejero entró en el Congreso, se estaba votando de viva voz un nuevo presidente del gobierno. Mi pregunta es: cuando se está votando un nuevo primer ministro, ¿no debería estar el jefe del Estado atentito delante del televisor?

La otra anécdota es la de Botswana. Que a un rey de España le pille un accidente cazando elefantes en el África sin que alguien sepa que estaba allí, ni siquiera sepa que solía ir allí, es bastante de traca. Revela que el rey, aquel rey, no se sentía, en modo alguno, ni auditable, ni responsable ante su opinión pública. A don Emilio Botín, el abuelo de AnaPatri la sostenible, le escuché una vez dar un pequeño discurso sobre los resultados del Banco de Sanander. Cuando alguien, quizá pensando en hacer méritos, le hizo saber que se había tratado una t, el viejo retrucó: "el banco es mío, y lo llamo como quiero". 

Ésa es la actitud de un botsuanero. España es mía, y yo le informo cuando quiero. Butsuanero, además, católico. Profundo creyente en el sacramento de la confesión. Lo siento, me he equivocado, no volverá a pasar. Tres avemarías y un Yo Pecador, y a por otra.

En fin, vayamos al lío. ¿Debería haberse presentado Felipe VI en Ceuta? Pues sí, entre seis y ocho minutos después de haberse producido la invasión. 

¿Es cierto que el rey no puede ir adonde quiere? Lo que es cierto es que es una práctica lógica la coordinación entre el jefe del gobierno y el jefe del Estado. Pero lo verdaderamente importante es qué ámbitos de decisión personal está dispuesta cada una de esas partes a reivindicar como innegociables. Que jefe del Estado y jefe de gobierno estén coordinados es deseable; pero que no es imprescindible lo demuestran ejemplos como la cohabitación francesa; o el odio africano que sentía, y nunca ocultó, la reina Victoria hacia Gladstone. 

Yo tengo por cierto que Felpu VI no puede ir a Ceuta si quiere. Pero eso es así porque así lo ha querido él. Porque es lo que permite que pase. Exactamente igual que los incendios se apagan en invierno, este tipo de cosas, en mi opinión, se ahorman y se enderezan cuando los temas que están en juego son relativamente poco importantes; no cuando ya tenemos encima un tema tipo ser o no ser. Se empieza por admitir esa sugerencia del Ministerio Tal de que en el discurso el rey diga "importante" en lugar de "crucial"; y se termina siendo prisionero en la Zarzuela. Sé que el ejemplo chirriará, pero a Franco no había un ministro que se atreviese a decirle que dijese "importante" en lugar de "crucial". A Azaña sí, sin embargo; y así le fue a Azaña, pues prácticamente acabó sus días como presidente preso en Barcelona, mientras los anarquistas escuchaban cada noche sus conversaciones telefónicas. 

Con lo de Ceuta no estamos en la hipercolesterolemia; estamos en el ictus y, claro, la hipercolesterolemia tiene solución, pero el ictus, no. Felipe VI se ha dejado comer el terreno; y el hecho es que encima existen indicios de que ha querido dejárselo comer; de que en modo alguno es ese jilguero que canta la milonga argentina, que aun estando en jaula de oro / en su canto llora siempre el antojo de volar. A él la jaula, quizás, le mola.

El rey de España se ha referido a la corrupción política en tres discursos de Navidad: 2014, 2017 y 2020. Estas fechas quieren decir que, básicamente, Felpu ha considerado que la corrupción es un problema importante mientras ha gobernado el PP. En las pasadas navidades, con toda la lluvia que estaba cayendo ya, formando el embarrado campo en el que ahora nos refocilamos, no le pareció necesario hablar del tema. Esto abre tres posibilidades.

La primera es que el rey de España es de neurona mejorable.

La segunda es que el rey de España no puede hablar de lo que quiere en su discurso de Navidad, porque lo pacta con el gobierno. 

La tercera es que el rey de España, verdaderamente, piensa que la situación 2017-2020 era una situación de corrupción generalizada y la actual, no. Es decir: que el último escándalo de corrupción notable en España es lo que llamamos caso Gürtel.

De estas tres posibilidades, la única que me parece medio buena (y no mucho, la verdad), es la tercera. Las otras dos son catastróficas; y yo, personalmente, la que reputo más probable es la segunda. Pero la segunda plantea un problema, porque si es cierta, entonces, o concluimos que en el PP son gilipollas y, consecuentemente, cuando gobernaban le dejaban decir al rey cosas que sabían que le podían censurar; o lo que está pasando es que el rey, en realidad, está encantado de que quienes hoy gobiernan le censuren según qué cosas. 

Dicho de otra forma: en lo que a mí respecta, el que es mi rey no ha hecho nada por convencerme de que sus silencios y sus ausencias actuales no sean, en realidad, suyos; o, en todo caso, silencios y ausencias pactados con todo el gusto con el gobierno actual.

Pienso esto, además, porque en mi opinión el rey podría hacer cosas que no hace. Y no lo considero tan imbécil como para no darse cuenta de que puede hacerlas. Entre ellas:ç

El rey puede fomentar la existencia de portavoces oficiosos. Su padre tuvo varios. Selina Scott fue una; José Luis de Vilallonga, otro de sus escasos entrevistadores, era otro. Yo recuerdo ver a Villalonga en la televisión "opinando sobre lo que el rey opinaba" de esto o de lo otro; todo el mundo sabía que era el canal que usaba para decir "yo opino que...", sin tener que decirlo. 

Felipe VI, que para colmo está casado con una periodista que echó los dientes profesionales en el agujero más göbelsiano que hay en España, podría, si quisiera, hablarle a los españoles con entera libertad. Si no lo hace, es porque no quiere.

Felipe VI podría dejar claro y diáfano que su deseo es estar en Ceuta. Interpretar la coordinación con el gobierno en el sentido de que el gobierno no sólo puede prohibirte ir a Ceuta, sino que también puede prohibirte que digas que quieres ir, es, a mi modo de ver, excesivo. Eso no es tener un jefe del Estado; es tener aquello de lo que se quejaba Figaro: alguien que lo único de lo que se ha preocupado en la vida, es de nacer. 

Felipe VI podría montárselo para que alguien fuese a Ceuta siendo portador autorizado de su solidaridad hacia los ceutíes y su comprensión de lo que están pasando. 

El rey, en suma, podría tratar de entender que estamos en el siglo XXI; y que un rey del siglo XXI hay determinados recursos que tiene que saber dominar. 

Mucha gente se está sorprendiendo del fenómeno de la desafección de partes de la derecha respecto de la figura del rey. A mí, la verdad, no me extraña. Sólo los estúpidos y los graduados en Historia creen que la idea republicana en España ha sido siempre una idea de izquierdas. Las derechas españolas son, de larguísimo, el mayor caladero de españoles monárquicos accidentalistas; gentes que no son monárquicas, pero que consideran que el rey es mejor que lo que dejaría detrás. Esto, sin embargo, está cambiando; y, en mi opinión, está cambiando porque el rey está dejando que lo que tal vez quizá sea constreñimiento de lo que el rey puede hacer o decir, parezca más connivencia que otra cosa. El rey parece estar haciendo esfuerzos por demostrarle a los accidentalistas que les está dando la espalda porque quiere dársela. Eso es lo que, a mi modo de ver, está pasando.

Los reyes sólo trabajan para una cosa. La monarquía es un business model, como la Iglesia. Ambas son instituciones que se llenan la boca con objetivos de altísima calidad (el bien común, el futuro de la nación, la salvación de las almas, el triunfo de la Fe); pero, en realidad, buscan otra cosa. La Iglesia busca la pasta; los reyes buscan que sus hijos hereden el negocio. Todo lo demás les da igual.

Yo no tengo una gran opinión de la inteligencia política, no digamos ya la histórica, de Felipe VI. Lo concibo como un fenotipo Borbón que ya es conocido en su ámbito histórico (Luis XV lo fue, Luis XVI también lo fue, Carlos III de España lo fue, Fernando VII, a su manera, también). Un modelo de rey amarrategui, que todo lo fía al crédito gratuito con el que todo rey gobernante nace por defecto, y que trata de escapar de cualquier riesgo por el bien de su heredero. 

Los reyes hace mucho que se han olvidado que se ganaron el puesto por ser los primeros en saltar al caballo y presentarse en la batalla. Y, sin embargo, esto mismo, travestido por el tiempo, es lo que sus otrora súbditos, hoy ciudadanos, siguen esperando de ellos. 

Inútilmente.