viernes, noviembre 15, 2013

La senda de Dios (y 8: el así llamado paganismo)

Esta serie se compone de:

Algunas cosas a modo de introducción
In Tiberim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad


Estamos llegando al final del camino. Sí, ya sé que no he hablado del principal piso por el que subió Dios hacia los cielos: la especulación judía. Ni lo voy a hacer. Lo que quiero hacer en estas notas es, ya lo dije al comenzar, luchar contra la falsa idea de que paganismo y cristianismo se anulan el uno al otro porque fueron antitéticos. Esta animadversión binaria no va con el judaísmo pues los cristianos, a pesar de construir con rapidez el mito de los judíos como los asesinos de su Cristo, nunca han podido negar sus orígenes judíos; aunque, en verdad, han hecho todo lo posible por convencernos de que no es verdad eso que dice Geza Vermes de que Jesús fue tan sólo un profeta carismático más, como lo pudo ser, casi en su tiempo, un Hanina ben Dosa.

No. Esto no va de la conversión del judaísmo en cristianismo, que es un proceso bastante bien delimitado y, como digo, nunca negado. Hablando así, a lo bestia, el cristianismo nace el día que Pablo le escribe a los gálatas aquello de que si todo es cumplir la ley, entonces nada merece la pena; en el segundo anterior, ese mismo cristianismo universal es judaísmo exclusivo.

Pero el cristianismo son más cosas. Aquí está el último, y definitivo escalón de la escalera. En ese cuarto siglo de nuestra era que será oro molido para la creencia que hoy representa un señor argentino. Ese cuarto siglo que viene a seguir a dos y pico en los que la deriva del imperio como proyecto de civilización ha afectado a su pensamiento, atomizándolo; pero que, sin embargo, como catarsis, o tal vez síntesis, de ese proceso, conseguirá, en ese  cuarto siglo, alcanzar unos niveles de consenso casi inesperados.

Esos niveles de consenso son lo que conocemos como neo-platonismo. El punto de vista de los neoplatónicos respecto de la religión cambiará el mundo. Hasta entonces, otras escuelas de pensamiento exitosas en el mundo clásico, notablemente el estoicismo, han respetado las religiones. El neoplatonismo va más allá; decide militar en ellas. Decide terminar con los tiempos en los que las religiones aparecen ante los pensadores profundos como cáscaras vacías; decide colonizar las creencias, defenderlas con sus armas. Para los neoplatónicos todos los libros sagrados, los de Hermes Trimegisto o las predicciones caldeas, son la expresión de un mensaje divino legado por las generaciones pasadas. Ellos hacen grandes los misterios de las religiones orientales, pues dejan de tratarlos como meras expresiones de la superstición. Pero han llegado más lejos porque han concluido que todas esas expresiones tan dispares de la relación del hombre con lo divino han de proceder de una sola fuente; la religión, por lógica, ha de ser una, como único tendrá que ser su dios. El concepto de dios se convierte en el concepto de Dios.

El trabajo del paganismo de última hora no es más que esto: arrojar por la roca Tarpeya todos los elementos del panteón grecolatino que sólo eran conachadas para justificar un culto estatal, y aceptación de todos los elementos que, recolectados en bruto del subsuelo como he intentado colocarlos en estas notas, anunciaban un approach notablemente diferente.

Si hay algo totalmente injusto en esta Historia, es la imagen que la propaganda cristiana construyó, tras su victoria, de un paganismo terca y estúpidamente anclado a las historias y leyendas de sus viejas mitologías. Ya hemos contado en estas notas que en épocas muy tempranas de la civilización romana, los poetas ya cantan que esas chorradas no se las creen ni los niños destetados. No es verdad, así de simple. Yo me atrevería a decir, y es casi herético lo sé, que incluso el maestro Gore Vidal carga demasiado las tintas en su retrato de Juliano el Apóstata; que, si fue apóstata, no fue ningún campeón del regreso de las viejas tradiciones.

Aquellos romanos de última hora imperial seguían siendo cónsules y ediles, pero aquellos cargos no tenían más significado que el simbólico; ya no mandaban nada. Lo mismo ocurría con augures y pontífices, porque a las puertas del momento en que el cristianismo se limpia, fija y da esplendor (Nicea), la religión romana ha dejado de existir. Aureliano, de hecho, ya ha colocado oficialmente a los pontífices de Sol Invictus (Mitra) por encima de los de la antigua creencia; un proceso que se puede imaginar pensando en la actual progresiva prevalencia de la laicidad sobre la confesionalidad (todo lo que hay que hacer es ver la laicidad como una religión; lo cual no es muy difícil, porque eso es para muchos). El problema para la iglesia cristiana,  en los tiempos de Constantino, no era el paganismo (otra imagen distorsionada, como digo, incluso por plumas expertas como la de Vidal); eran las religiones orientales, pues todas ellas se habían amasado en una creencia casi única, y tan fuerte como la que pudiesen exhibir los muchos seguidores de Cristo. En el inicio del cristianismo, quede esto claro, el problema del mismo no eran los paganos; eran los creyentes. Lo realmente importante para el cristianismo, y para esta pequeña Historia, es lo mucho que habían cambiado las cosas entre los creyentes de las religiones un  día orientales. Ya no creían esos devotos en deidades caprichosas; creían en energías cósmicas superiores a ellos que operaban de acuerdo con un concepto, un Logos. El llamado Evangelio de San Juan está empapado de esta idea; es un texto muy de su tiempo.

Al final de ese siglo importante, Apuleyo de Madaura escribe: «No hay más que un Dios, único y supremo»; lo pudo escribir el obispo de Hipona, pero lo escribió un neoplatónico, africano también. Reconoce el filósofo que a ese Dios «lo invocamos con muchos nombres, porque no conocemos el suyo verdadero». El concepto de la divinidad única, con claridad, lo impregna todo. También el cristianismo, se podría decir que incluso menos en este caso, pues al mitraísmo, si nos paramos a pensarlo, temitas como la Trinidad o el culto mariano le habrían parecido absurdos. Podemos encontrar, en aquellos tiempos, monoteísmos mucho más estrictos que el del Dios de nuestros padres.

Los últimos tiempos del paganismo, lejos de ser esa etapa de nula creatividad en la que el mundo espera con los brazos caídos la llegada de la Verdad, son tiempos enormemente dinámicos para las viejas creencias. Porque la fe en los dioses de los abuelos de aquellos romanos, que ya no tiene sentido ni significado, se ha teñido, de la mano de los ritos oriental.es y la especulación neoplatónica, de un catolicismo (universalismo) y de todos los conceptos que destilan las creencias que se han hecho con el favor de la sociedad: el dualismo entre el bien y el mal, la idea de la inmortalidad del alma, el camino de la pureza y la virtud, la inmensa superioridad del Logos, la oferta al hombre de vivir con una moral para obtener a cambio una recompensa mayor… nada de esto lo inventó el cristianismo. Lo inventó el  hombre, y el hombre estaba ahí mucho antes que el cristianismo.

Lo que ha impulsado los cambios, y los sigue impulsando, es la evolución de las sociedades. La única diferencia entre Stephen Hawking y su remotísimo antepasado que tal vez pescaba en las riveras de algún afluente del Éufrates es que éste último estaba constreñido a un mundo tan pequeño, tan minúsculo, que en toda su vida recibió menos información de la que le fue transmitida a Hawking antes de cumplir los seis años. La interesante pregunta es si Hawking ha llegado a ese punto en el que ya no necesita a Dios; si, verdaderamente, hemos alcanzado ese momento en el que podemos despedirnos de Él, y licenciarlo. No sería la primera vez que el hombre pensase así. A mí, la vedad, me cuesta creerlo. Yo no sé si os dais cuenta de que conforme la des-creencia se amplía,lo hace en casi exacta correlación con un proceso por el cual los hombres estrechan sus relaciones con eso que Frazier llamó lo mágico. Cuanto más gente tiende a no creer en Dios, más gente tiende a creer que las pirámides egipcias sólo las pudieron construir unos desempleados alienígenas venidos de Ganímedes (a pesar, y este es un dato que a menudo olvidan los mistabobos, de que durante 5.000 años de la historia del mundo, quienes conocieron las pirámides jamás osaron dudar de que las había levantado la mano del hombre). Son dos movimientos que no tienen sentido, a primera vista. Pero sí lo tienen si separamos del hecho religioso los dogmas, las doctrinas, las liturgias y las jerarquías, y miramos el panorama desde arriba.


Dios sigue ahí porque el hombre sigue queriendo comprender cosas que no comprende. Aventaja a los frigios analfabetos de hace dos mil años en que sabe cómo y por qué se produce un rayo, pero poco más; el hombre moderno sigue siendo, en buena medida, ese mismo pastor bitinio que le ponía un nombre divino a todo lo que no comprendía.

Dios es Dios, como él mismo le dijo a Moisés. Pero, eso sí, dejemos de decir o pensar eso de que el cristianismo es una Verdad que Dios colocó en la Tierra. Ésta es una versión de las cosas que le conviene mucho al cristianismo, pero a nadie más. En eso que el cristianismo resuelve bajo el injusto concepto de «paganismo» (injusto porque incluye creencias que en sinceridad y profundidad no tienen nada que hacerse perdonar por la fe evangélica) hay muchos, y muy interesantes, elementos de reflexión. La evolución de todo eso que el cristianismo trata de menospreciar llamando «paganismo» es la radiografía de cómo el hombre alcanzó la mayoría de edad filosófica. El paganismo es la llave que abre la caja dentro de la cual están nuestros primeros miedos, y nuestras primeras ilusiones.

Dios es Dios desde el que el hombre es hombre. Llevan toda la vida juntos, y juntos morirán.

Todavía le quedaría a estas notas un apéndice bibliográfico. Pero, si he de ser sincero, me da una pereza de la hostia.